Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé

Ultimas tardes con Teresa  Juan Marse

Citas: Qué poco amamos a los que amamos y cómo nos gusta salirnos de madre.

El sexo masculino está hecho de una materia mucho más cándida, soñadora y romántica de lo que ella creía. La actividad erótica puede ser a veces no solamente ese perverso y animal frotamiento de epidermis, sino también un torturado intento de dar alguna forma palpable a ciertos sueños, a ciertas promesas de la vida.

Últimas tardes con Teresa es, aunque vaya tapada con retrato social, una historia de amor o más que amor de frenesí juvenil y de cuerpos que quieren tocarse y mezclan su deseo con otro tipo de deseos y mitologías arrastrados desde antiguo; y qué son los amores juveniles sino eso. Teresa Serrat y Manolo Reyes se van olisqueando desde lejos y coleccionando imágenes y cromos el uno del otro hasta encontrarse en una Barcelona de nadie, una ciudad desierta de los demás que se construyen para los dos solos y donde se dedican a dejar sueltas las fantasías sobre la Barcelona y la vida del otro. Últimas tardes con Teresa está lleno de referencias al oro, a la miel y al trigo, todo color que tenga que ver con el color del pelo de Teresa, con el dinero y con esa luz del final del verano barcelonés bajo la que se encuentran Manolo y Teresa, esos dos descastados de sus propios estamentos. Juan Marsé mezcla su lirismo, una mijita pasado de rosca y lleno de referencias poéticas ajenas, con la grasa del taller donde Manolo, el Pijoaparte en su barrio, desguaza motos robadas. Dadme unos ojos celestes donde mirarme y levantaré el mundo, dice el rondeño guapo a quien en Barcelona llamarán murciano o charnego. Las ventajas que le da su belleza bien plantada de macho moreno, al parecer trastornadoras para la burguesitas catalanas de finales de los años 50 y las turistas canadienses, alemanas y francesas, no sabe este Gatsby de andar por casa usarlas para encumbrarse. Teresa es blanca, rubia, rica, del norte. Manolo es moreno, pobre, del sur. Teresa quiere barrio (nostalgia de suburbio o de arrabal, lo llama Marsé), está convencida de que existe un romanticismo en el pueblo llano hasta que se topa con la realidad en un baile popular (un baile que recuerda al de Las puertas del cielo de Cortázar y donde Marsé aparece como pellizcador experto de culos de señoritas). Manolo se baña cada día en su realidad del ladronzuelo y se da de cabezazos para salir de ella, trajes elegantes en ristre, y entrar en el mundo despreocupado e inaccesible de los ricos. Pero la verdad es que el motor que mueve esta noria son los cuerpos (alguien se ha estremecido en estos brazos, durante noches y más noches, mientras yo leía a la Beauvoir, en mi cuarto, sola, piensa Teresa al ver caminar de espaldas a Manolo en bañador), que no harán más que rozarse y rozarse, sin ser capaces de romper el himen del mundo del otro aunque sí consigan saltarse las vallas de sus mitos y quererse unos cuantos días con amor del bueno.
Creo que el corazón de la novela es el soliloquio de Maruja, en el capítulo del verso de Rimbaud sobre el deseo de hacerse a la mar en el que el Pijoaparte (ojalá Marsé escriba otra novela sobre él) al fin besa a Teresa. En ningún otro capítulo deja tan suelta Marsé a su yegua sentimental. Nunca sé qué pensar de Últimas tardes con Teresa; sólo me dejo arrullar por su nostalgia y su retórica demasiado elaborada (habría que meterle unos cuantos tijeretazos) y por esos encuadres precisos que te deja Marsé en algunos momentos enfrente de los ojos y que ya no se te olvidan nunca. Ahora, para ser novela de amor, termina muy malamente, como terminan los amores que lo son.

Por fuera del libro:
Juan Marsé en su juventud tenía una pinta bastante pijoapartesca. El escritor proletario, lo llamaba su amiguísimo Gil de Biedma. Del Monte Carmelo, entró en la literatura catalana igual que el Pijoaparte en el mundo de Teresa: aureolado de ese barrio y ese pueblo platónicos que doraban con pan de oro y de lejos los revolucionarios retóricos de salón que tan bien se cosecharon en la España de los 60 y de los que Marsé da buena cuenta con Teresa, lectora de Elle y de Blas de Otero, empeñada en que los obreros de una fábrica monten una obra de Bertolt Brecht.

Últimas tardes con Teresa en español

Una referencia bonita

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