Las palmeras salvajes. William Faulkner

Las palmeras salvajes_William Faulkner

Citas: ¿Habré de vivir siempre tras una barricada de perenne inocencia como un pollo en la cáscara?

Entre la pena y la nada elijo la pena.

Hasta para estar el día entero muerto de miedo hace falta hacer fuerza.

Si leéis Las palmeras salvajes traducido por Borges, cosa que doy por descontada porque no hay otra traducción en español, os parecerá que todo el mundo habla como si se hubiera tragado una esfinge sin haberla masticado antes ni nada. Dice Ricardo Piglia en Respiración artificial que Las palmeras salvajes traducido por Borges parece una parodia de Onetti. Bueno, no dice exactamente eso, pero si queréis saber la verdad, leed a Piglia. Borges no tradujo Las palmeras salvajes, la versionó, pero vale la pena leer su versión, no sólo porque es lo más cerca que estuvo nunca Jorge Luis de tener una novela suya propia, sino porque su traducción, publicada por Sudamericana en 1940, un año después de que Faulkner publicara The wild palms, dejó deslumbrados y hambrientos a todos los escritores del continente sudamericano (mis bienamados Onetti y Arguedas y otros a los que no queremos tanto, como Vargas Llosa o García Márquez, han declarado su amor por la novela traducida como posesos muchas veces). Casi me dan ganas de hacer dos entradas, una titulada Las palmeras salvajes por Jorge Luis Borges y otra The wild palms por William Faulkner; hoy vamos a hablar de la de Borges, me parece, así que os pongo las citas en español. El caso es que Borges no sólo tradujo la versión ya previamente censurada, sino que además «mejoró» a Faulkner, hasta el punto de (entre otras trastadas) intercambiar las frases de los diálogos de los protagonistas, porque deliberadamente Faulkner quería que Harry fuera lo femenino y Charlotte, digo, Carlota, lo masculino (Harry llega a decir: ella es más hombre que yo) y eso a Borges no le parecía bien, igual que le parecían inaceptables las modernidades estilísticas de Faulkner, así que lo pulió, con todos sus aplomos, por decirlo finamente. Y con todos sus talentos: otro destrozador descarado habría dejado Las palmeras salvajes hecho unos zorros; la reescritura de Borges convierte a la novela en algo que no es, algo grandioso, cierto, pero que no es. No sé si os aburren mis soliloquios sobre traducciones, pero como nadie se me queja… Lo asombroso es que no se haya hecho ninguna otra traducción al español de la novela verdadera, y es que Borges, muerto y todo, pesa mucho. A pesar de todo, ahí, bajo la costra de estilo y desamor de Borges está Faulkner, refulgente, con su manera de hacer lo que le daba la gana y salir siempre elegante de sus fangos estilísticos.
¿De qué tratan ambas Las palmeras salvajes? Harry, el médico virgen que quema sus apesadumbradas naves cuando le faltan unos meses de prácticas para recibir su título, lo dice muy bien: a los halcones ni los cazan a tiros ni los arrastran los huracanes pero a los cuervos y a los gorriones sí. Lo que no sabe Harry es que los halcones son muy capaces de encontrar la muerte solitos, sólo de volar tan alto tan alto. Y de esa huida hacia delante, hacia una libertad que en el fondo todos sabemos que no existe, tratan las dos historias de Las palmeras salvajes, la de Charlotte que abandona su condena de mujer casada sin aprietos y aprovecha el desconcierto de Harry para rescatarlo de su árbol, y la del convicto que aprovecha el desbordamiento del Misisipí (te amamos, Jorge Luis, por decir Misisipí) para irse a dar una vuelta por ahí con una mujer embarazada a la que rescata de un árbol. Al final (os lo destripo todo) Harry y el convicto ingresan en sus cárceles respectivas, como los gorrioncitos que son, dejando en el camino unos meses de gloria en compañía de esos halcones suicidas que son las mujeres que les tocan en suerte.
Las palmeras salvajes, como bien se colige de su título, no pasa en Yoknapatawpha, el territorio-patria imaginario de la literatura de Faulkner, donde no debe de haber ni una miserable palmera. En el tren que sale de Nueva Orleans hacia Chicago transcurre una de las escenas más tremenduscas del libro: el marido de Charlotte la acompaña para que se reúna con Harry y allí en el tren le entrega al todavía no amante de su mujer un cheque para que ella pueda pagarse el pasaje de vuelta a casa, si alguna vez quiere volver.
No os olvidéis nunca de lo que Faulkner dijo: que todo lo que le hacía falta a un escritor si era bueno era un papel y un lápiz, y que si necesitaba robarle a su madre para comer y seguir escribiendo no lo dudaría: un poema vale lo mismo que cualquier cantidad de viejecitas. El libro está editado en español por Sudamericana y por Siruela. Precios sushi, obviamente. El mío es de segunda mano, lo traje de Buenos Aires. En inglés lo podéis conseguir baratísimo. Otro día hablamos de la versión previa y asalvajada que hizo Faulkner de ese libro de Borges titulado Las palmeras salvajes.

Por fuera del libro:
Faulkner tituló este libro If I forget thee, Jerusalem, un verso del salmo 137, el de Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos a llorar. Le parecía que iba muy quieta la historia de Harry y Charlotte que sí se llamaba The palm trees y fue intercalando la de El viejo como contraste fluvial. Los editores y Borges, su editor más editor, se pasaron su voluntad por el arco del triunfo y le pusieron al libro Las palmeras salvajes.
Cuando leí Mientras agonizo prometí que contaría cosas que de Faulkner dijo Howard Hawks, pero prefiero contaros, que le viene mejor a mi estado de ánimo, la historia de amor entre William y Meta Carpenter, más tarde Meta Wilde, la script de Howard Hawks y a veces de John Houston. Su esposa Estelle era gastadora y su famosa casa Rowan Oak en Oxford, Mississippi, no iba a mantenerse sola. Faulkner empezó a escribir para Hollywood porque andaba sin blanca cuando su amigo Hawks se lo llevó a la costa oeste para que se escribiera algo en The road to glory. En Hollywood se quedó, haciendo cosas gloriosas para el cine hasta que le dieron el Nobel, ese trasto. Y allí conoció a Meta Carpenter. Ella, como también era del sur y también provenía de una familia con plantaciones y esclavos, le recordaba a su casa. Que digo yo que para atravesarte el país y enamorarte de alguien que tiene el mismo acento que tu mujer, ya son ganas. Se amaron durante 18 años, hasta que Meta se casó. El día de la boda de Meta, Faulkner anduvo bebiendo hasta caer inconsciente, claro que ésa era una de sus actividades habituales, así que no sé si cuenta como drama exacerbado o no en este caso.

Las palmeras salvajes en inglés

Las palmeras salvajes en español

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La historia interminable. Michael Ende

La historia interminable_Michael Ende

 Citas: Muchas cosas no se pueden averiguar pensando: hay que vivirlas.

Sólo porque tu cerebrín se te ha secado dentro de la cabeza crees que puedes rechazar los grandes misterios.

Había visto cosas magníficas y espantosas, pero hasta aquel momento no había sabido que ambas clases de cosas pueden unirse, que la belleza puede ser horrible.

Si te quedas leyendo un libro infantil hasta las cuatro de la mañana significa o que tu vida está triste o que el libro tiene ese mismo tipo de naturaleza de los Doritos, esas cosas medio inmundas que no sabes de qué están hechas pero que no puedes parar de comer por la droga que le ponen en forma de polvitos naranjas o de personajes inesperados, o las dos cosas. Michael Ende es un ladrón que callandito que se va robando cosas de distintos universos literarios infantiles y de tradiciones más complejas que la suya propia, llana como un llano de Renania, pero se lo perdonamos porque quien roba del imaginario colectivo para poner contentos a los niños tiene bula.
Bastian Baltasar Bux es un niño gordo, feo, solitario, maltratado por sus compañeros, huérfano de madre, de padre ausentado: carne de libro. Un niño así, en los tiempos antiguos, caía necesariamente en la lectura, el único lugar del universo en el que podía resguardarse (ahora en lo moderno hay otros refugios electrónico, no sé si por suerte). En manos de este niño triste y hambriento cae La historia interminable, justo cuando él la necesita. Como tantos libros infantiles, éste es un viaje de iniciación que empieza con una subida al refugio de la fantasía y prosigue con una caída en el abismo y en la nochecita del alma, el encuentro con el verdadero yo (espejo deformante, olvido del origen, enfrentamiento con monstruos y con el peor de los monstruos que es uno mismo incluidos) y luego, el regreso a la patria para reclamar el trono real, real sin mayúscula. Bastian detesta ser gordo e impopular y eso es muy fácil de cambiar en la fantasía si se encuentra un referente que sea todo lo contrario de lo que somos y no nos gusta ser, en este caso Atreyu, el aguerrido, el hermoso. La historia interminable en el fondo es el llanto prolongado de los niños que no se sienten queridos en el mundo real y tienen que construirse universos paralelos en los que si no salen triunfantes, al menos la vida es mucho más toboganera y juega a nuestro favor, aunque no sólo haya criaturas buenas y honradas, sino también rapaces, perversas y crueles. Ese espacio para lo bueno y para lo malo también es robado, aunque es de agradecer que no todo en el libro sean unicornios en el crepúsculo y tortugas viejas y sabias y que exista ese lobo que incansable se cruza a voluntad de lo real a lo imaginario para destruir a toda costa a su enemigo: Atreyu o la posibilidad de que los aparentemente insignificantes alcancen sus grandezas. Por lo que respecta a esas cosas como La Emperatriz Infantil permite que todos seamos como somos o el Haz lo que quieras, me parece que Michael Ende, a ratos coquetea una mijita con la autoayuda. No penséis que soy una descreída: yo también he gritado ¡Atreyuuuuuuuu! subida a un caballo, a falta de Fuyur.
Algo que se repite continuamente en La historia interminable es que hay que nombrar las cosas para que sean nuestras (Únicamente porque has sabido darle su verdadero nombre te pertenece; debes darle un nombre para que te pertenezca) y ése es un símil sobre el lenguaje que me gusta mucho: lo que no tiene nombre, no existe; lo que no puede ponerse en palabras, no se puede concebir. Eso es todo, amigos.

Por fuera del libro:
Dice la leyenda que Michael Ende tardó muchísimo tiempo en escribir La historia interminable, que se quedó atrapado dentro del libro, como Bastian que se niega a volver a su triste realidad y a abandonar Fantasía. La historia interminable se publicó en 1979 y se convirtió enseguida en un nuevo clásico infantil. ¿Quién no ha tenido en sus manos ese libro impreso en rojo y verde? Aparte de mí, claro, que nunca lo había leído.

La historia interminable en español

La historia interminable en alemán

Cancioncita de La historia interminable

Un trocito de La historia interminable:

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.
Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado… Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque papá o mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito… Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…
Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

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La torre y el jardín. Alberto Chimal

La_torre_y_el_jardin_Alberto_ChimalUna cita: —Una vez estaba yo en Uttar Pradesh, en la India, ¿la conoce?
—¿Me ve cara de que viajo a la India?

El asco de un cliente puede ser el gozo de otro.

Si Dios existe, es un imbécil.

La torre y el jardín es, en sus principios, inquietante y animal y luego la incomodidad es creciente, el horror más horrible por compartido con todo el aparato, pompa y empleados del Brincadero, burdel brutal o más que burdel catálogo atípico de desmanes. Van desfilando por las páginas hombres trajeados de ojos turbios, muchachas casi desnudas que caminan hacia donde ya las esperan, violadores de tigres, aves que bullen, perros amarillos. Los tenedores de la pena. Los maestros del dolor. Los suicidas rituales. Sangre ajena y plumas amarillas. Clientes consumidos por el aburrimiento de su vida tras el calor y la grasa de la carne animal. La altivez de vencer a los colmillos, las pezuñas. La tristeza infinita de los trituradores de mariposas, de los abusadores de ornitorrincos. Los clientes que con deliberación pero con vergüenza, sonrojados, sostienen la nobleza de sus placeres, de sus empleos sencillos o abusos míticos de los seres sometidos mientras se quitan la ropa ante su codorniz o su dragón de Komodo o su perro elemental. Luego la novela se desparrama: aparecen los diálogos entre Molinar y Kustos, la Torre habla, se puebla todo de flashbacks y plantas nuevas del edificio y personajes e historias inquietantes solapadas. En El venadito, capítulo en el que la verdadera protagonista del libro, Isabel, le escribe una carta a su padre, se recoge La torre y el jardín, igual que Isabel, a reflexionar en silencio. Quizá por eso sea el capítulo en el que el terror se hace más grande, porque está narrado en un clima tranquilo, sin ruido circundante, sin voces, sin historias, sin clientes que entren ansiosos y salgan bañados en sangre. Sólo hacen falta un papel, un lápiz, una mujer que le escribe a su padre sobre su terror (que es el mismo terror nuestro) en el silencio de la noche para que al libro le nazca una flor lírica que exuda cosas horribles. ¿Y por qué son horribles las cosas horribles de La torre y el jardín? Porque nos da miedo saber que la capacidad para ser crueles la llevamos todos por dentro, como un forro de seda.
Lo más importante del libro para mí, que siempre ando buscando redenciones, es que el doctor Molinar (no en vano el encargado de fabricar robots con apariencia de animales, robotitos móviles recubiertos de los restos de animales abusados para que se sirvan de ellos sin resistencia los clientes, lo que ya dice de él que acepta la crueldad ajena pero procura atenuarla), sea el único que se escandaliza porque su jefe Constantino Arocena, el dueño de La Torre, ande pervirtiendo niños. No contaré más. Como dicen en la novela, qué afán el de ustedes de saberlo todo de inmediato.
La torre y el jardín es un tour de force tremendo, no ha sido fácil de leer, aunque lo haya leído en un solo día; no sólo porque hable de violencias sino porque tiene muchas crisis y tramas diametrales dentro de su círculo y yo suelo leer libros más recogiditos. Como Alberto Chimal, el autor de sus vorágines, está vivo y bien vivo, ahora me toca sentarme en el sillón más incómodo, que es decirle al autor si me ha gustado su libro. Y diré esto: veo varios libros en La torre y el jardín que preferiría leer por separado; uno es una La torre y el jardín en la que se hablara exclusivamente de la torre, sin edificios extraños más grandes por dentro que por fuera, con su dueño y su administrador y los hijos de ambos y el doctor enfangado en el vicio ajeno que no soporta la inmoralidad y sus cuartos temáticos con nombres de versos (uno de Marina Tsvatáieva para el estanque de los patos, uno de Nicolás Guillén para el cuarto de las cucarachas); otro, las aventuras de Horacio Kustos, que salta de Panamá a Bielorrusia y nunca está mucho tiempo en el mismo sitio, para que todos lo olviden y pueda volver, mucho después, como desconocido o como si fueran descendiente remoto de sí mismo y que ya se ha andado escribiendo; otro, con sólo el arquitecto y ese joven carnicero asaeteador de ratas que se transforma en su ayudante y termina siendo el albacea de su obra; otro, una La torre y el jardín sí de género fantástico sobre ese jardín mágico y primordial que crece a la sombra de un edificio misterioso con voz frente al jardín pervertido y artificial creado por mano de los hombres en otra planta del mismo edificio, el enfrentamiento de sus seres, etcétera.

Por fuera del libro:
La torre y el jardín es la segunda novela de Alberto Chimal, que además de prolífico autor de cuentos es uno de esos aguerridos que hacen experimentos literarios en Internet con gran arrastre de público. A mí me gustan sus tuits del Viajero del Tiempo.

Cachitos de La torre y el jardín:

Las gallinas son como madres forzadas a la indignidad y la desdicha: al menos, así las juzgan los clientes, que gustan imaginarlas confiadas, pacientes, empeñosas en su infame labor. “Cuando las dejan solas”, dice Manuel, un empleado de limpieza, “se quedan soñando. Yo así siento que se quedan. Cuando las dejan solas y ya no les duele tanto, ¿sí?, yo siento que sueñan con sus hijos. Yo las veo contentas y digo pues sí, han de sentir que los han salvado, ¿sí?, o sea, de tener que pasar por la humillación, porque yo siempre les digo así, yo les digo siempre: Juanita, Genoveva, Sinforosa, todas tienen nombre, aquella es Espirulina, pero les digo: piensa que haces esto por tus hijos.”

Grimaldi, además de revisar la descarga de las jaulas y atender los negocios e intercambios más rutinarios, escucha los reportes de sobornos, fronteras traspasadas por la parte más agreste, de vez en cuando balazos disparados al aire o hasta al pecho de un entrometido, ataques veloces, fieros, a un valle o una bahía o una montaña, por encima de cercas y vigilantes de los que se debe huir a toda velocidad, entre gritos, con las presas anestesiadas pero quién sabe si no con una sobredosis, o una herida infligida durante la captura.
Entonces Grimaldi recuerda sus propias excursiones e incursiones, sus propias escapatorias y sus propias trampas, y se repantiga en su sillón de cuero y pide que lo dejen a solas, que no lo molesten. El último de sus ayudantes cierra la puerta al salir.

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Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé

Ultimas tardes con Teresa  Juan Marse

Citas: Qué poco amamos a los que amamos y cómo nos gusta salirnos de madre.

El sexo masculino está hecho de una materia mucho más cándida, soñadora y romántica de lo que ella creía. La actividad erótica puede ser a veces no solamente ese perverso y animal frotamiento de epidermis, sino también un torturado intento de dar alguna forma palpable a ciertos sueños, a ciertas promesas de la vida.

Últimas tardes con Teresa es, aunque vaya tapada con retrato social, una historia de amor o más que amor de frenesí juvenil y de cuerpos que quieren tocarse y mezclan su deseo con otro tipo de deseos y mitologías arrastrados desde antiguo; y qué son los amores juveniles sino eso. Teresa Serrat y Manolo Reyes se van olisqueando desde lejos y coleccionando imágenes y cromos el uno del otro hasta encontrarse en una Barcelona de nadie, una ciudad desierta de los demás que se construyen para los dos solos y donde se dedican a dejar sueltas las fantasías sobre la Barcelona y la vida del otro. Últimas tardes con Teresa está lleno de referencias al oro, a la miel y al trigo, todo color que tenga que ver con el color del pelo de Teresa, con el dinero y con esa luz del final del verano barcelonés bajo la que se encuentran Manolo y Teresa, esos dos descastados de sus propios estamentos. Juan Marsé mezcla su lirismo, una mijita pasado de rosca y lleno de referencias poéticas ajenas, con la grasa del taller donde Manolo, el Pijoaparte en su barrio, desguaza motos robadas. Dadme unos ojos celestes donde mirarme y levantaré el mundo, dice el rondeño guapo a quien en Barcelona llamarán murciano o charnego. Las ventajas que le da su belleza bien plantada de macho moreno, al parecer trastornadoras para la burguesitas catalanas de finales de los años 50 y las turistas canadienses, alemanas y francesas, no sabe este Gatsby de andar por casa usarlas para encumbrarse. Teresa es blanca, rubia, rica, del norte. Manolo es moreno, pobre, del sur. Teresa quiere barrio (nostalgia de suburbio o de arrabal, lo llama Marsé), está convencida de que existe un romanticismo en el pueblo llano hasta que se topa con la realidad en un baile popular (un baile que recuerda al de Las puertas del cielo de Cortázar y donde Marsé aparece como pellizcador experto de culos de señoritas). Manolo se baña cada día en su realidad del ladronzuelo y se da de cabezazos para salir de ella, trajes elegantes en ristre, y entrar en el mundo despreocupado e inaccesible de los ricos. Pero la verdad es que el motor que mueve esta noria son los cuerpos (alguien se ha estremecido en estos brazos, durante noches y más noches, mientras yo leía a la Beauvoir, en mi cuarto, sola, piensa Teresa al ver caminar de espaldas a Manolo en bañador), que no harán más que rozarse y rozarse, sin ser capaces de romper el himen del mundo del otro aunque sí consigan saltarse las vallas de sus mitos y quererse unos cuantos días con amor del bueno.
Creo que el corazón de la novela es el soliloquio de Maruja, en el capítulo del verso de Rimbaud sobre el deseo de hacerse a la mar en el que el Pijoaparte (ojalá Marsé escriba otra novela sobre él) al fin besa a Teresa. En ningún otro capítulo deja tan suelta Marsé a su yegua sentimental. Nunca sé qué pensar de Últimas tardes con Teresa; sólo me dejo arrullar por su nostalgia y su retórica demasiado elaborada (habría que meterle unos cuantos tijeretazos) y por esos encuadres precisos que te deja Marsé en algunos momentos enfrente de los ojos y que ya no se te olvidan nunca. Ahora, para ser novela de amor, termina muy malamente, como terminan los amores que lo son.

Por fuera del libro:
Juan Marsé en su juventud tenía una pinta bastante pijoapartesca. El escritor proletario, lo llamaba su amiguísimo Gil de Biedma. Del Monte Carmelo, entró en la literatura catalana igual que el Pijoaparte en el mundo de Teresa: aureolado de ese barrio y ese pueblo platónicos que doraban con pan de oro y de lejos los revolucionarios retóricos de salón que tan bien se cosecharon en la España de los 60 y de los que Marsé da buena cuenta con Teresa, lectora de Elle y de Blas de Otero, empeñada en que los obreros de una fábrica monten una obra de Bertolt Brecht.

Últimas tardes con Teresa en español

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Moby Dick. Herman Melville

Moby Dick. Herman Melville

Citas: Whenever I find myself growing grim about the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul; whenever I find myself involuntarily pausing before coffin warehouses, and bringing up the rear of every funeral I meet… then, I account it high time to get to sea as soon as I can.

Well, what dost thou think then of seeing the world? Do ye wish to go round Cape Horn to see any more of it, eh? Can’t ye see the world where you stand?

Moby Dick tiene un comienzo histórico que todo el mundo cita y sobre el que descansan, después del cual viene uno de los párrafos más terribles y más de suicida que se hayan escrito nunca. Y nunca tan bien. El inglés de Melville es tan fiero y elegante. Ishmael es un inadaptado social al que le duele el mundo, al que le duele despertenecer y que sin embargo no querría pertenecer jamás de los jamases. Ishmael se embarca cuando puede (como hacemos todos los inadaptados cuando podemos) en busca de los acontecimientos que jamás de los jamases se acontecen solos.

Herman Melville lo dice de otro libro, pero bien puedo apropiarme de sus palabras para decir que Moby Dick es ese libro, tan viril de arriba abajo, de aventuras a la antigua, y tan lleno, también, de honradas maravillas. Aunque parezca increíble, nunca me lo había leído antes. Increíble porque si hay algo que me gusta son los libros marineros, increíble sobre todo porque nada más empezar a leerlo me enamoré un poco y hace rato que venía pensando que no me iba a enamorar de ningún otro libro en lo que me quedara de vida, aunque luego se me pasó el amor en las disgresiones enciclopédicas de Melville, para quien una ballena era un pez de sangre caliente. El amor me iba y me venía cuando se hacían a los remos o escuchaba entre las páginas del libro el crujir de las cuadernas y me preguntaba con qué aventuras soñarán los niños modernos que no tienen posibilidad de embarcarse en barcos balleneros o en barcos de casi ninguna clase.

Moby Dick no es una novela, es Herman Melville metiendo en un petate de marino un montón de cosas para el viaje y contando cosas marítimas sobre barcos balleneros y a veces sobre el Pequod bajo las órdenes de ese demente de Ahab que personifica en la ballena blanca todos los males que algunos hombres profundos sienten que les devoran en su interior. Todo lo que más enloquece y atormenta, todo lo que remueve la hez de las cosas, toda verdad que contiene malicia, todo lo que resquebraja los nervios y endurece el cerebro, todos los sutiles demonismos de vida y pensamiento. Quién no quisiera que sus angustias se encarnaran en monstruo para poder arponearlas, aunque eso no pasa nunca; de todas formas, aunque no tengamos a nuestro alcance a unos armadores tan peculiares como Peleg y Bildad (pareja cómica de la literatura) que pongan a nuestra disposición un barco, sí que nos inventamos cachalotes con formas más de andar por casa. Pero no hagamos lo que Melville no quería que hiciéramos, desdeñar Moby Dick como una fábula monstruosa, o aún algo peor y más detestable, como una alegoría horrible e intolerable. No lo haremos, nos gusta tal cual es, al pie de la letra, con sus disgresiones enciclopédicas incluidas con prolijas descripciones sobre estachas y fisiología cetácea y aparejos marítimos; con sus romanticismos sobre los demonios interiores convertidos en animal marino mitológico y los viajes exteriores que a pesar de los peligros se sabe que sólo son una tregua y luego nos devuelven al mismo sitio. Nos gustan las horas de vigilancia sobre la cofa de trinquete, que Ismael mire con amor a Queequeg, el buen salvaje; nos gusta ese Starbuck (también nos gusta el Starbuck de Galáctica, pero ésa es otra historia) que aborrece la búsqueda de Achab porque es recto y bondadoso y sabio a pesar de todo obedece con dulzura o más bien cobardía; nos gustan los charloteos de Stubb; y nos gusta la tripulación estrambótica, caprichosa, voluble y poco de fiar (como marinero de cualquier clase, dice Melville) y más internacional que una asamblea plenaria de la ONU.

Moby Dick habla de muchas cosas que dejaron de existir: lámparas de aceite, bujías, velas de grasa de ballena, ballenas de corsés, balleneros de Nantucket que pasaban tres años circunvalando el globo, piratas malayos, viudas del mar (aunque yo hoy vi unas cuantas en la procesión del Carmen, la patrona de los marineros de mi pueblo), caníbales reconvertidos en arponeros, cocineros esclavos, poetas jóvenes que se embarcan para olvidar su melancolía. Melville seguro que era un gran contador de historias así en persona, pipa en mano, lástima que no hubiera podcasts en el siglo XIX.
Podéis leer la traducción de José María Valverde con felicidad, y seguramente con lentitud: no se ganó Moby Dick en una hora, ni siquiera en muchas. Ah, el capítulo XXIII serviría para escribir otra novela que me gustaría mucho leer.

Por fuera del libro:
Melville antes que escritor fue, más que marinero, aventurero, ya que no se portaba muy bien en sus barcos. Desertó de un ballenero para quedarse en las Marquesas, estuvo en la cárcel en Tahití y otras cosas así normales que nos pasan a todos en nuestra vida cotidiana. Sus novelas autobiográficas de juventud no las he leído pero lo haré.
A Moby Dick no le hicieron mucho caso cuando se publicó en 1851, hasta que 70 años después se puso de moda y se publicó la tan preciosísima edición de los grabados de Rockwell.

Moby Dick en inglés

Moby Dick en español

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Juan Belmonte, matador de toros. Manuel Chaves Nogales

juan_belmonte_matador_de_toros_manuel_chavez_nogalesCitas: Hay que ofrecer gallardamente al Destino el sitio donde pueda herirnos.

Emocionan los episodios de esta vida mía, que no es ni más ni menos que todas las vidas que merecen llamarse tales, sino una sucesión constante de esfuerzos dramáticos para afirmar una personalidad penosamente forjada en lucha con el medio.

Que los toros no son cool por decirlo suavemente (y tal como lo dice el gran Chapu Apaolaza, que además es quien me dijo que me tenía que leer YA este libro) se nota en cuanto lees un par de reseñas de Juan Belmonte, matador de toros. Enseguida salta la liebre de que a Manuel Chaves Nogales no le gustaban o que este libro está más allá de la tauromaquia; que lo está, lo que no quita para que, pese a la advertencia fluorescente, sea complicado que un moderno vegetariano vaya a leerlo, por desgracia para los modernos vegetarianos porque es un libro espléndido. Igual que a la generación del 98, tan poco taurina, Belmonte conquistó a su paisano con su personalidad y su manera de relatar anécdotas. Nada malo podría salir del encuentro de dos personajes de novela, Juan Belmonte y Chaves Nogales, que se reúnen a charlotear por las tardes en la cocina de la casa del último, en la madrileña Cuesta de San Vicente. El uno con su vida de leyenda antigua, el otro cazador de vidas de leyenda con capacidad para oír, ver y trasladar con maestría asombrosa el retrato de un hombre y de una época de España que ahora se lee como un relato de dinosaurios, tanto nos ha cambiado el pelaje de principios del siglo XX hasta ahora. Belmonte, nacido y criado en Triana en la miseria y el hambre, jugaba al toro como jugaban entonces todos los niños de mi edad, los mismos que hoy juegan invariablemente al fútbol. Los niños que crecen en medios hostiles, como todos los demás niños, o se enfangan o se encumbran o prosiguen la triste estela de sus padres. Belmonte fue uno de esos hombres carismáticos de los que salpimentan generaciones; él dice que siempre sintió una angustiosa necesidad de afirmar mi personalidad, nosotros diremos que tenía ese hambre de ser diferente de los otros, de buscar otra vía, la suya, de hacer elecciones distintas para las mismas cosas de siempre que señala a las figuras, del toreo o de lo que sea. En otras circunstancias Belmonte no habría sido matador de toros: habría sido explorador, conquistador, estrella del rock, Pelé, pero le tocó nacer en Triana en 1892 y así tuvo que ser. Un capotazo, desde que Belmonte decidió ser el primero en quedarse inmóvil delante del toro, llegó a ser un gesto para la posteridad igual que ahora un gol de Villa por la escuadra.
Chaves Nogales, enguantado en su arte de periodista, escribe la vida de Belmonte en primera persona, lo que le otorga un vértigo de tertulia y de confesión al oído al libro. Qué gran texto. Quién sabe cuánto se deberá a las maneras de Belmonte y cuánto al oficio y al talento de Chaves Nogales, conjunción espléndida, de la narración de los tiempos de andar con los aspirantes a toreros anarquistas en la fuentecilla, las historias galantes cargadas con todo el peso de la concepción felizmente trasnochada de cierta hombría trasnochada, el enganche brutal casi narcótico de ir a las dehesas a enfrentarse a los toros con dueño de noche y de estranjis, la culpa por andar de golfo en vez de arrimar el hombro como correspondía al primogénito para sacar a los hermanos más chicos de la pobreza, los triunfos posteriores, las dudas perennes sobre la valía personal y el empuje, el trato íntimo y cotidiano con la muerte, los viajes constantes, la vida en la carretera, la paz del retiro.
Juan Belmonte, matador de toros no fue libro en principio, sino que se publicó por entregas en la revista Estampa entre junio y diciembre del 35, poco antes de que Belmonte se retirara de las plazas. En seguida se recopiló y dos años más tarde se traducía al inglés y así hasta hoy que podéis encontrar la edición sushi con portada color buganvilla de Juan Belmonte, matador de toros en Libros del Asteroide, aunque por suerte lo sigue editando Alianza de bolsillo a precio blanco y negro. Sacudíos la modernidad innecesaria. Yo lo compré al mediodía, empecé a leerlo en El Comercial de Glorieta de Bilbao mientras esperaba a un amigo, lo leí de noche todo el cachito de camino que me dejó el tren hasta Lisboa, seguí leyendo a las siete de la mañana en una cafetería medio inmunda de la calle Bempostinha, lo terminé por la tarde, en la cafetería Benard del Chiado. Todo esto para decir que quiero más más más Manuel Chaves Nogales.

Por fuera del libro:
Manuel Chaves Nogales murió a los 46 años en Londres, donde pasó los últimos cuatro años de su vida después de salir huyendo de París cuando la invadieron los nazis en el 41. A París había llegado en el 36 despotricando contra la guerra civil. Antes de eso se había recorrido Europa en los aviones que había en los años 30, anduvo por Rusia y por el Riff, escribió una novela sobre un cantaor flamenco que se quedó atrapado en la Revolución rusa, entrevistó a Goebbels y lo puso como los trapos, fue periodista de oficio de ésos que tan pocos hay y dueño del idioma toda su vida. Sevillano como Belmonte, detestaba los extremismos y los dogmas y así ha estado medio olvidado hasta que decidieron recopilar su obra completa, primero la Diputación de Sevilla (la edición está agotada, ni os esforcéis en encontrarla) y ahora los del Asteroide, aunque queda un libro en Austral, A sangre y fuego. Yo desde luego soy fan, llegada tarde pero fan.

Juan Belmonte, matador de toros (fragmentos)

Muerte de Juan Belmonte

Cachito heteropatriarcal de Juan Belmonte, matador de toros:

La desenvoltura  de aquella mujer me decía , así porque sí, que estaba enamorada de mí, me pareció excesiva, y supuse que se trataba de una señora al alcance de cualquiera que alargase la mano, o bien de una vieja cotorra desesperada.

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1984. George Orwell

George_Orwell_1984

Citas: —¿Cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
—Haciéndole sufrir.

Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas.

Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más posible.

En el fondo de tu corazón prefieres el viejo idioma con toda su vaguedad y sus inútiles matices de significado. No sientes la belleza de la destrucción de las palabras.

El Gran Hermano es un Stalin londinense, hasta tiene su mismo bigote. Su ojo avizor y su vigilancia continua (que al fin son lo que ha trascendido del libro para los que no lo han leído) son casi anecdóticos a pesar de su insidia, como la observación constante bajo la que te tiene la vecina aburrida; el espionaje agobiador es el vehículo de la doctrina pisoteadora, pero hay algo mucho peor que sentirse vigilado: vivir sometido. Lo impactante de 1984 es el terror sumiso en el que vive la mayoría, subyugada por unos pocos miembros del Partido Interior. Durante gran parte del libro da la impresión de que el aparato de vigilancia en Oceanía podría ser un verso, las telepantallas podrían ser falsas y la Policía del Pensamiento ni siquiera existir; en muchos momentos de 1984, antes de que llegue el desenlace, piensas que quizás sean inventadas las torturas y las desapariciones, porque con el miedo tan bien instaurado y la miseria constante e impuesta es suficiente para mantener a raya a la población borreguil o más bien a esos tiritantes bueyes de tiro. Y eso sí que aterra: un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo cada día más despiadado; la masa, entregada con la yugular por delante a su verdugo, sin resistencia y sin pena. Claro que siempre hay excepciones. 1984 es la historia de un intento de excepción, de una esperanza vana, un rato de redención y de respiro, aunque sea sólo una redención de pobre que se siente libre al poder tomar café verdadero con azúcar verdadera y chocolate no sucedáneo mientras le lee un libro a una mujer y no una liberación verdadera. Por eso lo que más me gusta de 1984 es que el sexo sea un acto de resistencia política, porque en el sexo es donde se conservan las emociones dignas y las penas profundas y complejas de lo privado, que al fin y al cabo es la libertad que roba el sistema: la posibilidad de un universo propio e irreconciliable con las formas del mundo, nuestra parcela de verdad. Eso, el lenguaje como marcador de límites del pensamiento y el gusto por las cosas bonitas. Winston Smith, el protagonista, es un esteta a fuerza de privaciones. Julia, la que se desnuda con un magnífico gesto que aniquila toda una civilización, la que no es una rebelde más que de cintura para abajo, la muchacha alegre con la faja roja anudada en la cintura, qué es para Winston sino un objeto hermoso, un vehículo hasta la belleza como el pisapapeles de coral, como el cuaderno de cremoso papel satinado o la plumilla con su mango de madera con la que al escribir empieza a desatarse de su esclavitud. Porque Winston ha conocido tres mujeres en su vida: una madre muerta, una esposa frígida, una prostituta ajada; para él las mujeres no son mujeres, son un domingo en el campo.
1984 establece que lo que nos hace libres es lo que somos capaces de alcanzar con el pensamiento, ergo con las palabras; que la verdad se inventa; que el primer privilegio que te roba el poder es la capacidad de ejercer la inteligencia; que quizá los únicos verdaderamente oprimidos sean los que siendo conscientes de su opresión permanecen sumisos.

Por fuera del libro:
Orwell antes de escribir sus dos famosas novelas fue un conocido periodista y ensayista. Y bastante bueno, por cierto. Para muestra, basta el botón del Dispararle a un elefante. Ya habré dicho alguna vez en esta web que cuando en las portadillas de los libros enumeran las mil y una profesiones que ejerció el escritor antes de ser escritor como la gran cosa, que hay que recordar que los escritores verdaderos suelen pasar hambre y que suelen ser gente sin dios y bastante quilombera y bamboleante. Nunca un escritor es policía y maestro y estibador y camarero por gusto o por búsqueda primordial, sino porque no le queda más remedio. Además, una vez sentados en los sillones de sus royalties, suelen gustar de exagerar un poquito sus aventuras internacionales. No es el caso. Me acabo de pedir por internet Down and Out in Paris and London, así que ya os contaré.
George Orwell estuvo en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española; allí, después de que le tocara vivir en Barcelona la brutalidad y cerrazón de los comunistas estalinistas y pro soviéticos que acusaron y purgaron a los del POUM por trotskistas y, atención, fascistas, le agarró una tirria consistente a la hoz y al martillo. También le tocó ver cómo las mentiras elegidas pasaban a los registros permanentes y se convertirían en la verdad. Orwell se preguntó cómo se contaría la guerra cuando pasaran muchos años, qué quedaría de la verdad una vez desaparecidos sus testigos y arreglados los registros. Creo que mucho de eso está en 1984, más allá del terrible retrato del estado totalitario o simplemente moderno nuestro donde los principios sagrados efectivamente son la neolengua, el doblepensar, la mutabilidad del pasado. Winston Smith intenta desesperadamente encontrar a alguien lo suficientemente viejo para acordarse de la verdad o un cachito de papel que atestigüe sin toqueteos el pasado.

1984 en inglés

1984 en español

Ensayos de George Orwell

Cachitos de 1984:
A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.  Se trataba sólo de pasar el tiempo en inmundas tareas, luchar para poder meterse en el metro, remendarse un calcetín como un colador, disolver con resignación una pastilla de sacarina y emplear toda la habilidad posible para conservar una colilla.

Incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría a veces, era un descontento que no servía para nada porque, por carecer de ideas generales, concentraban su espíritu de rebeldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los grandes males, ni los olían.

El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes.

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La Nieve del Almirante. Álvaro Mutis

La_nieve_del_almirante_alvaro_mutisCitas: Niega toda orilla.

La selva no tiene nada misterioso, como suele creerse. Ése es su peligro más grande. Es, ni más ni menos, esto que usted ha visto. Esto que ve. Simple, rotunda, uniforme, maligna. Aquí la inteligencia se embota, el tiempo se confunde, las leyes se olvidan, la alegría se desconoce, la tristeza no cuaja.

Algo ha terminado. Algo comienza. Conocí la selva. Nada tuve que ver con ella.

Maqroll siempre es el mismo: vaga no sin rumbo sino siempre rumbo a algún fracaso. La Nieve del Almirante es el relato de otra de sus empresas absurdas, otro de sus embarques en el desastre. Todo esto es absurdo y nunca acabaré de saber por qué razón me embarqué en esta empresa, dice él mismo; No tiene remedio mi errancia atolondrada. En La Nieve del Almirante Maqroll sube el río Xurandó hasta casi su nacimiento, contra corriente, como el Kurt de El corazón de las tinieblas, pero en otro extrarradio y con la actitud del que espera el vacío al llegar, del que sabe que todo esfuerzo contra el río lo irá separando cada vez más de un bello destino y acercándolo a sus cuatro precarias verdades. Durante todo el camino, incluso antes de empezar, Maqroll sabe que el viaje es en vano, que no sólo no ganará nada sino que perderá mucho de lo que lleva. Aún así prosigue, por el lujo de perder, y porque Maqroll nunca emprende nada que pueda terminar a derechas; ésa es su carga y su maravilla, andar a contrapelo del mundo, a contramarcha de los ríos, siempre estrellándose en los trayectos, siempre en pos de algo o más bien siempre en pos de nada, como quien no sabe bien qué hacer con su vida y se embarca para al menos justificarse la existencia en el intento. Pero él y nosotros a través de sus viajes al vacío lo vamos conociendo a él (si a algo a lo que el Gaviero no le tiene miedo es al strip-tease mental) y a personajes magníficos y miserables, como esos dei ex machina que se atraviesan en los caminos de Maqroll severos pero con la mano extendida, como el Mayor del ejército (que se merecería una novela para él solo); o esos compañeros de viaje patéticos que manejan el planchón en el que se embarca nuestro gaviero rumbo a su negocio dudoso: el capitán alcohólico, el indio triste y los dos bandidos. Mutis siempre quiere dejar claro que los viajes que él relata no son en busca de experiencias o emociones, son más como castigos aceptados, el precio de enfrentarse ya vencidos de antemano a la adversidad.
La pregunta siempre es: si a Maqroll le desgarra su propia manera de vivir su vida, siempre a contrapelo, siempre dañina, siempre ajena a su verdadera vocación, ¿por qué no prueba otra cosa? Las respuestas, bien que he llegado a conocerlas, son dos: la primera, probad a vivir así, probad la desesperanza elegida, los márgenes, el contramano perenne, probad la devastación de observarse continuamente enfangado en el error lúcido. De ahí no se vuelve. La segunda: por la cochina poesía.
La Nieve del Almirante adolece de lo mismo que Ilona llega con la lluvia y abunda en sus mismas bondades. Creo que Mutis os va a gustar bastante.

Por fuera del libro:
La Nieve del Almirante se publicó en 1986, cuando Álvaro Mutis ya tenía 63 años. Es la primera aparición del Gaviero Maqroll en una novela, bajo la apariencia de diario encontrado por Mutis en un libro comprado en el Barrio Gótico de Barcelona. Le seguirán otras seis, la última publicada en 1991.  Mutis, que es hijo adoptivo de Cádiz, empezó a escribir novela tarde (antes era poeta), nos deja margen para pensar que aún estamos a tiempo de ser novelistas.

La Nieve del Almirante en español

Una referencia académica

Un cachito de La Nieve del Almirante:
Siempre me ha sucedido lo mismo: las empresas en las que me lanzo tienen el estigma de lo indeterminado, la maldición de una artera mudanza. Y aquí voy, río arriba, como un necio, sabiendo de antemano en lo que irá a parar todo. Me intriga sobremanera la forma como se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia.  Una fervorosa vocación de felicidad constantemente traicionada, a diario desviada y desembocando siempre en la necesidad de míseros fracasos, todos por entero ajenos a lo que, en lo más hondo y cierto de mi ser,  he sabido siempre que debiera cumplirse si no fuera por esta querencia mía hacia una incesante derrota.

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Atajo. Esteban Cabañas

Atajo_Esteban_CabañasCitas: Implicarse es la forma de manipular el destino.

—¿Qué es lo mío?
—Esconderte en el paraíso de la ignorancia.

Abandonan su hogar. No saben adónde se dirigen. Es decir, adónde son salvajemente llevados.

Ir a un lugar donde no se conoce a nadie. Encontrarme, de pronto, sin mis paredes, sin mis puertas, sin mis calles, sin mis compañeros de colegio, sin mis hermanos. Poner entre dos partes un espacio inmenso. Tener la prueba impalpable de que importaba.

Ya lo dice el mismo Carlos Colombino alias Esteban Cabañas en la novela: Este relato es muy desparejo, muy confuso. No concuerdan fechas ni anécdotas, no hay un hilo que seguir,  así que no ahondaremos en su herida. Atajo está escrito casi todo en aforismos poéticos, pesados y muy como de escribano, en un español tan poco aparaguayado que me entristece un poco. La inverosimilitud de que una niña francesa que con catorce años decide quedarse en el Chaco paraguayo seducida por un macho de 24 (y digo macho porque la cualidad del hombre que arrastra a Margot es ésa, como queda demostrado en su otro arrebato de amor por Pilar el mestizo, el de las carnes moradas) sea cuatro hijos y muchos nietos más tarde una anciana que sabe tocar el piano y lee a Voltaire también la vamos a pasar por alto y hablaremos sólo de las cosas buenas de Atajo. No hay muchos autores paraguayos, así que a los que hay, hay que tratarlos con cariño, más a uno que lleva sólo cinco días muerto, así que voy a cuidar mucho al señor Colombino que creo que será mejor poeta que novelista.
Lo que me ha gustado de Atajo para mí no es Margot, la gringa alucinada y rechazada (es curioso cómo se rechaza en las tierras hostiles al extranjero que decide quedarse, como sospechando de sus motivos, en vez de recibirlo con la calidez y la curiosidad debidas) que se ata a un hombre bruto y a una tierra extraña y desolada por una mezcla de lujuria y necesidad de huida; no es el relato tenebroso de cómo para licenciarse del servicio militar los soldados entregan la cabeza de un indígena (aún hoy, según parece, grupos paramilitares y marines estadounidenses usan a los indígenas como cebos vivos para sus entrenamientos); no son el machismo y el racismo atávicos e intrínsecos que de tan incrustados como los llevan ni los notan (el marido que va al prostíbulo todas las semanas cuando descubre que la mujer un día yace junto al río con un mestizo lo desolla y tortura y abandona a la agonía en el monte); no es la relación hermosa con el nieto Rolando (tan diferente de la relación de la abuela francesa de Andreï Makine con Andreï Makine, otro nieto de francesa en tierra extraña: no podría haber dos productos de la emigración más diferentes); no es la caja de madera con los tarjetas con consejos, sino los mates que cada día a las cinco de la mañana Margot le ceba al marido en la veranda, mirando al río, antes de que él se vaya al trabajo. En este sitio tan seco, tan plano, tan sin nada, al que la selva vuelve extraño y profundo; al que el río de cauce poderoso, enervado de yacarés, peces plateados, camalotes infestados de víboras, impone su presencia fantástica, la francesa que ha llegado a ese momento desde el cual no se regresa, la extranjera que había huido de su familia y buscado asilo en este sitio al borde de la desaparición comparte con su marido (que le resulta indiferente en cualquier lugar menos en la cama), en esa hora de conyugalidad la costumbre del país. Me conmueve, qué le vamos a hacer.
Atajo salió de Asunción en un paquete con yuyos cuando Esteban Cabañas estaba vivo y llegó a mi casa cuando estaba muerto, enviado por mi querida Alicia Balmaceda. Espero que el hecho de haber caminado todas esas aguas hasta mis manos no haya sido factor determinante de su fallecimiento. Hoy he leído Atajo tomándome unos mates con yerba Campesino y los yuyitos correspondientes, acordándome de esa tierra extraña y hambrienta a pesar de su escandalosa fertilidad, de ese país al que me gustó tanto volver.

Por fuera del libro:
Carlos Colombino, nacido en 1937, vivió parte de su infancia en Puerto Pinasco, donde transcurren partes del libro precisamente después de la Segunda Guerra. Su abuela paterna era francesa, así que es fácil suponer que en el libro él es Rolando, el nieto dilecto al que (inquietantemente) su abuela inyecta letalmente para ahorrarle los horrores de la vida y luego sumerge en el río. Colombino es uno de esos artistas inquietos que pintan, hacen grabados, publican su primer libro de poemas a los 27 años (Los monstruos vanos), recorren el mundo, son críticos con los regímenes totalitarios y por tanto perseguidos, escriben obras de teatro, llevan siempre sombrero y eligen permanecer en su país ignoto (y digo ignoto porque el Paraguay es un desconocido hasta para sus vecinos más próximos) montando centros culturales y ocupándose por el patrimonio artístico nacional. El también desconocido Museo de Bellas Artes de Corrientes expuso sus obras en el 2009. Aquí os dejo algunas de sus magníficas xilopinturas.

Poema de Esteban Cabañas

Un cachito de Atajos:
Mental e imperceptiblemente se fue divorciando de lo real. Nadie se daba cuenta de esa distancia que iba ella tomando, salvo, quizá, Rolando. Y por supuesto, el abuelo, para quien la mujer alucinada era ya una forma constante que, de alguna manera, se verificaba sólo cuando tomaban el mate a las cinco de la mañana. En esas horas, sentados en el umbral de la casa, volvían a ser esos dos seres casi perdidos en el espacio. El abuelo, que había nacido debajo de un carromato en Tobatí, durante la guerra devastadora, apenas había recibido los rudimentos escolares. No estaba a la altura de esa francesa.

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Bariloche. Andrés Neuman

Bariloche_Andres_Neuman

Citas: Dios santo, cómo podía haber tanta, tanta mierda.

El sexo se hace solo, sin nosotros, el sexo se ejecuta a sí mismo.

Desde esa vez mi vida va así medio lismoneando cachitos de ese sentimiento.

Qué gran librito triste, Bariloche. Qué manera de decir la de Neuman a sus 22 años de entonces (no he querido leer nunca ninguno de sus otros libros, me da miedo que no me azoren lo mismo que éste, o peor, que me parezcan horribles, que yo soy muy dada). Bariloche es como una trituradora gigante en la que hubiesen metido muchas referencias desordenadas y muchas habilidades literarias ajenas que luego salieran devueltas por otro caño como una materia compacta y limpia. Qué maestría de pescado vivo que nadando en una pecera chiquita vislumbra el océano, qué monstruo penal Demetrio Rota, el basurero rionegrino ex-relojero que hace puzzles. Cuánto tango, pero tango uruguayo y no porteño, de ése que sí se rechifla en su tristeza sin que lo miren los turistas, de ése que dice las verdades más baratuchas y te conmueve a tu pesar. Cuántas cosas inmensas caben en un librito tan chico: la rosa disecada sobre la mesa del Petiso, el camarero que por respeto se cambia la pajarita del trabajo por la corbata de duelo, el olor a soga del linyera, la insoportable y hermosa simplicidad del Negro, la carta arrabalera que Verónica echa por debajo de la puerta, una muchacha pelirroja en camisón sentada sobre un tronco esperando, el hijo que queda huérfano en el momento en el que tiene que empezar a ser padre de sus padres y queda por siempre desvalido.
A veces basta un libro, qué sé yo. Yo desde luego no quiero leer más nada de Andrés Neuman.

Por fuera del libro:
En la primera página de todos mis libros pongo la ciudad en que los compré o me los regalaron y la fecha. Así sé que tengo Bariloche desde Granada, enero del 2000. En esa época vivía cerca de Puerta Real, donde me gustaba (y me gusta todavía cuando voy) sentarme en los bancos alrededor de la fuente de las Batallas. A veces, allí sentada, veía pasar a Neuman con su pinta desvalida de entonces, que seguramente ya no tenga; me daban ganas de ir a decirle cuánto me había gustado su libro, pero nunca lo hice. Pasaron los años y viví en Bariloche, viví en Buenos Aires, conocí todos esos sitios de los que habla Neuman en su libro, y la prueba de que me sedujo es que a veces recordé fugazmente a sus basureros mientras andaba por Independencia (que obviamente hace mucho que dejó de ser la Independencia de Bariloche), que a veces frente al lago Gutiérrez intenté medir mis recuerdos mientras se construían con lo que recordaba de los recuerdos de Demetrio Rota. Nunca había vuelto a leer Bariloche, ha estado metido en una caja años. Hoy lo recordé y lo busqué y lo leí para esperar que me bajara la fiebre, gran mérito del libro ahora que ando enemistada con mi argentinidad adquirida. No he dejado de preguntarme cómo fue posible que sin que yo conociera ni Chacarita no los amancays ni la estación Lacroze ni el Nahuel Huapí pudiera Neuman transmitirme tan exactamente eso que luego yo misma vi con el mismo desvalimiento desvalido pero bien plantado de Demetrio, el exiliado.

Bariloche en español

Sur de Homero Manzi y Aníbal Troilo

Una fotito de Bariloche

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