Cosecha roja. Dashiell Hammett

Cosecha roja-Dashiell HammettCitas:  There’s no sense in a man picking out the worst name he can find for everything.

She looked as if she were telling the truth, though with women, especially blue-eyed women, that doesn’t always mean anything.

I’ve got hard skin all over what’s left of my soul.

Mientras la gente llamémosla normal hace sus cosas de gente normal y tiene sus horarios y cuelga sus cortinas, hay otros mundos de gente que pasa el día haciendo cosas más inesperadas como, mientras toma ginebra con hielo, zumo de limón y agua de Seltz al mediodía o con vermouth y amargo de naranjas por la noche, asesinar a sus semejantes y amañar combates de boxeo. De gente que sustituye con bourbon las comidas y las siestas y sabe de qué calibre es la pistola del vecino está lleno Cosecha roja, un libro de ésos de leer la primera frase y darte cuenta tres horas más tarde de que llegó la madrugada y tienes los dedos de los pies encogidos de la tensión. En Cosecha roja todo el mundo es malvado y perverso y las muertes y los disparos pasan muy deprisa. Hasta el que decide limpiar la ciudad de hampones (el agente de la Continental de nombre cambiante que para mí siempre tiene el aspecto de Orson Welles en Sed de mal), lo hace porque le tocaron las narices y porque le agarra el gusto al crimen y no por moralidad. Su método de trabajo de participar en la criminalidad hasta hacerla estallar por los aires desde el por dentro y aún así sostener un férreo sistema moral es lo que hace grande al personaje y a Cosecha roja, que fue el primer libro que publicó Hammett allá por el 29. No somos nadie, ya dentro de nada hace un siglo.
De Dashiell Hammett, además de todo y de sus diálogos gloriosos (ese encanto del ingenio gansgteril démodé sobre todo porque nadie dialoga o dialogó jamás así), me gusta su manera de describir a la gente con ojo clínico de detective (las orejas se le despegaban como alitas rojas), generalmente con tres frases, la primera sobre cosas peculiares que tenga el interfecto en la cara, la segunda sobre su manera de llevar la ropa y la tercera cualquier cosa que funcione como un mascazo inesperado, alguna característica que no te sirve para nada saber y sin embargo es como conocer el color y el diseño de la corbata del príncipe de Gales: superfluo pero certero para crearte ambientes imaginarios.

Por fuera del libro:
Si de relaciones turbulentas está la literatura llena, la de Dashiell Hammett y Lilian Hellman se lleva medalla y diploma. Ruidosos, creadores de escándalos, desfasados y atormentados, se hicieron sufrir y se quisieron y crearon cada uno su obra por separado durante treinta años. La de Hellman, obras de teatro y libros de memorias cambiadas tomo tras tomo (de ella dijeron que todo lo que escribía era mentira, hasta las y y los artículos). La de Hammett, novela negra tomada en serio por los escritores serios.
Otra novela de Hammett pasada por las manos de otra pareja literaria diametralmente opuesta a Hammett/Hellman por lo chispeante, discreto, amable y bien allegado, Albert Hackett y Frances Goodrich, salió The thin man, una de mis películas predilectas. Es curioso cómo el amor según se lo maneje etcétera. Pero otro día hablamos de Nick y Nora Charles.

Una referencia bonita 

Publicado en Libros, Literatura norteamericana | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Infancia en Berlín hacia 1900. Walter Benjamin

Infancia en Berlin hacia 1900_Walter BenjaminCitas: Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.

La tumba vacía y el corazón dispuesto.

Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante dejaríamos de comprender nuestra nostalgia.

Cuanto más avanzada la noche, más brillantes los invitados.

Se pueden hacer dos cosas con Infancia en Berlín hacia 1900. Una, tener una cita con Walter Benjamin e irse con él por ahí (un par de horas bastan) y dedicarse exclusiva y embelesadamente a escucharlo hablar sobre sus recuerdos de infancia. Este sistema de embiombarse del mundo circundante es recomendable para cualquier libro (aunque con algunos libros más que una cita necesitas tener un noviazgo muy serio), pero con Infancia en Berlín más, porque es de esos libros chiquitos de los que te acordarás siempre dónde y cuándo lo leíste. En él dice Benjamin que para leer escogía las horas más tranquilas y el lugar más recóndito de todos, luego abría la primera página sintiendo la misma sensación festiva, como quien pisa un nuevo continente. Yo me he ido con su infancia a la playa otoñal, y aunque el romper de las olas no es el mejor fondo para el Berlín ya no decimonónico, el aire del mar le habrá sentado bien a Benjamin, que tenía problemas coronarios.
Los textos son preciosisisísimos; los recuerdos del niño rico coleccionista de mariposas y sellos y postales, visitador de abuelas y tías viejísimas, espía de los que viven en el piso de abajo y se pasan la vida a lo que parece sacudiendo alfombras, el niño admirador de la nutria del zoológico y de su madre vestida para salir a cenar, el niño con fiebre, el niño que pasea por el mercado o va al colegio, el niño afincado en los cuentos de los hermanos Grimm, tienen esa rareza de los mundos lejanos que desconocemos y llevan mucho tiempo desaparecidos, que cuando nos los cuentan se nos presentan vivos y terminan convirtiéndose en recuerdos nuestros, como cuando dice Benjamin de los daguerrotipos de lugares lejanos que va a visitar en la galería imperial: «Esto era lo que hacía extraño aquellos «viajes»: el que las añoranzas que despertaban en mí no fueran siempre de las que hacen tentador lo desconocido, sino de las otras, más dulces, por regresar al hogar.»
Walter Benjamin tradujo al alemán tres de los libros de En busca del tiempo perdido, y estas largas expediciones a lo profundo de la memoria para las que Proust necesitó siete tomos, las hizo él en 38 estampitas o cromos portátiles. Porque Infancia en Berlín más que un libro de recuerdos en un libro sobre la manera de recordar los recuerdos. En El señor Knoche habla Benjamin de una canción de la que nadie en su escuela entiende lo que significa el último verso. Luego, una vez alcanzada la orilla del adulto, al fin se comprende el verso y entonces la canción pierde el brillo del misterio que tenía.
La otra cosa que se puede hacer y que os prohibo hacer con Infancia en Berlín hacia 1900 es leerlo a través de ese plástico anecdótico de los intelectuales wanabee, hacerle una doble llave de judo a la belleza del libro, tumbarla en la lona y sacar a colación a la luz de su infancia acomodada, el marxismo de broma de Benjamin (el marxismo tiene caspa, por otro lado, sacúdanselo), a la secretaria estalinista de Bertold Brecht posteriormente deportada estaliniana que condujo a Benjamin a Moscú, a Adorno diciéndole que qué porquería el libro de los pasajes de París, a Hannah Arendt buscando infructuosamente su tumba y sus manuscritos en Port Bou.
Hay muchos Walter Benjamin sueltos: el traductor, el filósofo del lenguaje (el primer Benjamin que yo conocí, para algo me sirvió la facultad), el de la escuela de Frankfurt y el materialismo histórico (que es el Benjamin al que yo no le hago ni caso), el teólogo que hablaba de Dios y del aura (que es el Benjamin al que no me tomo en serio), el hijo pródigo de la burguesía acomodada, el escritor ignorado en su tiempo y descubierto después de muerto, el judío marxista perseguido por la Gestapo, el crítico literario (Hannah Arendt editó una antología de sus ensayos literarios en 1968 y otra en 1978), pero creo que el primer Benjamin de todo el mundo debería ser Infancia en Berlín hacia 1900. Mis estampas favoritas: Panorama imperial, Teléfono, Partida y regreso, Mañana de invierno, La nutria, El mercado de la Plaza de Magdeburgo,  Calle de Steglitz, Escondrijos, El costurero, Blumeshof 12, Juego de letras.

Por fuera del libro:
Benjamin empezó a escribir Infancia en Berlín en 1932, en Italia, y terminó de revisarlo en 1938. Algunos capítulos los publicó de manera separada en periódicos y revistas, en sus épocas de escasez de escritor pobre. El libro no se publicó hasta 1950, cuando Benjamin ya llevada muerto y enterrado sabe dios dónde diez años. Cada cual posee un hada que le tiene reservado un deseo por cumplir. Sin embargo, son pocos los que recuerdan el deseo que expresarán algún día, y sólo pocos reconocen más tarde en la vida el cumplimiento del mismo. Me pregunto cuál habría sido el deseo de Walter Benjamin, el niño que lo tenía todo, y si se acordaría de él, ya desesperado apátrida errante, antes de atiborrarse de morfina en el Pirineo.

La tarea del traductor, por Walter Benjamin

Walter Benjamin por Coetzee

En las vivencias de los niños de aquella época imperaban todavía las tías que no salían ya de sus casas y que siempre que aparecíamos con nuestra madre a hacerles una visita nos habían estado esperando y, desde la ventana del mirador de siempre, nos daban la bienvenida, vestidas siempre con la misma cofia negra y con el vestido de seda de siempre.

Publicado en Libros, Literatura alemana | Etiquetado , , , , , | 3 comentarios

Cerca del corazón salvaje. Clarice Lispector

Cerca del corazon salvaje_Clarice Lispector

Citas: Nunca hay que adelantarse, nunca hay que robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte honestamente reservado para ti.

¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?

¿Por qué hablas de cosas difíciles, por qué empujas cosas enormes en un momento simple?

En el momento en el que intento hablar, no sólo no expreso lo que siento, sino que lo que siento se transforma lentamente en lo que digo.

Hay escritores que usan la palabra como una mampara para separar al que lee de lo que lee, como si el libro fuera un taxi de Londres o Montevideo. El conductor y el pasajero indudablemente se dirigen al mismo sitio, pero el conductor, mientras te muestra la nuca y te concede a veces escueta la voz (que te llega reverberada y submarina a través de la mampara), te lleva por una ciudad que entrevista a ráfagas desde las ventanillas de atrás te parece secreta y sólo suya. Clarice Lispector, además de conducirte en silencio y mirándote de vez en cuando por el retrovisor con ojos de esfinge desde dentro de su esfera solitaria por una ciudad tumultuosa de su propiedad exclusiva (gran temporal atravesado a rachas por soles cegadores, como la juventud de Beaudelaire) por la que ella conduce dolida pero fiera como un animalito herido, luego, cuando menos te lo esperas, se esconde en el maletero y tienes que seguir conduciendo tú a ciegas por la ciudad de ella.
Cerca del corazón salvaje es una gestación larga pero feliz con su dolor que parece a punto de acabar reventando al ser que lleva dentro en estallido en cualquier momento pero no. Un ser que siempre fue peligroso y libre y contra el mundo: Juana, la extraña para todos, incluso para el padre (lo que más me gusta del libro, la vida de Juana niña con su padre, y lo único que recordaba de la otra vez que leí Cerca del corazón salvaje, hace unos trece años). Juana es una víbora solitaria. Las relaciones que mantiene consigo misma nada tienen que ver las relaciones que mantiene con los otros. Juana lo vive todo por dentro y a solas, cada contacto con los demás es siempre un conflicto, sobre todo con las otras mujeres, a las que teme y reverencia a partes iguales porque son fuertes y ciertas y divinas materias-primas. Para Juana las otras mujeres siempre son la otra. Ah, Electra. La piedad es mi forma de amor. De odio y de comunicación, dice. Juana, que ni siquiera sabe qué hacer consigo misma, cree que prefiere estar sola. Los demás le roban toda su capacidad de sentir, dice. La presencia de los demás la priva de libertad, dice. Y Juana quiere su libertad, esa extraña libertad que había sido su maldición, sabía que de ahí venía su vida y sus momentos de gloria y que de ahí venía la creación de cada instante futuro, pero en el fondo, lo único que quiere Juana es una madre, y lo único que tiene es miedo.
El argumento de Cerca del corazón salvaje, desprovisto del verbo de Clarice Lispector, la mujer de la voz, es vulgar: mujer rara se casa con hombre que queda rendido por lo que él cree misterio hasta que se cansa del hermetismo de su rara esposa y se vuelve con su novia de antes, una amante dócil y aburrida a la que deja embarazada. Clarice Lispector va hablando, la respuesta, no le importa demasiado. Lo que vale es que la pregunta sea aceptada, que pueda existir, como si se buceara a sí misma por dentro. No hay aventuras piratas ni islas con tesoros exteriores en Cerca del corazón salvaje, todo se pasa por dentro de la búsqueda, por dentro de la inteligencia de las cosas ciegas, del poder de la piedra que al caer empuja a otra que va a caer en el mar y mata un pez. En este libro hay que zambullirse como en un mar lleno de algas, a veces agota tanto pensamiento sutil y tanta telaraña mística, tanto verde pegajoso, tanta pesadumbre. Cuando sales te llevas la impresión de haberle estado hurgando a alguien las tripas, tarea insana, aunque a quién no le gusta husmear en lo privado. Como dice Basilio Losada en la excelente introducción a su excelente traducción de Cerca del corazón salvaje: «Clarice es la procura acuciante de una identidad, la lengua como medio para penetrar en una realidad que, en el fondo, apenas siente como suya, pero que ama y sabe, oscuramente, que es la única que le es dada.»

Por fuera del libro:
Clarice Lispector, la mujer que dijo «Cuando no escribo estoy muerta», publicó Cerca del corazón salvaje con 24 años, en 1944, a la misma edad que Carmen Laforet escribió Nada y Carson McCullers El corazón es un cazador solitario. Sus padres fueron judíos ucranianos emigrados a Recife, el nordeste brasileño, donde ella se crió. Su madre murió de sífilis cuando ella tenía sólo nueve años, y su padre, su hermana y ella se fueron a vivir a Río. Se casó muy pronto, con un diplomático compañero suyo de la carrera de Derecho, con el que vivió en Inglaterra, Estados Unidos y Suiza hasta su separación, cuando Clarice volvió a Brasil con sus dos hijos, y abandonó los exilios extranjeros por su exilio interior.

Entrevista a Clarice Lispector de María Esther Gilio

Sé lo que quiero: una mujer fea y limpia, con senos grandes, que me diga: ¿qué es eso de andar inventando cosas?, nada de dramas, ¡venga aquí inmediatamente! –y me dé un baño tibio, me ponga un camisón blanco de lino, trence mi cabello y me meta en la cama, muy enfadada, diciendo: ¿qué es eso?, andar por ahí sola, comiendo fuera de horas, que hasta va a coger una enfermedad, déjese de inventar tragedias, piense que es grande y buena la vida, tómese esa taza de caldo caliente. Me alza la cabeza con la mano, me cubre con una sábana grande, aparta algunos mechones de mi frente ya blanca y fresca, y me dice, antes de que yo me duerma mansamente: va a ver qué pronto engorda esa carita, olvide tonterías y quédese ahí, como una niña buena. Alguien que me recoja como un perro humilde, que me abra la puerta, me regañe, me alimente, me quiera severamente como a un perro, eso es lo que quiero, como a un perro, como a un hijo.

Publicado en Libros, Literatura brasileña | Etiquetado , | 2 comentarios

El malogrado. Thomas Bernhard

El malogrado_Thomas BernhardCitas: No hay nada más espantoso que ver a una persona tan grandiosa que su grandeza te aniquila.

Cómo podrían salvar al extravagante de su extravagancia.

Durante toda la vida huimos del diletantismo y siempre nos atrapa, y nada deseamos con mayor intensidad que escapar al diletantismo durante toda la vida.

No podemos elegir el lugar de nuestro nacimiento. Sin embargo, podemos marcharnos de ese lugar de nacimiento si amenaza aplastarnos, marcharnos e irnos de lo que nos matará si dejamos pasar el momento de marcharnos e irnos.

El malogrado o vivir es un fracaso insoportable. Hay libros que te llegan en el momento preciso en el que tienes que leerlos. Quizá luego, cuando pasado el tiempo vuelvas a ellos, te tengas que preguntar qué demonios fue lo que te conmovió tanto. Pero como es imposible revivir el estado en el que leíste algo por primera vez y ahora he leído El malogrado, justo cuando tenía que leerlo, hablo de él ahora. Si bien el soliloquio de Bernhard a ratos parece el de un abuelo solitario y despeinado que huele raro y murmura y se repite constantemente casi sin importarle si lo escuchan o no, otros ratos da estocadas bien acertadas, como un desconocido borracho sentado en un banco puede llegar a sonarnos a oráculo. Me desvío. O no, porque así escribe siempre Thomas Bernhard. No os precipitéis de cabeza sobre El malogrado porque. Bueno, haced lo que queráis. Lo cierto es que los escritores así tremendos cuando los lees con atención dan la impresión de vivir en una soledad buscada y absoluta, y ésa es una de las cuestiones sincrónicas con las que me he topado con horror leyendo el libro. Es imposible crear nada andando en el mundo, la gente es un estorbo, etc. Tener el mismo tipo de pensamientos que Bernhard, famoso por su misantropía, me inquieta gravemente. Me desvío.
El malogrado: la carrera de pianista vienés y la vida entera de Wertheimer se malogran y se aniquilan, para usar el mismo vistoso verbo del traductor de Bernhard, en los tres minutos durante los que, desde la puerta de una sala de estudio del Mozarteum de Salzburgo, escucha a Glenn Gould tocar el aria de las Variaciones Goldberg. Wertheimer, que ya venía con la etiqueta de malogrado de fábrica (cuando me levanto, pienso en mí con horror y me aterra todo lo que me espera. Cuando me acuesto no tengo otro deseo que morir, no despertarme más, pero entonces me despierto otra vez y ese espantoso proceso se repite), que se abraza a su tristeza como a una mantita de bebé, al que le aterra perder su infelicidad, el encuentro con Glenn Gould lo asesina y le otorga una razón suprema de ser al mismo tiempo. Porque Wertheimer es un buen pianista, pero claro, no es Glenn Gould. Wertheimer no es el único que se topa con Gould, también el narrador del libro. Los tres, durante el año hipotético e imposible que dura un seminario impartido por Vladimir Horowitz, conforman un trío poco mosquetero en la parte más con brillo del libro: tres jovenzuelos millonarios compartiendo la ex casa de un escultor nazi y escuchando a uno de ellos, al mago, tocar a Bach hasta el desfallecimiento, o viéndolo cortar un fresno que le molesta la vista por la ventana. Treinta años después, Gould se desploma sobre su Steinway en un estudio cerrado a cal y a canto, a salvo del mundo, su cerebro víctima de su obsesión artística; Wertheimer se cuelga de un árbol después de treinta años de vida asocial y demente; el narrador sale de su encierro privado madrileño de diez años (nada más y nada menos que en la calle de El Prado) para ir al entierro de W. y acordarse de toda la historia y contárnosla.
El malogrado habla sobre el talento extremo y sobre la infelicidad que es no tenerlo y sobre la infelicidad que es tenerlo; sobre personas a las que les resulta insoportable e imposible andar con otras personas (los tres éramos fanáticos natos del parapeto. El deseo de parapetarnos lo habíamos tenido siempre); sobre la amistad a lo largo; sobre cachorros aristocráticos hastiados de sus vidas regaladas; sobre cuánto odia Thomas Bernhard Austria, su país, y cuánto odia otras muchas cosas; sobre dónde reside la grandeza, que seguramente sea en empeñarse en alcanzarla (no fuimos nadie, porque no habíamos pensado en absoluto en querer ser alguien, a diferencia de Glenn Gould); sobre las ganas perennes de matarse; sobre el asco de vivir; sobre las máquinas de fabricar arte que son los verdaderos artistas, ésos a los que les gustaría ser instrumento y no intérprete.
El malogrado cumple este año treinta años, se publicó en el 83. Alfaguara volvió a editarlo hace un par de años, a precio sushi; ya antes había salido en su fabulosa colección de tapa morada y gris. Miguel Sáenz, el traductor al español de Bernhard casi en exclusiva, no sé si traduce bien o no porque no sé alemán, pero escribe medianamente bien, que en los tiempos que corren parece ser ya es bastante.

Por fuera del libro:
Lamentablemente, el Glenn Gould de El malogrado no existió jamás, ni nunca fue compañero de estudios de piano en 1953 en el Mozarteum de Salzburgo de Bernhard (y menos con Horowitz, a quien Gould despreciaba como pianista y quien, en 1953, estaba ya retiradito en su casa de Nueva York). Hay una leyenda por supuesto falsa pero preciosísima alimentadora de fanáticos sobre Gould y Horowitz: se dice que una noche Gould apareció por un estudio de grabación para andar con los ingenieros de sonido (fue un adelantado a su tiempo en grabaciones digitales, y eso sí es cierto), que estaban teniendo problemitas con un pasaje de Horowitz mal grabado. Se supone que Gould tocó el trocito en el piano a la manera de Horowitz y ellos lo pegaron a la grabación original.

El malogrado en alemán

El malogrado en español

Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg en 1981

Publicado en Libros, Literatura alemana, Literatura austríaca | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

Las tiendas de color canela. Bruno Schulz

Las tiendas de color canela_Bruno Schulz

Una cita: Queremos crear al hombre por segunda vez, a imagen y semejanza del maniquí.

Qué libro precioso y extraño. Qué libro peculiar y bellísimo, qué libro de agosto europeo, de una europeidad antigua que ya no existe. Qué asfixiante sueño barroco lleno de colores y colores y al mismo tiempo leve como una pluma de esos pájaros que lo pueblan. Las tiendas de color canela es un libro para que nos lo lean mientras nosotros cerramos los ojos, en largas tardes estivales o en noches calurosas estrelladas de salir al patio porque no se puede dormir, un libro de cerrar los ojos y disfrutar de que una voz tranquila vaya dejando caer al calor las frases magníficas de Schulz y nos deje compartir la irrealidad del padre que poco a poco va desapareciendo en esa casa llena de habitaciones desconocidas y olvidadas, diluyéndose en el calor de agosto, transformándose en uno de sus bichos libres, perdiéndose en todos los armarios y desvanes mientras Adela, el ama de llaves/cocinera/limpiadora/alma mater del hogar lo va arrojando fuera del mundo real con una escoba.
Me gusta jugar en este libro a buscar familias cromáticas, por ejemplo la amarilleada sería: ámbar, ocre, cerveza, azafrán, oro viejo, miel, cítrico, herrumbre, mazorca, panal, sanguina, bermejo, sepia, ónique, peras doradas, girasol, oropimente. Me gusta en este libro vagabundear por la ciudad con sus calles que cambian de sitio y de naturaleza subida a una calesa o andar por la casa y abrir las puertas de sus cuartos con vida propia a ver si me encuentro con sus habitantes neblinosos que no se sabe nunca si están o no, o entrar en la tienda familiar y sentir el tacto de todas las telas. Me gusta en este libro imaginarme la época de esplendor ornitológica de mi parte preferida, Los pájaros, o enervarme en la parte más tristeza que es Las cucarachas, cuando el padre se transforma en bicho (no en vano Schulz tradujo El proceso de Kafka al polaco cuando Kafka todavía no era Kafka) pero no es triste por la metamorfosis sino por la esposa indiferente, la madre lejana, la mujer que chapotea en su toilette o sus jaquecas mientras le cede el femenino a las costuras de medias blancas o a la empleada doméstica de medias negras.
Os doy permiso para que juguéis a la simbología sólo en Las tiendas canela cuando el hijo sin abrigo por las calles en vez de cumplir designios familiares se pierde feliz.

Por fuera del libro:
Bruno Schulz antes de morir asesinado de un disparo por ser judío, fue amigo de mi escritor-personaje predilecto, Witkiewicz; ambos además eran también dramaturgos, pintores y dibujantes de sus mundos sólo suyos. Witacky desde su extravagancia y exageración habituales escribió cosas como que las frases de Schulz eran meteoros que iluminaban tierras nuevas y desconocidas y llamó droga monstruosa a la canela schulziana.
El libro está editado en Seix Barral, en Debate, en Siruela, en Círculo de Lectores como Las tiendas de color canela, y en Maldoror como Las tiendas de canela fina. Se ceden el texto incomprensiblemente como si les pesara, como una patata hirviente. La traducción de Maldoror es mucho más bonita, es la que os dejo aquí.

Las tiendas de color canela en polaco

Las tiendas de color canela en español

Una referencia bonita

Publicado en Libros, Literatura polaca | Etiquetado , , , , | 2 comentarios

Viaje al fin de la noche. Louis-Ferdinand Céline

Viaje al fin de la noche. Louis Ferdinand Céline

Citas: Nous ne changeons pas! Ni de chaussettes, ni de maîtres, ni d’opinions.

Faire confiance aux hommes c’est déjà se faire tuer un peu.

Il faut choisir, mourir ou mentir. 

No sé qué podría decir yo de Viaje al fin de la noche cuando Maël Renouard escribió hace unos años un artículo tan insuperable y hermosísimo sobre sus barcos (os dejo prometida la traducción). Lo único que puedo contar es por qué me gusta a mí Viaje al fin de la noche, que es de lo que se trata. Me cuesta, porque Ferdinand Bardamu, el protagonista del libro, y yo compartimos la manía de largarnos de todas partes y muchas otras cosas que a ninguno de los dos nos resulta agradable ni fácil ni práctico compartir. Las ganas de irse. El exilio como droga. El cambio como promesa. Los barcos como casita para el alma. El ratito en el que aún somos desconocidos en cada lugar nuevo al que llegamos como remanso de paz. Buscar siempre más lejos, más hondo. La rabia, la lucidez, el cansancio que nos producen la mediocridad y la falta de inquietud, el sentido del humor que nace del agotamiento, esta frase:  “Mi corazón, ese conejo, resguardado detrás de su jaulita de costillas, agitado, acurrucado, estúpido.”
El final de la noche es el territorio de Ferdinand Bardamu, y es un territorio geográfico, no es una cuestión de horarios. Lo oscuro adonde nadie quiere ir es el único lugar que le pertenece, o el único lugar al que él pertenece. Él lo dice: no importa lo que hagas durante el día, importa si puedes dormir por la noche. Y él no puede dormir, Bardamu. Él no es como la demás gente que se acuesta sin cuestionarse o intentar comprender, como los que duermen tranquilos como ostras y que cada amanecer se encuentran el pacto que firmaron con la vida renovado automáticamente, el pacto tácito con la brutalidad del mundo, con la mentira inmensa y universal, con la falsedad mutua. Bardamu no soporta el tablero hipocresía sobre el que se juega a la vida tendido en la mesa del desayuno. Bardamu no lleva la cobardía necesaria para seguir viviendo, día tras día, incorporada en los zapatos. Bardamu sabe del cuerpo que se pudre y que se muere y que a veces también goza, el cuerpo siempre dispuesto a seguir con la farsa, la suciedad, el cuerpo dócil donde se guarda el alma dócil. Lo conoce de la guerra, al cuerpo destripado, y lo conoce de su desastrosa carrera de médico, al cuerpo enfermo.
No os llevéis a engaño: Bardamu no es un triste alma errante, es un perro rabioso como pocos, alguien que se duele de haber perdido la esperanza y la fe, un observador lúcido que sabe mirar y al mirar se asquea y anhela un obús que destripe y arregle todos los problemas, un obús-muerte. Pero a veces en su viaje azaroso (el azar elige su destino, porque a Bardamu le da exactamente lo mismo el dónde, con tal de que esté en otra parte) Bardamu se conmueve, cuando encuentra a Alcide, a Molly, a Sophie, cuando encuentra bondades, alguna clase de pureza, amor desinteresado, acordeoncitos que tocan canciones en las sobremesas del verano. Bardamu, en el fondo, es un romántico que no puede ejercer por falta de estímulo, o que sólo ejerce a la vista de unas piernas bonitas o de un corazón vulnerable.
Viaje al fin de la noche es un libro para reírse a carcajadas y para llorar de tristeza por lo triste que es la humanidad a partes iguales, os prohibo que no hagáis las dos cosas. Si os da por la intelectualidad, podéis reflexionar sobre Eros y Tánatos; si os da por la francofilia, podéis hacer paralelismos cínicos entre el Robinson de este libro y el Pangloss del Cándido de Voltaire; si os da por la lingüística, ésta fue la primera novela que alguien se atrevió a escribir en lenguaje coloquial y usando argot como si le fuera en ello la vida; si os da por el viaje, nadie más inspirador que Bardamu que se va de África a Nueva York en una galera. La primera parte del libro es una de las visiones más terribles sobre la guerra que se hayan escrito, a pesar de los generales enamorados de los rosales y de Barmadu jurando nunca más pisar el campo en lo que le queda de vida.
Si podéis, leed la histórica traducción de Carmen Kurtz (es la que leí yo en la biblioteca de mi pueblito, muchos años antes de tener el Céline verdadero en la edición bolsillo de Folio). Ya sabéis, comprada de segunda mano. La de Manzano que os dejo aquí no me gusta un pelo. Esta semana me he leído los tres libros así que hablo con sacrificado conocimiento de causa, pero no abundaré en mis quejas sobre los traductores modernos que ando escupiendo en blogs ajenos.

Por fuera del libro:
Céline dio muchos más tumbos geográficos en la vida que Bardamu, quién sabe si huyendo de las mismas cosas o persiguiendo las mismas cosas. Pero los tumbos los dio, así que los bichos y la disentería africanos y Broadway como restaurante de sueños rápidos, la Alemania de preguerra, fueron suyos antes de que fueran de Ferdinand.
El editor de Céline, Robert Denoël, fue asesinado por las mismas fechas en que Céline huía de Francia después de la guerra, hasta que fue detenido por colaboracionista y por exacerbado panfletario antisemita en Dinamarca, aunque regresara a Francia en el 51 donde siguió escribiendo para Gallimard. Muchos no leyeron a Céline por su ideología, lo que es una lástima además de una soberana estupidez. Viaje al fin de la noche es un libro obligatorio para todo aquel al que le duela, aunque sea un poquito, estar vivo.
Que Robinson y Bardamu terminen trabajando en un manicomio para mí que le sirvió a Cortázar para terminar su Rayuela, igual que la Nadja de Bréton le sirvió para empezarla. Pero ésa es otra historia.

Viaje al fin de la noche en francés
Viaje al fin de la noche en español
Publicado en Libros, Literatura francesa | Etiquetado , , , , , , | 10 comentarios

La mancha humana. Philip Roth

La mancha humana_Philip Roth

Una cita: I suppose I could be that ruthless with you. But where do you think I’m going to find the strength to be that ruthless with myself?

Acabo de terminar de leer La mancha humana. Tragedia griega en Nueva Inglaterra o Expiación, lo subtitulo, no sólo porque empiece con esa cita de Sófocles de Edipo Rey, sino porque es así. Hay de todo lo que hay en la tragedia: la muchacha que pasa de mano en mano y provoca la guerra y es sólo cuerpo y a través del deseo convoca la rabia de fondo por estar solos de los hombres, la madre que se mesa los cabellos, el destierro como castigo, dos hijos sacrificados, la guerra lejana y cruel y los argonautas regresados, el hermano recto y regente, la hermana mediadora entre ellos y enterradora de los restos, el héroe denostado por los dioses, hijas enfurecidas, vidas secretas pasadas, la diosa despechada y vengativa, dos sátiros danzantes. Etcétera. Lo mejor de todo es que donde pasan las desgracias en este libro es en un lugar llamado Athena, o sea, Atenas. Y la expiación la debe pagar el héroe por su ciega determinación de querer robarse un destino que no le corresponde, por empeñarse en renegar de su sangre y de su raza, por ser tan osado en el mentir. (Uso este lenguaje de telenovela porque a qué hablar de Hécubas y Creontes cuando otros lo hicieron antes mejor que yo).
Phillip Roth es uno de esos novelistas que piensa que la verdad se parece mucho a la carne cruda. Por suerte su literatura se presenta siempre en forma de steak tartare y no como masa informe con mucho pitraco o peor, como esa carne picada falsa como hecha de plástico y proteína de soja que te venden envuelta en celofán en el supermercado. Por suerte Roth es un escritor como dios manda. Una vez dije que él consigue frases que son extrañamente áridas y cálidas al mismo tiempo, y así son también sus novelas y su manera de entender la verdad. Roth sabe transmitir dolorosas soledades, seguramente porque las ha sentido, y también y quizá sobre todo sabe cómo divertirse escribiendo. Hay una tecla en algún lado que lo llena todo de absurdo aunque esa tecla no sonará por casualidad: Roth no es plato degustable por paladares simples; es una perversión, y como tal, un gusto adquirido.
Hay unas cuantas páginas de La mancha humana para mí prescindibles y debiluchas, no diré cuáles, sólo diré que mientras las leía desenchufé mi capacidad de entendimiento y recreé y recreé la imagen incalificable de Nathan Zuckerman y Coleman Silk bailando Bewitched cantado por Sinatra.

Por fuera del libro:
Dice Roth (y es un milagro que le cuente algo a ese entrevistador inútil pato) que a los lectores hay que dejarlos solos con los libros, y que si alguien se atreviera a decir algo sobre esos libros, habría que pegarle un tiro o encarcelarlo. Dice Philip Roth que habría que dejar a la gente pelearse con los libros por sí solos y redescubrir lo que son y lo que no son. También dice: Cuando escribo estoy solo, lleno de miedo y soledad y ansiedad. Pues eso.

La mancha humana en inglés

La mancha humana en español

Una referencia bonita

Publicado en Libros, Literatura norteamericana | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El hombre que pudo reinar. Rudyard Kipling

Cita: Sometimes I wore dress-clothes and consorted with Princes and Politicals, drinking from crystal and eating from silver. Sometimes I lay out upon the ground and devoured what I could get, from a plate made of a flapjack, and drank the running water, and slept under the same rug as my servant.

Crowned Kings we was! And you’ve been setting here ever since.

¿Qué debería ser la vida? Un frenesí. Pues así es todo en este librito. ¿Por qué tendríais que leer El hombre que pudo reinar? Además de porque yo lo digo y porque el lenguaje de Kipling está fabricado con oro batido y turquesas sin pulir como la corona de Sikander y porque es una de las aventuras más atrevidas que se hayan imaginado para personaje de novela alguno, ¿qué parte de la historia de dos británicos disfrazados de sacerdotes mahometanos harapientos y locos primero y de salvajes tapados con pieles de oveja después que se cruzan las montañas nevadas afganas para llegar a un territorio en el que no ha entrado occidental alguno en 2000 años para ser reyes con unos cuantos fusiles Martini y el símbolo masón no os convence? Locos que llegan a ser reyes y terminan siendo mendigos suena muy Shakespeare, pero lo mejor de Kipling es que te mete con cuchara las grandes verdades sin que te dés cuenta ni te moleste el sabor de la papilla.
Los ingleses tienen una palabra preciosísima, novella, para referirse a lo que ocupa más que un cuento largo y menos que una novela corta, nosotros no; El hombre que pudo reinar es una novella de ésas, no llega a las 40 páginas. Agarrad y leed. O al menos leed la primera frase: Hermano de un príncipe y amigo de un mendigo si demostrara ser digno. Quizá no os gusten las aventuras, quizá os repugne el atrevimiento y las historias que comienzan en un tren y terminan con ritos iniciáticos. No empecéis a leer entonces, compraros un Paul Auster.
El hombre que pudo reinar es aparentemente una historia festiva de dos canallas (la antítesis de Bouvard y Pecuchet; Lawrence de Arabia —otro inglés asimilado a la colonia— y Sherif Ali trasplantados a lo que fuera Persia, al territorio donde Alejandro empezó a declinar como jefe; Daniel Dravot que reina y Peachy Tagliaferro Carnehan que debió reinar) contada por un ex-canalla, otra historia sobre gente que vive al margen y allí brilla (me he dado cuenta de que sólo me gustan los libros que cuentan historias así, qué le vamos a hacer). Pero. Pero como siempre con Kipling hay muchas cosas escondidas y la vida además de frenesí es un misterio. Conforme pasan las páginas se te estruja el alma y se te queda chiquita y empuñable y quieres abrazar a Peachy y pegarle a Carnehan y viajar a Afganistán. Luego te preguntas si no será todo una inmensa alegoría, páginas y páginas cargadas de mensajes secretos para los que sepan entender. Como épica ya vale, igual que Kim, pero si podéis trazar alquimias a la tercera lectura, mejor.
La primera cita que elegí quizá sea un poco larga, pero es una de las que más me gustan del libro y se refiere a algo que también es de lo que más me gusta del libro: nadie que no hubiera sido el que cuenta podría haber contado lo que cuenta como lo cuenta, nadie que no hubiera sabido mirar habría tenido esos mismos ojos para ver lo que ven (si hay algo que le sobra a Kipling, son ojos). Cuando Kipling se encuentra a Carnehan y Dravot la primera vez es un vagabundo como ellos aunque no sea como ellos. Me refiero a que conoce the politics of Loaferdom that sees things from the underside where the lath and plaster is not smoothed off, sabe, anduvo en los vagones de tercera de los trenes y durmió sobre una estera en el suelo pero no es un pirata como los otros dos. La segunda vez que los ve es editor de un periódico en vez de desastrado corresponsal ambulante (por cierto, Kipling hace una de las descripciones más tranquilamente cínicas del periodismo de siempre jamás) y permite con divertimento y una leve preocupación que esos dos desastres humanos consulten sus mapas. A la tercera todos somos hermanos.
Leed el libro. O al menos ved la película aunque sea bastante diferente (John Houston y yo tenemos los mismos gustos literarios, se empeña en hacer película muchas de mis novelas favoritas). Y si os dan más ganas de Kipling, leed más libros suyos. Os aseguro que son mejores que la tele.

Por fuera del libro:
Rudyard Kipling publicó este cuento en 1888. Ese mismo año George Scott Robertson fue destinado al norte de Afganistán, donde conoció algunos kafirs y por eso en octubre de 1889 se internó en sus tierras, intrigadísimo, (por supuesto con el permiso firmado y sellado por el glorioso gobierno británico). Allí vivió más de un año a la intemperie racial y tomó notas que luego contó en un libro muy curioso y muy bonito que se publicó en 1896, el mismo año que el emir de Afganistán invadió Kafiristán, que significa tierra de infieles, le puso Nuristán, que significa tierra de luz, y para ser consecuente con el cambio de nombre obligó a todos los kafirs a convertirse al Islam y quemó sus famosos ídolos tallados, menos unos poquitos que se pueden ver en el Museo de Kabul y en el Musée de l’Homme en París. Os recomiendo leer el libro de Scott Robertson, está escrito como sólo los exploradores ingleses que recorrían e investigaban territorios con esa mezcla de seriedad científica y exacerbado amor por sus monarcas podían escribir, a no ser que no seáis capaces de leer con ecuanimidad y sin escándalo literatura colonialista. Y si vais a Pakistán, podéis ver a los últimos kafirs que ahora se llaman kalash que quedan, tan blancos y tan rubios como en el libro de Kipling.

El hombre que pudo reinar en español

El hombre que pudo reinar en inglés

Un enlace bonito

Publicado en Libros, Literatura india, Literatura inglesa | Etiquetado , , , , | 2 comentarios

Los ríos profundos. José María Arguedas

Los rios profundos. Jose Maria Arguedas

Cita: ¿Quién puede ser capaz de señalar  los límites que median entre lo heroico y el hielo de la gran tristeza? Con una música de éstas puede el hombre llorar hasta consumirse, hasta desaparecer, pero podría igualmente luchar contra una legión de cóndores y de leones o contra los monstruos que se dice habitan en el fondo de los lagos de altura y en las faldas llenas de sombra de las montañas.

Si no habéis leído a José María Arguedas no quiero merendar con vosotros. Los ríos profundos está escrito en uno de los españoles más bonitos que he leído en años. El primer capítulo es una cosa tan bellísima como el sonido de la campana María Angola cuando todavía pensaban que era de oro. Me dan ganas de aprender quechua para saber hasta dónde el español de Arguedas le debe su hermosura a la arquitectura y al revoque a su idioma primero, a la intensidad de su ternura doliente como él la llamaba, ese idioma que se habla donde las montañas son los dioses, donde el canto de los zumbayllus (me gusta que los llamen trompos, como aquí en mi tierra) al girar y bailar sobre el suelo transporta mensajes a distancias de leguas, donde los corazones como de criatura de los colonos sufren todo el tiempo y lloran como si fuera el Pachachaca corriente, donde los ríos eligen de parte de quién están y desafían a quien los cruza, donde los monstruos nacen heridos por los rayos de la luna, donde señoras gordas de ojos azules vestidas de rosado aparecen bajo los álamos y nos dejan dormir en su regazo para consolarnos.
Los ríos profundos está lleno de canciones, de huaynos y jarahuis. En todos los ratos del libro alguien entona una canción y de ahí nacen y se extraen todas las riquezas y todas las tristuras. Una vez, después de cinco semanas acumulando soledad depositada en un país de idioma extranjero, después de todos aquellos días que pasé sepultada en fonéticas extrañas, lo primero que escuché en español fue un vals limeño que tocaban en la plaza de la catedral dos peruanos que ni siquiera eran limeños (lo sé porque me hice amiga, ahí están sus palabras y sus firmas en un Boris Vian que llevaba yo en el bolso). Por eso cuando Ernesto recuerda los huaynos de todos los 200 pueblos por los que ha ido pasando con su padre itinerante, cuando se acuerda de las letras en quechua de su infancia o de las regiones frías y tristes donde muelen metal o de las tierras tibias donde crece la caña le vienen al rescate, reconozco ese saliente en la roca lingüística, ese refugio musical en el escarpado de la extrañeza. Escucha al picaflor esmeralda que te sigue: te ha de hablar de mí; no seas cruel, escúchale. Así yo me agarré al valsecito que me recordaba a mi infancia. Y qué decir del carnaval que cantan las cholas que van a reclamar la sal robada por las calles es más estremecedor que la Marsellesa que organiza Victor Laszlo en Casablanca.
El internado del jovencito Törless al lado del internado de Abancay donde a Ernesto lo deja su padre es una sala de neonatos llorones. No os contaré de sus maldades porque las podéis leer, sólo diré que Ernesto consigue hacernos distinguir perfectamente quiénes son los buenos y quiénes son los malos sin señalar con el dedito.
Hay una edición de bolsillo de Los ríos profundos, el número 835 de Alianza, que podéis encontrar baratísima antes de que alguna editorial chic lo reedite y empiecen a venderla a precio sushi.

Por fuera del libro:
José María Arguedas se suicidó pegándose un tiro en los cuartos de baño de su facultad. No entró en el boom porque se tiró de los pelos con Cortázar. Se fue quedando fuera igual que se quedó fuera de todas las cosas desde que nació (su madrastra, quien no lo quería, lo hizo vivir y crecer en la cocina con los criados) por suerte para nosotros y para desgracia suya. Deberíais leer El zorro de arriba y el zorro de abajo antes de que yo os lo destripe aquí y, si podéis, sus cuentos.

Los ríos profundos en pdf

Una referencia bonita

Publicado en Libros, Literatura peruana | Etiquetado , , , , , | 8 comentarios

Solaris. Stanisław Lem

Stanislaw_Lem_Solaris

Citas:  ¿Cómo quieren comunicarse con el océano cuando ni siquiera llegan a entenderse entre ustedes?

Estaba decidido a terminar con las conjeturas y a conocer la verdad, aunque como ya imaginaba, la verdad fuera incomprensible.

Pretendes observar un comportamiento humano en una situación inhumana.

Si la realidad te hace daño, no tengo la culpa.

En un lejano planeta cuya órbita está regida por dos soles, una estación espacial flota sobre un extraño océano viviente, una entidad gigantesca, cambiante y enigmática. Los profesores Gibarian, Sartorius y Snaut intentan desentrañar el misterio de ese mar plasmático que durante cien años ha traído dividida y exultante a la comunidad científica. El único habitante de Solaris no se pliega a nuestras leyes ni se comunica siguiendo las máximas conversacionales de H. P. Grice, él prefiere leer mentes y solidificar recuerdos en carne viva y mandarlos como compaña nocturna. Stanisław Lem es uno de esos escritores capaces de meterte de cabeza en sus mundos inventados a la media página. Todo lo que él quiera imaginarse se materializa sólido, compacto ante tus ojos; sin necesidad de mucho artificio ni lustre, con el aplomo de quien describe algo que verdaderamente existe, ayudándose de anclas fascinantes que empobrecen nuestra esperanza de un futuro-ficción de plexiglás brillante, como las latas de concentrado de carne, las sopas de sobre o las camas plegables. Abrir Solaris es descorrer una cortina y penetrar en otra realidad en la que hay que arreglárselas con el bagaje que traemos de nuestra realidad de siempre, igual que Kris Kelbin, el protagonista. Solaris es el recorrido fascinante y aterrador de una mente inteligente en estado de sitio, rodeada por lo desconocido, intentando abrirse un camino a través del que poder comprender algo para lo que no le alcanza con sus parámetros de mesa camilla. La angustia de Kelbin es horrible: mascamos su proceso, lo vemos sufrir, con él intentamos desentrañar el misterio, comprender, a él queremos curarle las quemaduras y el insomnio; como él, le tenemos miedo a Harey, su mujer regresada. Nos inquieta la mano del profesor Staut metida en el armario, sujetando la mano de alguien que no sabemos quién es (nos gustaría saber quién y qué perrerías le hace pasar porque Staut es nuestro favorito y estamos seguros de que es el favorito de todo el que lea Solaris). Nos aterra que Sartorius haya podido elegir una vía sanguinaria. Nos apena haber perdido a Gibarian, nuestro profesor y mentor. Nos reconforta tener cerca esa inexplicable biblioteca borgiana en la que se acumulan todos los volúmenes de solarística. Las explicaciones sobre la historia de Solaris y los solaristas, las bibliografías inventadas y las teorías detalladas y argumentadas, las distintas escuelas y desencuentros, su giro último hacia Dios, también tienen ese qué se yo de Borges. El drama pasado de Kelbin y su drama moderno son un bolero triste y extraño que resuena por toda la estación espacial: de la inquietud primera de ver el vestido blanco de la Harey falsa pero verdadera colgado en la silla a lo reconfortante de ver vestidos blancos sucesivos colgados de la silla. Harey es un poco como la princesa transparente de Ico, no se la puede dejar suelta. El proceso de ahogarse en lo desconocido de Kelbin se convierte en un ahogarse entre los hombres, los misterios científicos más insondables se ven empañados por un amor de narciso. De tenerle miedo a lo que no puede reducir a una fórmula o a un experimento científico pasa a tenerle miedo a lo que ya sabe de sobre. Por suerte, Kelbin no está solo en vano: Staut le vuelve a la ”cordura” de abrazar el ansia de saber, abrazar al dios de la ciencia, curioso que sea después de un sacrificio ritual. La extrañeza de Kelbin encuentra su tope porque cuestionarse es siempre insoportable y así termina arellanándose en la teología y después, en lo reconfortante de ejecutar los miles de pequeños gestos que componen la vida, hasta el día en que esos gestos se convierten en hábitos. 

Por fuera del libro:
Solaris se publicó en 1961. Su autor tenía 40 años. Es el libro más famoso de Stanisław Lem por culpa de Tarkovsky. Lem es otro de esos médicos que terminan siendo escritores, otro de esos polacos que termina en el exilio (en Viena, donde permaneció cinco años en los 80). De origen judío, durante la Segunda Guerra Mundial su familia consiguió (gracias a su estupendo nivel económico) falsificar papeles y librarse de los campos de concentración. Cuando Polonia fue soviética se volvieron pobres. Lem empezó a vender historias mientras estudiaba medicina. Y así.

Solaris en polaco

Solaris en español

Un cachito de Solaris:

Nos internamos en el cosmos preparados para todo, es decir para la soledad, la lucha, la fatiga y la muerte. Evitamos decirlo, por pudor, pero en algunos momentos pensamos muy bien de nosotros mismos. Y sin embargo, bien mirado, nuestro fervor es puro camelo. No queremos conquistar el cosmos, sólo queremos extender la Tierra hasta los lindes del cosmos. Para nosotros, tal planeta es árido como el Sahara, tal otro glacial como el Polo Norte, un tercero lujurioso como la Amazonia. Somos humanitarios y caballerosos, no queremos someter a otras razas, queremos simplemente transmitirles nuestros valores y apoderarnos en cambio de un patrimonio ajeno. Nos consideramos los caballeros del Santo Contacto. Es otra mentira. No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos son espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es.

Publicado en Libros, Literatura polaca | Etiquetado , , , | 4 comentarios