Sobre los acantilados de mármol. Ernst Jünger

Sobre los acantilados de marmol Ernst Junger

Citas: Profundo es el odio que en los corazones abyectos arde contra la belleza.

Todo lo exquisito es siempre una dádiva del azar.

Cuán profundamente unidos anidan en nosotros la delicia de vivir y la delicia de morir.

Pero nuestro sino era emigrar de todos los lugares de esta tierra donde habíamos encontrado asilo.

No se construye ninguna casa ni se traza ningún plan en el que su futura desaparición no figure como la piedra fundamental.

Voilà otra historia estupendísima de una ciudad fronteriza inventada acechada por lo malvado. Cómo nos gustan esas civilizaciones imaginadas pacíficas donde crecen trigales y pámpanos, se amasa el pan y sopla la brisa marinera al atardecer, mientras alrededor les va creciendo de a poco la amenaza del mal absoluto. Aunque quiero que Sobre los acantilados de mármol sea más la memoria de uno de los aparentemente numerosos exilios de dos hermanos muy Humboldt (Othón, el uno, al que todas las personas que se le acercan se le abren como plantas que despertaran de un sueño invernal, y el otro, el narrador sin nombre un poco vivalavirgen). Después de haber pasado muchas tardes sobre la alta muralla de Rhodas, mientras el sol se ponía en el Egeo, hablando con un caballero de Provenza quien más tarde caerá en el salvaje Taurus y que al despedirse les regala velas de cera pura que ellos encenderán en melancólicas veladas; después de servir entre los jinetes de púrpura y hacer la guerra contra los pueblos libres de Alta-Plana, más allá del mar, los hermanos se retiran a una ermita al borde de los acantilados de mármol de La Marina, a enterrarse en sus estudios de filología y botánica. En La Marina crecen las vides en suelo antiguo, se venera y alimenta a los poetas, se celebran rituales las vendimias y los funerales para los héroes. De frontera están los montes donde habitan libres los pueblos bárbaros y, más allá, en los bosques tras la Campaña suelo de los salvajes pastores, reina la sangrienta tiranía del Gran Guardabosque. A distancia de barco están los mauritanos y los burgundios (los mauritanos se me parecen a los farghestaníes de Julien Grecq, que leyó Sobre los acantilados de mármol en un suspiro y luego escribió El mar de las Sirtes y luego se hizo amiguísimo de Ernst Jünger). Claro que La Marina se me parece un poco a Cádiz.
Esta vez estoy siendo muy generosa con las citas. Quizá porque me he pasado la tarde leyendo este librito hermoso e inquietante como uno de los lebreles que en él salen, mientras afuera ruge el temporal contra las ventanas, y he salido embadurnada en la traducción del superseñor Tristán La Rosa (Ediciones Destino, 1962).
Últimamente no sé si estoy muy bruta o muy prosaica (en ocasiones viene a ser lo mismo), que veo cada libro como una vaca distinta apostada contra un paisaje y de cuyas leches y circunstancias atmosféricas distintas se sacan tipos distintos de queso, y en vez de ver universos lácticos transplantados veo nociones que serán recuerdos míos futuros; le debo a este libro la imagen de que (todo esto va con [sic]) las armas que uno ha blandido en la batalla contra los nobles enemigos que por la patria ofrecen su pecho al acero (incluso los mismos hijos de las razas bárbaras por quienes en un banquete se pueden levantar los vasos como si se tratara de hermanos) no pueden ser empleadas contra los verdugos y los criados de los verdugos.
Mis cosas favoritas de Sobre los acantilados de mármol: la primera frase, el niño Erio amansador de víboras, los abrigos de color gris plateado que se ponen los hermanos en sus expediciones botánicas para pasar inadvertidos entre la bruma, el espejo borgiano que todo lo quema, el amor de Jünger por las flores y por la tierra cuando resuena bajo los cascos de los caballos, el descreímiento del mauritano Braquemart y su sin embargo, la cabeza del príncipe de Sunmyra metida en el ánfora llena de pétalos de rosa y bañada en vino, que todo el mundo les ofrezca dulces cuando van de visita, lo envidiablemente acogedora que es la Ermita. Lo que me da tristeza no es la destrucción, Jünger consigue que casi te apetezca, y él mismo te cuenta que más tarde volverán a colocar piedras fundacionales, sino que los hermanos partan de nuevo al exilio, al refugio de la casa no paterna pero como si lo fuera, cuando llega el apocalipsis, y que no haya libro que nos cuente su nueva vida.

Por fuera del libro:
Para qué hablar del insólito Ernst Jünger, el que con 17 años se alistó en la Legión Extranjera y se fue a Argelia, el que formara parte del Estado Mayor del ejército alemán de ocupación en París, el que con casi 60 años escribió un libro sobre sus experiencias con el LSD, el entomólogo, si ya lo contó todo aquí Abel Posse, mucho más espectacularmente de lo que yo jamás podría. Leedlo, me lo vais a agradecer. Tengo en la montañita de libros en carne y hueso pendientes Tempestades de acero, sus memorias de trinchera de la Gran Guerra, donde lo hirieron 19 veces. Si hacéis un poco de googleamiento veréis que todos dicen que Sobre los acantilados de mármol es premonición de los terrores nazis o stalinianos, quizá por la Mesa de Desollamiento, quizá por los bracos sedientos de sangre, quizá por la estupidez de la intelligentzia de la Marina. A mí me gusta leerlo como lo que parece ser: la memoria de uno de los exilios de los hermanos.
Uno de los dos hijos de Jünger murió en el frente italiano, en el 44, al lado de Carrara y sus acantilados de mármol.

Sobre los acantilados de mármol en alemán

Cachito de Sobre los acantilados de mármol en español

Sobre los acantilados de mármol versión La Fura

Una referencia bonita

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2 respuestas a Sobre los acantilados de mármol. Ernst Jünger

  1. Nieves dijo:

    ¡Apasionante! Dan ganas de salir corriendo a buscarlo.

    Otra novela fronteriza, mucho más sobria, casi minimalista en comparación con lo que cuentas de esta, taciturna al máximo pero ¿igualmente? seductora es “Esperando a los bárbaros” del Nobel sudafricano Coetzee.

    • Loulou Lee dijo:

      Pues ve, ve a buscarlo. Luego me dices qué te ha parecido. Anoto el de Coetzee en la larga lista de sugerencias que tengo pendiente.

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