Las tribulaciones del estudiante Törless. Robert Musil

Las tribulaciones del estudiante Törless_Robert Musil

Citas: En la soledad todo está permitido.
¿Hay una ley general según la cual en nosotros existe algo más fuerte, más grande, más hermoso, más apasionado, más oscuro que nosotros mismos?

Cuanto mayor es el aparato crítico que rodea a una novela, mayor suele ser su insoportabilidad. Robert Musil, esa vaca sagrada que entra como elefante puesto de costado en el panteón de los intocables con Las tribulaciones del estudiante Törless (también traducido como Los extravíos del colegial Törless, aunque debiera llamarse Las truculencias del adolescente trastornado Törless), no era ningún bobo y encabezó el libro con la cita de Maeterlinck en la que se excusa directamente por no poder expresar las cosas inefables y misteriosas que quisiera como quisiera. Si me notáis un poco de animadversión, a mí que durante años suspiré por ser tan intelectualmente fatua como el Ulrich de El hombre sin atributos, no es hacia Robert Musil que al fin y al cabo lo que hizo fue escupir su adolescencia para poder dedicarse a otra cosa mariposa (y sin Las tribulaciones del estudiante Törless a lo mejor Hans Castorp nunca le habría pedido a Pribislav Hippe un lápiz en La montaña mágica)sino hacia todos esos señores de corbata que analizan las partes perversas hasta el hartazgo y hasta explicar el Tercer Reich.
Lo que yo rescataría de Törless y lo que único que me gusta del libro (en esa especie de hilvanado secreto difícil de encontrar que también me recuerda a lo que me parece más delicioso de Thomas Mann, los motivos sutiles repetidos) es su descubrimiento de que lo que separa a la madre de la prostituta no es un abismo sino sólo el ocultamiento, el secreto escondido detrás de las claras salas de la casa paterna. Törless sabe, después de que la voz ronca y el olor a establo de muchacha campesina de Bozena le abran la puerta de la luz, que a través del gesto de la madre (ese ser inviolable y sereno) de reírse apoyada levemente contra el brazo del marido en las noches de verano, que ella también disfruta de misteriosos goces secretos y nocturnos. El aroma perfumado que exhala el corpiño de la madre con el que termina Las tribulaciones del estudiante Törless me parece lo más importante del libro. No en vano el olor de Bozena y el olor del seno la madre son los dos únicos olores del libro, junto con el olor dulzón del agua pudriéndose y a polvo viejo del desván donde Törless, Beineberg y Reiting se reúnen para llevar su vida de bandidos, ese espacio maloliente y oscuro decorado como teatro en el que juegan a ser misteriosos y audaces contra lo abierto de la estación adonde acompañan a los padres que vienen de visita o el parque donde Törless se tumba a ver pasar las nubes y pensar en el concepto de infinito. Törless, uno de esos jóvenes hors ligne capaces del éxtasis y del tormento por una frase o un concepto matemático, se encharca en la fangosidad de la crueldad como vía de aprendizaje y no como goce, para intentar desentrañar la diferencia entre lo oculto y dulce, lo que se vive en soledad, y la respetable dignidad y las maneras perfectas de aquella sociedad que nunca olvidaba las formas. Le habría salido más barato en gramos de alma aprenderlo de otra manera, pero chacun sa voie.

Por fuera del libro:
Robert Musil publicó Las tribulaciones del estudiante Törless en 1906, el mismo año en que Ferdinand de Saussure empezó a dictar sus cursos de lingüística general. No es un dato baladí, puesto que para mí ahí empieza la modernidad y la gloria y el derrumbe de Occidente. Poblaban Viena muchos señores de los que no vamos a hablar aquí pero entre los que ciertamente me hubiera gustado haber acampado una temporada. Si decidís embarcaros en El hombre sin atributos, buena suerte. Seguramente nunca lo comentaré aquí.

Las tribulaciones del estudiante Törless en alemán

Las tribulaciones del estudiante Törless en español

Una referencia bonita

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