Lo bello y lo triste. Yasunari Kawabata

Lo bello y lo triste. Yasunari Kawabata

Citas: La belleza de aquella historia había sido acentuada hasta el punto de escapar a cualquier cuestionamiento moral.

¿Pero es necesario que una novela sea tan bonita?

—No me asusta la infelicidad.
—Dices eso porque eres joven y bonita.

Ojalá yo también fuera una piedra.

Empecé a leer este librito perturbador y retorcido sentada al sol de febrero de Sierra Nevada en febrero de 1998 y no pude terminarlo; no sólo se me hacían insoportable la crueldad despiadada de Keiko (la de belleza aterradora, la seductora implacable y ciega), la falta de corazón de Oki Toshio y el amor incomprensible de Otoko, también las maneras de Kawabata en esa época me impacientaban y no entendía esas costumbres japonesas de ir a visitar jardines de piedra o esperar a la primera floración del ciruelo del jardín. Me lo he vuelto a encontrar en el estante de la casa de mis padres en su tamaño perfecto para llevar (la edición de Ultramar mide escasos 20 cm y es blandita en sus 176 páginas), y como empieza un 29 de diciembre, me lo he leído tomándome un café en una terraza frente al mar. Cuento esto porque Lo bello y lo triste trata del paso del tiempo sobre el dolor y de cómo se embellecen los recuerdos más tristes, y porque para los personajes del libro son muy importante las vistas que se ven desde donde se toman las cosas, ya sea un té o unos pescaditos crudos. ¿Me ha gustado esta vez? No lo creo, pero me ha servido para constatar que los dolores viejos se van disecando como esos pétalos de las rosas que te regalaron y que quisiste conservar secos dentro de algún libro. También para volver a saber que ahora soy mucho más insensible que hace 15 años.
La historia que cuenta Lo bello y lo triste se puede tomar como una tragedia griega, una tragedia de un Shakespeare temprano o una telenovela venezolana. Nunca cuento mucho los argumentos pero como éste es de coco y huevo, ahí va: un señor de 30 años, Oki Toshio, casado y con un hijo, viola a una joven de 16 años, Otoko. Después del acto violentador ella le anuda a él amorosamente la corbata; viven una historia de pasión arrebatada hasta que ella queda embarazada. El bebé muere y Otoko intenta suicidarse porque el señor, como hacen todos los seductores profesionales, no abandona a su familia y de hecho deja embarazada también a su señora esposa. 20 años después él es un escritor de éxito en Tokio gracias a que contó la historia en una novela titulada Una chica de dieciséis; ella se ha hecho famosa como pintora y vive en Kioto, con una discípula, Keiko, a la que corrompió siendo adolescente usando las mismas técnicas brutal-acariciadoras que Oki usó con ella. Con estas premisas sangrientas empieza Lo bello y lo triste y como es natural termina como el rosario de la aurora, pero ya no cuento más para que lo leáis.
Cosas que, a pesar de que el libro no me gusta, me gustan: las campanadas de año nuevo de los templos de Kioto (el sonido que sólo puede producir una magnífica campana antigua, un sonido que parece atronar los aires con toda la fuerza latente de un mundo lejano), también porque me recuerdan a la campana de Arguedas; las bolitas de arroz de forma perfecta que Otoko le prepara a Toshio para su viaje de regreso (Al masticar aquellos bocadillos de arroz sintió el perdón de la mujer en su lengua y en sus dientes. No, no era perdón, era amor) que recuerdo me hicieron rabiar de incomprensión hace 15 años, pero ahora que yo también preparé una comida de perdón para lo imperdonable puedo entender; los campos de té de Shizuoka que Otoko adolescente ve desde la ventanilla del tren que le oprimen con la tristeza de la separación y que pintará luego de mayor; la historia de la tumba de la princesa enterrada con una foto de su amado que comparten Oki, su mujer y su hijo a la hora del desayuno; la descripción de los dibujos pintados en los kimonos y sus significados; esta traducción que me regaló en traductor de Google: escuché al intentar invocar el nombre del sonido infantil, gran árbol se marchita. El mal de amores es irreversible.

Por fuera del libro:
Yasunari Kawabata es otro de esos escritores suicidas. Parece que ser novelista es más arriesgado que ser escalador. Lo bello y lo triste fue el último libro que publicó, en 1968, el mismo año que recibió el Nobel, cuatro años antes de dejarse el gas abierto antes de darse en un baño caliente. Kawabata fue mentor y gran amigo de Mishima, miembro de honor del club de los suicidas (parece que su espectro se le apareció en sueños a Kawabata 200 noches seguidas). Yasunari Kawabata tuvo una infancia muy triste: sus padres murieron cuando tenía 4 años, a su hermana la conoció a los diez, poco antes de que ella también muriera, y los abuelos que quedaron a su cargo también murieron; a los catorce años estaba solo en el mundo y en cierta manera así se quedó para siempre. Todos los libros suyos que leí son apesadumbrados, dolientes, lleno de personas medio desaprensivas y crueles, miniaturas japonesas doloridas muy bien pintadas de cuya contemplación sales agotado.

Lo bello y lo triste en japonés

Lo bello y lo triste en español

Lo bello y lo triste en película

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3 respuestas a Lo bello y lo triste. Yasunari Kawabata

  1. Las novelas de Kawabata son maravillosas, da gusto adentrarse en su lenguaje, en su óptica (tan japonesa y tan propia). Como artefactos literarios lo tienen todo pero el mundo que pintan es espeluznante. Y como lo estás viendo y viviendo, como te lo pone al alcance de la mano, no puedes evitar salir asqueado.

    • Loulou Lee dijo:

      Los mundos de Mishima son aún más espeluznantes, sobre todo porque su manera de escribir es mucho menos exquisita.

  2. Pingback: Los espíritus entre las rocas | arquiscopio.com - pensamiento

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