Viviré con su nombre, morirá con el mío. Jorge Semprún

Viviré con su nombre, morirá con el mío. Jorge SemprúnCitas: Gesto inaudito, completamente gratuito. No me conocía, no volvería a verme, no podía esperar nada de mí. Gesto de pura bondad, es decir, casi sobrenatural. O lo que es lo mismo, un ejemplo de la radical libertad de hacer el bien, inherente a la naturaleza humana.

Volveré a este recuerdo como se vuelve a la vida, de un modo deliberado en los momentos en que tenga que afirmarme, replantearme el mundo, volver a empezar, renovar las ganas de vivir agotadas por la opaca insignificancia de la vida. Volveré a este recuerdo de la casa de los muertos, de la sala de espera de la muerte en Buchenwald, para volver a encontrarle gusto a la vida.

Como dice Olivier Barriot, que no esperen que sea objetiva a propósito de Jorge Semprún. Porque aunque su escritura sea como una loma, abrupta y reseca y sin gracia, aunque su literatura sea poco literaria y huela mucho a testimonio, desde lo alto se divisa un grandioso panorama, el de la forma esperanzada y de corazón generoso de ver la vida de Semprún (quien dice en otro de sus libros sobre Bruchenwald, “la vie en soi, pour elle-même, n’est pas sacrée” (la vida, en sí misma, no es sagrada), pero que el hombre si quiere sí puede ser bueno). Pocos autores, sin dejar de ser tan severos con la maldad que han visto, ven la vida limpia desde esa altura y le otorgan ese poder de redención a la cultura. En un libro que trata sobre un campo de concentración se pueden encontrar muchas marranadas indignantes de ésas que un ser humano es capaz de hacerle a otro, pero también cachitos de esa bondad gratuita que un ser humano puede hacerle a otro en la que a veces me parece que sólo siendo Semprún se puede seguir creyendo (eso que yo cuando estoy de mal humor llamo la ceguera de los privilegiados y cuando estoy de buen humor llamo la ingenuidad del millonario).
En Viviré con su nombre, morirá con el mío (que en francés original se titula El muerto que hace falta) Semprún cuenta cosas muy parecidas a las que cuenta en La escritura o la vida, si bien en ambos casos Semprún inventa cosas y dramatiza, aunque Viviré con su nombre, morirá con el mío a mí me parece injustificadamente menos infernal, más como una confesión tierna.
Semprún, como él mismo se encarga de no esconder aunque refiriéndose a otro tipo de cosa, nació con una cuchara de plata en la boca, con una flor en el culo, y la trama del libro nace de ahí, de su aristocrática procedencia. Su padre, yerno de Maura, embajador de la República, movió hilos en las alturas para que dieran con su hijo, apresado por los nazis por pertenecer a la resistencia francesa y encerrado en el campo de concentración de Buchenwald. Sus superiores del Partido Comunista, a pesar de sospechar de él porque el requerimiento sobre su estado viene del gobierno franquista, deciden hacerlo pasar por muerto. Sólo tienen que buscar un cadáver nuevito de alguien que coincida con él en edad y fecha de entrada al campo. Viviré con su nombre, morirá con el mío es la búsqueda del muerto necesario, de la identidad necesaria, del doble, del otro que nos salve, todo regado con el entusiasmo intelectual, el amor por la lengua francesa y el idealismo trasnochado y conmovedor marca de la casa.

Por fuera del libro:
Hay muchos escritores extranjeros que habiendo sucumbido de amor por el francés no sólo han optado por él como idioma de creación y por Francia como país para vivir, sino que forman parte de la literatura francesa tan entreveradamente como el tocino en un jamón bueno. A veces a la fuerza, como Andrei Makine, Cioran, Samuel Beckett, Kundera, a veces por un encabezonamiento feroz, como Semprún o Jonathan Littell. Es notable cómo es mucho más fácil apasionarse por la tierra que se elige cuando no te corresponde por origen. Dice Semprún: “A veces decía que para mí la lengua francesa era lo único que se parecía a una patria. No era, pues, la ley de la tierra ni la ley de la sangre, sino la ley del deseo la que en mi caso resultaba decisiva. Yo deseaba verdaderamente poseer aquella lengua, sucumbir a sus encantos, pero también violentarla.”

Le mort qu’il faut

Viviré con su nombre, morirá con el mío en español

Jorge Semprún hablando de Buchenwald

Fotos de la liberación de Buchenwald de Lee Miller

Un cachito del libro:
No sé cómo hacer comprender a un joven de hoy, a un joven de diecisiete años —ni siquiera si es posible, y aún menos si es útil— que esté en el último curso de filosofía, ahora que el comunismo no es más que un mal recuerdo, como máximo un objeto de investigación arqueológica; cómo hacerle sentir con toda su alma, con todo su cuerpo, lo que llegó a ser para una generación que cumplió los veinte años en la época de la batalla de Estalingrado, el descubrimiento de Marx.
Qué tornado, qué horizonte ofrecido al espíritu de invención y de responsabilidad, qué vuelco de todos los valores —cuando se tropezaba con Marx, después de haber leído (un poco) a Nietszche… ¡Mierda, qué antiguallas!— qué alegría de vivir, de arriesgarse, de quemar las naves, de cantar en mitad de la noche frases del Manifiesto.
¡No, sin duda es imposible! Olvidemos, basta de exequias fúnebres, alejémonos de Marx sepultado por los marxistas con una mortaja ensangrentada o una traición permanente. Imposible comunicar el significado y el saber, el sobor y el fuego de ese descubrimiento de Marx, a los diecisiete años, en el París de la Ocupación, época insensata en la que se iba en pandilla a ver Las moscas, de Sartre, a escuchar esa llamada a la libertad del héroe trágico, en la que, después de haber leído todos los libros, florecía súbitamente en nuestras almas la necesidad de tomar las armas.

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