Miguelín. João Guimarães Rosa

manolon y miguelin_joao guimaraes rosaCitas: Los pajaritos son así, a propósito, bonitos no siendo de uno. 

Siempre estoy pensando que detrás del cerro pasan otras cosas que él me está tapando y que nunca voy a poder ver.

A veces yo querría ver el mar, sólo para no tener una tristeza.

Sólo podía apreciar a los otros, a los extraños; de los parientes, necesitaba tener asco de todos.

A lo mejor, a lo mejor, es preferible quedarse solo: solo lejos de ellos parecía estar más cerca de todos de una vez, pensando en ellos, recordando todo.

Una medicina es lo que necesita, los mimos no curan a nadie.

Leer a Guimarães Rosa es como entrar en el entorno del sueño o de la fábula ensoñecida (y ya estoy hablando como él) o escuchar durante horas hablar a un oráculo embriagado. A veces no se entiende mucho y hay que aceptarlo así y dejarse llevar por la corriente de las pasantes-cosas. La primera vez que leí un Guimarães Rosa sin enterarme de casi nada pensé que era por mi amplia ignorancia de los brasileños dialectales que manejaba el señor escribidor. Pero luego el señor Monquelat, dueño de la librería de segunda mano del mismo nombre, tuvo a bien decirme que él tampoco entendía a Guimarães Rosa, siendo él mismo perfectamente brasileño, así que seguí leyendo feliz de hundirme en su masa poética misteriosa, pero ésa es otra historia. Esta vez he leído Manuelzão e Miguilim en una traducción de 1981 de Pilar Gómez Bedate, quien hizo de google translator (en el sentido de traducir sinsentido) en tiempos en los que aún no existía el google translator, añadiéndole más irrealidad al ya de por sí brumoso Guimarães Rosa, lo que convierte la lectura de Miguelín y Manolón en una locura ‘por demás’ deliciosamente perturbadora (‘por demás’ como dice la señora Gómez Debate con tanta generosidad tantas veces, ignorando que por demás significa en vano en español y de sobra en portugués).
Dijo Hemingway que para ser escritor basta con una infancia desdichada. Guimarães Rosa justifica en este librito el derecho de Miguelín a ser un buen escritor. En Campo General, que es el título verdadero de Miguelín, un niño que inventa cuentos para su hermano predilecto, Dito, se cría en el campo con sus tristezas y felicidades animales, sus numerosos hermanos, un padre violento (padre es un yagunzo de mala raza), una madre hermosa y desdichada enamorada de su cuñado, el tío Terêz (amigo de todo guerrear y de no subyugar las armas del niño), hermano Abel del padre Caín y enamorado de la madre, una tía abuela maledicente y rezadora vestida de negro, pájaros salvajes de nombres preciosos que parecen inventados, una cocinera negra y hechicera, toros y vacas, rezos, tormentas terribles que anuncian acontecimientos, nostalgias de no se sabe qué ni dónde. El final tan simbólico del extranjero que le regala unas gafas para que así Miguelín, terrible miope ignorado, pueda ver bien su entorno antes de abandonarlo, es de mucho lloro. No sean insensibles, lean el libro y lloren al final y también en el enmedio. Son 150 páginas de nada. Prometo escanear esa traducción horrible por si alguien la quiere.

Por fuera del libro:
João Guimarães Rosa es uno de los mejores autores brasileños, a mi entender, porque es creador de todo un lenguaje espectacular por su belleza, misterioso por su complejidad, conjurador por todo lo que es capaz de hacerte bailotear en la mente, sólo como un juego pero no como un juego. Erudito y acaparador del habla popular a partes iguales, Guimarães Rosa consigue con su sintaxis-porque-me-da-la-gana, sus neologismos preciosura, su dolor, articular un universo precioso del que quieres intentar adueñarte al menos de algún cachito, con pena de perderte muchas cosas.
Guimarães Rosa, que primero fue médico en el sertón de Minas Gerais, fue luego vicecónsul en Hamburgo en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial, donde firmó más visados de los que tenía permitidos para que muchos judíos pudieran huir a Brasil. Su segunda esposa, Arecy de Carvalho, es la única mujer que ha recibido la Medalla de los Justos de Israel.

Miguelín en portugués

Miguelín en español

Cachito del libro: Un gato no tenía nombre, un gato era lo que casi nadie apreciaba. Pero él mismo se hacía valer, con los ojos encima del duro bigote, dueño-señor de sí. Dormía lo hueco del tiempo. Le parecía que como vale la vida es durmiendo.

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