Poeta en Nueva York. Federico García Lorca

Poeta en Nueva York_Federico Garcia Lorca

Una cita:  No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes.

Sí, Poeta en Nueva York, un libro de poemas, no resopléis. En estos tiempos que corren en los que nadie se detiene a masticar un verso dentro de la boca varios minutos como si fuera uno de esos caramelos blandos que se quedan pegados a los dientes, no viene malamente recordar que existen los versos degustables. En estos tiempos en los que sentarse bajo un árbol con un poema dislocador copiado a mano en un papel es para la mayoría un lujo o una locura, no viene malamente poneros delante de los ojos uno de los libros de poemas más impactantes que existen. En estos tiempos en los que nadie se aprende nada de memoria no vendría mal que se os antojara llevar la canción de dos o tres versos grabada para siempre por dentro.
Sí, es otro libro póstumo y sí, además de ser un libro de horrores sobre las ciudades monstruo, es un libro de desamor. No, no es para leérselo de un tirón como si fuera Sherlock Holmes. Se elige un poema y se masca, horas. Porque una metáfora de Lorca es un abridor de puertas, una droga, una posibilidad de estirarse el tiempo y el pensamiento a lo conmovedor, a lo desconocido, al misterio, al dolor, al apasionamiento de sentir, podría decir a las cosas inasibles pero no lo diré; inasible es una palabra abaratada y las palabras nunca hay que elegirlas al descuido, hay que dejar que se busquen su hueco solas, que se inmiscuyan en la frase como ellas prefieran y eso sólo se aprende masticando muchos versos.
En mi opinión los estudios críticos, sesudos e interpretadores son una gran mierda en general. Todo ese maremágnum de compendios académicos de imágenes lorquianas explicadas (caballos, facas, aguas quietas, sangre y naranjas convertidos en carne de tesis) me hace llorar, claro que lo puedo decir porque les he llorado encima. A García Lorca hay que leerlo uno solo, como enfrentándose a un dragón o acariciándole la cabeza a un perro fiero o agarrando la mano del hombre bienamado y colocándola sin miedo en nuestra cadera; a Lorca hay que apropiárselo: hay que arrebatarle las imágenes y quedárselas para siempre, incorporarlas al imaginario privado, usarlas en lo cotidiano. No seáis cobardes, algunos poemas pueden salvaros la vida. No os puedo contar tramas, pero sí os puedo decir que muchos de los versos de este libro y de otros de Federico están tan entretejidos en mi vida que a veces no sé qué parte de mi mundo es Lorca y qué parte es mía. Llevo Tu infancia en mentón en el bolso. Crecí con una madre Bernarda Alba y en una tierra en la que se mama desde la cuna que vivir duele, que el amor lacera, que el corazón te lo pueden coser a puñaladas y que la luna se llama Catalina. Me sé de memoria El vals vienés (si alguna vez tengo a un moribundo que no sepa francés muriéndome en los brazos en vez de recitarle el Ô mort vieux capitaine tan querido por Semprún le recitaré En las ondas oscuras de tu andar quiero, amor mío, amor mío dejar, violín y sepulcro, las cintas del vals). Elegid un verso, no os hará daño.

Por fuera del libro:
De García Lorca qué os voy a contar que no podáis leer en Ian Gibson, además de que es una orden que leáis Bodas de sangre antes de que yo la destroce aquí. Hasta ahora no había sabido que Lorca tenía un amante escultor que lo dejó y que por esa razón se fue a Nueva York y a Cuba a olvidarse de él, ganar dinero y de paso escribir este libro que dejó en manos de Bergamín. No se publicó hasta que Federico llevaba cuatro años asesinado y mal enterrado. Cómo han cambiado los tiempos desde que yo era adolescente y se tildaba a Lorca de “mariquita”. Ahora ya le aparecen novios con nombre y apellido, qué alegría.

Poeta en Nueva York

Una referencia bonita

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