Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Memorias de Adriano_Marguerite Yourcenar

Una cita: J’ai tenu ce cœur entre mes mains.

No hay autor más invisible en el mundo que Yourcenar en Memorias de Adriano. No hay personaje al que se le haya dejado ser más su propia voz que a Adriano en este libro. Sabiduría triste líquida, se podría llamar también este relato de toda una vida que le hace Adriano a Marco Aurelio (ese emperador también andaluz y también filósofo de quien deberían leer ipso facto las Meditaciones si es que no las tienen perennes en su mesita de noche). Nos parece al leer que Adriano no pudo ser otro más que ese hombre sosegada pero brillantemente inteligente, ese hombre que le rinde tributo a su vida contándola así, arrogándose sus méritos y reconociendo sus faltas, ese hombre que deja traslucir su amor por la belleza de la sencillez, su admiración por lo helénico, por lo lejano, por lo diferente, por lo antiguo, su “sobriedad voluptuosa”, su conocimiento envidiable mezclado con repulsa por la naturaleza humana y el respeto asombrado y profundo por todo lo que ocurre a su alrededor. Muchas veces al agarrar un objeto bonito imaginé cómo lo agarraría Adriano, sus manos sosteniendo con admiración desde una ciruela madura a un camafeo con la efigie de Antinoo. Adriano, ese hombre todopoderoso que arrasó Jerusalén para reconstruirla luego, ese emperador todopoderoso que doblado de dolor por el duelo encumbró a la gloria y a la posteridad de las representaciones múltiples el perfil de un muchacho griego por la única razón de haber sido amado y haber seguido siendo amado hasta el último límite humano.
Caer en las Memorias de Adriano es como meterse en un mar privado, calmo pero denso, honesto e hipnótico: no hay nada mejor que escuchar hablar sobre su vida a un hombre inteligente que haya vivido y haya alcanzado ciertos logros. La primera vez que  leí este libro tenía 20 años, traducido por Cortázar, quien se porta casi tan invisiblemente como traductor como la Yourcenar de novelista. La última vez que lo había leído fue hace tres años, en una convalecencia dolorosa; lo paladeé como esos platos complicados de Lúculo de los que Adriano abominaba. Lo estoy volviendo a leer para escribir esto y su sobriedad se me clava como alfileritos. Hay que ser estoico y epicúreo al mismo tiempo y nada tibio, de la misma manera contradictoria que Adriano: medirse los progresos y los deterioros y los cambios de ánimo frente a un libro que se ama no es un mal ejercicio. Medirse la virtud frente a la inteligencia de Adriano debería ser para los pusilánimes una tragedia, para los valientes un acicate. Todavía no he decidido de qué lado estoy, esta vez. Seguramente, del lado de Plotina.

Por fuera del libro:
Marguerite Yourcenar empezó a escribir Memorias de Adriano con 19 años. Se publicó cuando tenía 47 años. Ella escribió: Este libro es la condensación de una enorme tarea hecha sólo para mí. El trabajo ingente de investigación y escritura que realizó está más allá de los datos históricos. Pienso en lo desgastante de meterse tan profundamente en la piel de otro como ella hizo durante tantos años, y puede que por eso sea tan asombrosamente profunda la encarnación, tan potente en lo oscuro como Antinoo en su ritual de sacrificio.

Memorias de Adriano en francés

Memorias de Adriano en español

Una referencia bonita

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5 respuestas a Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

  1. Siempre me he considerado un helenista aficionado y en esto me identifico con Adriano. Me declaro culpable: jamás había leído sobre él, pero tu reseña —estupenda, hay que decirlo— me motivó a buscarlo.

    Bueno, eso y su relación con Antinoo. Siempre idealizo esas relaciones entre dos hombres en una sociedad en la que nadie era maricón o hetero.

    Ains, ya no sé que digo. Gracias.

  2. loulouleelee dijo:

    Léelo ya. Yo sólo te pongo un ejemplo:
    “En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aún para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.˝

  3. Adriana dijo:

    ¡Lo leo ya!

  4. Libro rico y exigente a la vez por la lectura reposada que demanda. Con una recreación magistral de época, personajes, reflexiones y, sobre todo, sentimientos en voz alta. No obstante aprecio una cierta frialdad y distanciamiento conscientemente buscados, eso sí, por Marguerite: muy marca de la casa.
    Por ello uno tiene cierta sensación de que la prosa es el resultado de un proceso de escritura muy pulido, acrisolado, como “rumiado” en exceso que, a veces, le da cierta espesura inmóvil, un demasiado sólido perfeccionismo formal, casi cartesiano y muy francés, claro está.
    Ahora bien, y a pesar de lo dicho, estas “memorias” me siguen embrujando (y ya van tres veces) y nutriendo la contradicción y ambivalencia de las señas de identidad estructurales de la vida misma y… ¡cómo no de esta estupenda obra!.
    También recomiendo toda su obra, en especial, su trilogía familiar una auténtica “opus, no nigrum, sino magnus” en el ámbito memorialístico: “Recordatorios”; “Archivos del Norte” y “¿Qué?, la eternidad”, publicadas las tres en Alfaguara en magistral traducción, como siempre, de la gran Emma Calatayud.
    Y para los enamorados de Marguerite como el que teclea, su sensacional biografía escrita por Josyane Savignau, en Alfaguara así mismo.
    Saludos cordiales, Loulou: ¿Qué tal por los Madriles “ramonianos”?

    • loulouleelee dijo:

      El distanciamiento para mí no es de la Yourcenar sino del viejito extremadamente inteligente que cuenta su vida. Por lo demás me parece que Adriano conserva su calidez y su voluptuosidad para los recuerdos que le da la gana y su extraña concepción del estoicismo para lo que no le es tan grato recordar.

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