Rayuela. Julio Cortázar

Citas: Tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos.

Cuando él se junta con nosotros hay paredes que se caen, montones de cosas que se van al quinto demonio, y de golpe el cielo se pone fabulosamente hermoso, las estrellas se meten en esa panera, uno podría pelarlas y comérselas.

Rayuela, ese mito, ¿es desmontable? Qué importa si se puede visitar a Horacio Oliveira como a un amigo de toda la vida que vuelve después de mucho tiempo y al que se le perdona cualquier cosa, asistir a su me narcotizas inaceptablemente, a su soledad terrible vagadora de emigrante acomplejado por las calles de París, a su soledad terrible vagadora de regresado que no se halla por las calles de Buenos Aires. Rayuela es la novela audaz que leemos maravillados sin entender cuando somos adolescentes, la novela trasnochada con la que resoplamos de ridículo cuando tenemos 30, la novela a la que tapoteamos suavito y con cariño la cabezota como a un perro moribundo cuando somos mayores. Cortázar es un amante antiguo, el extraño del tango de Contursi, y Rayuela a ratos una fiesta del lenguaje y a ratos un juguete roto con el que jugábamos cuando éramos chicos.
Horacio Oliveira no quiere pertenecer o, como él diría, no quiere ingresar, entrar, formar parte, pagar el precio por quedarse del lado de acá o del lado de allá. Y sí, acá y allá son una enorme metáfora. Y sin embargo apoya la ñata contra el vidrio de la pertenencia y se da de cabezazos contra lo que él llama «el territorio». Horacio envilece sus rodeos y sus búsquedas llamándolos fracasos, aunque en el fondo sabe que lo único que sabe hacer es fracasar en sus búsquedas.
Lucía la Maga, una MPDG al uso, aficionada a las papas fritas y a Hugo Wolf y heredera directa de la Nadja de Bréton, (otra MPDG mucho más agresiva y vampírica de la literatura argentina, la Sofía de Pauls, le debe más a la manera de anclarse a la Maga de Horacio que a la Maga), no es más que otra vía para que Horacio se pegue varios de sus batacazos existenciales. El amor de Horacio por la Maga nace después de la ruptura y es más el espíritu de un tango que un amor verdadero.
Rayuela está llena de símbolos, de llaves, de puentes, de gatos perdidos, de espejos y ventanas y cuadros como ventanas o como espejos, de frases deslumbrantes, de piolines y retazos, de corazones que laten como un perro rabioso y palanganas que se llenan de llantos de amor, de mateadas como ritos iniciáticos, de ríos y por supuesto de rayuelas. Rayuela es una novela para leer con fe, como si todavía fuera posible considerarla un atrevimiento, como si Horacio fuera osado, como si el manicomio de la calle Tréllez no fuera calcado del manicomio de Viaje al fin de la noche, como si Morelli no fuera un Onetti disfrazado, como si personajes como Manuel Traveler y Ossip Gregorovious fueran posibles, como si Pola y su cuarteto de Durrell no fueran cien mil veces más apetecibles que esa uruguaya loca que se cruza de vereda para acariciar gatos y clochardes y que lleva intoxicando —el año que viene hará 50 años— las mentes de jovencitas despeinadas que al leer el libro confundieron el culo con las témporas y la nostalgia de Horacio por su angustia cierta con el amor de un hombre por una mujer.

Por fuera del libro:
La primera vez que leí Rayuela tenía 16 años y pensé que estaba llena de citas encriptadas y me frustraba no conocer todas las fuentes. Desentrañar el universo referencial de la novela no es necesario para entenderla, sobre todo porque el aparato ideológico e intelectual de Oliveira se ha quedado trasnochado: lo que para Julio Cortázar era moderno (Crével, Pierre Boulez, Paul Valéry, Coleman Hawkins, el zen) ahora es clásico, y la guerra intelectual se desarrolla en otros campos menos polvorientos; sin embargo me recuerdo venciendo una por una las batallas de las citas, como si fuera una Maga empeñada en aprender, cuando yo siempre fui igual de descarnada, voluntad desordenada y veleta que Horacio. Ahora que han pasado veinte años y me he cruzado varias veces del lado de acá al lado de allá y ya no me queda claro cuál es el aquí y cuál el allí, ahora que sé preparar tortas fritas como Gekrepten y el jazz que le gustaba a Horacio a mí me aburre por primitivo, os aseguro que mis capítulos favoritos seguramente sigan siendo el 20, el 56 y el 73, como hace esos mismos 20 años.

Una referencia bonita

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4 respuestas a Rayuela. Julio Cortázar

  1. Ponchinho dijo:

    Hermoso post. Cierto es que Cortázar a veces envejece y a veces enciende. Otra muestra de que hasta los cronopios sienten el paso del tiempo.

  2. Mi relación con este libro es muy ambivalente: por momentos sentía que Cortazar era un genio y por momentos deseaba tirar el libro por la ventana. Me saturó su lectura y, todavía hoy, la sóla mención de Cortazar me produce rechazo. Todavía no estoy preparado para leer a este autor.

  3. Juan Manuel dijo:

    Hace mucho tiempo, cuando di mi examen final de literatura argentina en una calle perdida de Bell Ville, en el profesorado Mariano Moreno, frente a un tribunal de bellas señoritas mayores que tenía por grandes maestras de mi formación, dije en primer lugar que lo que proponía Morelli en Rayuela no lo consiguió Cortázar en 62/Modelo para armar, sino que la propuesta de Morelli la llevó a cabo Haroldo Conti con Mascaró el cazador americano, básicamente porque Conti sólo se preocupa por contar una historia y no de hacer alguna pose, intelectual o no, o hacer un compendio de frases. Capítulo aparte Mascaró.
    En Rayuela comparto lo que decís, Loulou; me apena no haber leído antes este post, ya que hace mucho tiempo que sigo tu blog y nunca se me dio por verlo, vaya a saber por qué.
    Un placer leerte. Siempre.

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