La insolación. Carmen Laforet

La insolacion_Carmen LaforetCitas: Bien, Frufrú, bien. Debí recordar que los chóferes han sido la clase de hombres que más has admirado en tu vida.

Por eso me quedo, porque puedo irme…

No nos gusta la guerra y al que le guste la guerra lo matamos.

Te he enseñado a bailar. Te he enseñado todo lo que vale la pena de saber en este mundo.

El deseo radical de otra vida, decía la chaquetilla de una versión francesa de Nada, primera novela de Carmen Laforet. Y La insolación es lo mismo: un adolescente incrustado en la mediocridad y las restricciones de una familia nefasta, se queda deslumbrado por el sol de los Corsi, dos hermanos insólitos en la España de 1940, 1941 y 1942 en la que transcurre el libro. La insolación que supone en la vida de Martín la aparición de esos dos chiquillos libres que no se parecen a nadie, ese arrebato fuera del mundo conocido y cercano que había notado por primera vez cuando aparecieron los dos Corsi sobre el muro del jardín, aquel esplendor interno en el que Martín no pensaba, sino que llamaba simplemente “el verano”, tarda tres años en diluirse. Martín, que se ha criado con sus exquisitos abuelos paternos y que quiere ser pintor, tiene que empezar a pasar los veranos con su padre, teniente del ejército franquista, macho al uso español de la época, que al principio deslumbra al Martín adolescente con sus ideas acerca de lo que debe ser un hombre (Martín es un hombre, no es como si fuera una chica que, entonces, pobre de él si saliera a la puerta de la calle. Los hombres son libres. Si la chica se deja manosear, mejor para él, coño) y su madrastra, una mujer vulgar, supersticiosa y retorcida que lo odia. Anita Corsi, con su luz inconsciente y su fuerza, su personalidad atrevida y fulgurante, Carlos Corsi, con su belleza de efebo que resulta sospechosa en el pueblo porque es demasiado guapo, tiene en él algo que a un hombre verdadero le repugna un poco, el señor Corsi al que creen diplomático y había sido mago de circo y Frufrú, la vieja estrambótica que cuida de los Corsi y que no puede bajar al pueblo con sus atuendos extravagantes porque los niños la apedrean y el cura no la deja entrar en la iglesia, en una España en la que las ratas se comían las orejas de los niños y los niños comían boniatos asados (Laforet dixit), los Corsi, que hablan en francés e italiano y han vivido en Tierra del Fuego, Nueva York, Tánger y Venezuela, parecen estrellas de cine. Nada más contraste que los almuerzos en casa del padre y las meriendas con té en casa de los Corsi. A Martín, que pasa hambre, que tiene prohibido besar al padre porque no es de hombres o dibujar porque es de maricones, aterrizar con los Corsi, que comen ensalada de pollo y por las tardes dramatizan a Racine y cuentan historias de domadores de leones y trapecistas y reciben dinero de una Peggy estadounidense que conduce coches por estancias sudamericanas, es como aterrizar desde la Cuenca de la Edad Media en el Manhattan de 2027, lo que no quita para que a Martín muchas veces le escandalice el comportamiento de los Corsi, pobre santo. Le parece que no saben vivir entre la gente porque siguen sus propias normas y no llevan el corsé asfixiante que llevan los que viven en su propio mundo.
Detrás de las cosas a las que aspiramos, tiene que haber alguien con prestigio que las disfrute como suyas. Y el esplendor del prestigio es muy difícil de sostener en el tiempo. La intensidad esplendorosa del verano se le confunde a Martín con la intensidad de su vida diferente con los Corsi. A los baños de mar, la moto, el té, el gramófono, los cigarrillos, el secreto de la torre, la actitud descarada de Anita frente a la vida, la feliz inconsciencia de los hermanos, se les acaba el fuelle al terminar el tercer verano, cuando Martín tiene que hacer frente a la realidad cruda del crudo padre real y elige volver a su verdadero lugar de origen, la casa de sus abuelos, con una personalidad propia que se ha ido creciendo a la sombra mientras él se calcinaba bajo el sol Corsi. ¡Mira que si Martín no nos hubiese encontrado! Pobre Martín… No sabrías luchar, Martín, ni sabrías bailar, dice Anita. Y es cierto.
Carmen Laforet nos gusta porque se le nota que perdió algo muy preciado a edad temprana y fue una adolescente triste que sin embargo se salvó gracias a que ese algo que perdió la dejó santificada para siempre. Su escritura es cero experimental y cero sofisticada, pero es sólo suya y remite de inmediato a esa educación nacional y oscura, el mismo lugar de donde provengo. La estrechez de miras que caracterizaba al país en 1940 seguía casi intacta cincuenta años después, cuando yo empecé a ser adolescente y empecé a buscar familias Corsis que me alumbraran. Es casi imposible construir una frase afirmativa que contenga las palabras España y sofisticación, aún hoy; en España, cosmopolita bien podría ser el nombre de un pastelito hecho por las monjas clarisas (puedo decir estas cosas porque el país es mío y le escupo cuando quiero).
Creo que la escena que prefiero del libro es cuando van a enterrar a Lobo, el perro de Martín al que alguien ha envenenado, y Anita aparece llorosa y con velo negro, lo que escandaliza al brigada que cava la zanja, quien para meter al perro en su tumba lo tira del saco de arpillera en el que lo ha transportado.—Por qué no le deja usted el saco, dice Anita. —Mire, señorita, el saco sirve para otras cosas. No lo vamos a desperdiciar enterrándolo. La respuesta de Anita (Es terrible esta miseria), retrata a mi país.

Por fuera del libro:
En 1963, veinte años después de Nada, publica Carmen Laforet La insolación, su cuarta y última novela. Murió cuarenta años después, unos meses antes de que se publicara otra novela suya cuyo protagonista también es Martín Soto y que no hemos leído pero leeremos, más que nada por saber en qué acaba el hijo pródigo.
El silencio de Carmen Laforet ha sido interpretado de muchos modos, aunque yo creo que después de escribir Nada tiene que ser muy difícil escribir cualquier otra cosa. Yo me quedaría callada para el resto de mi vida.

La insolación en español

Biografía de Carmen Laforet

Un mono, un ser elemental, vivo en la noche, feliz y a un tiempo torpe e inocente. No había complicaciones en el mundo. La Tierra, ese planeta, giraba lentamente bañando de sol y de luna y de negrura, alternativamente, las distintas partes de su vientre. La sencilla felicidad de sentirse vivos que tenían aquellos tres muchachos. Martín y sus amigos fueron sólo unas risas, un chapoteo en el agua templada. Tres sensaciones de vida, con el círculo brillante del verano envolviéndoles.

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