La casa y el mundo. Rabindranath Tagore

La casa y el mundo. Rabindranath Tagore

Citas: Es como decir que no se puede iluminar la casa a no ser que le prendas fuego.

 Si hubiera nacido en las praderas salvajes de África habría pasado un tiempo glorioso inventando argumento tras argumento hasta probar que el canibalismo es el mejor medio para promover la comunión verdadera entre los hombres. 

No sé qué decir de La casa y el mundo, porque de exaltación del amor conyugal se convierte en un madamebovary hindú, todo salpicado por escupidas poco recatadas contra los males del nacionalismo exacerbado. Quizá la sensibilidad moderna se envare al leer expresadas así tan categóricamente como en La casa y el mundo las diferencias entre hombres y mujeres, convertidas en metáforas de ríos desbordados, flores artificiales en jarrones extranjeros, polvo que se quita de los pies, joyas en cofres. Quizá la espiritualidad de Tagore esté tan pasada de moda como cuando yo leí La casa y el mundo por primera vez, hace 20 años, pero a quién le importa, me gusta haberme leído de nuevo este libro del que recordaba algunas cosas que siguen estando ahí, idénticas, aunque ahora las comprendo diferente. Llevaba guardaditas indelebles dos imágenes: la de la madre pelando y colocando con cuidado en el plato blanco las frutas para el marido, mientras espanta las moscas con un abanico, y la de Bimala amasando, rellenando y friendo pasteles para organizar esa ofrenda llamada con esa palabra tan bonita, prasad. En La casa y el mundo compiten la belleza de la calma del mundo interior de la casa llena de objetos familiares, el reino de las mujeres encerradas, frente al ruido asalvajado del mundo exterior de los hombres, el fuera violento donde crecen los conflictos (parece que este libro en realidad se llama Adentro y afuera o algo parecido, si alguien sabe bengalí que se pronuncie). Pero como siempre, si nos quedamos en la estrechez de lo visible las lágrimas nos impedirán ver etcétera. La lucha no es de lo femenino contra lo masculino sino de lo bueno contra lo malo, y eso, la pasión destructora contra las raíces y las ramas crecidas a lo largo de los años y la confianza o algo así, nunca pasa de moda.
Sandip Babu, el canalla, el ladrón de almas, el hambre despojado de vergüenza, el destructor, el terrorista, el caradura, el que nos quiere hacer creer que el amor es un vagabundo que puede hacer florecer sus flores en el polvo del lado del camino mejor que en los jarrones de cristal que se guardan en la sala. Nikhil, ese espejo de los maridos devotos y los señores comme il faut que al abandonar el campo de batalla se adueña de todo el valor moral. Bimala, la contrincante verdadera porque lucha contra sí misma, la que aprende que las cosas que se suponen inamovibles no lo son tanto, la que para apreciar el sabor simple de la vida necesita quemarse desde la punta de la lengua hasta el estómago con el picante de la ruina, la que dice Destruí todo mi valor al volverme barata. Al lado de eso, León y Quiroga, un poroto. Y de campo de batalla, la India en llamas gritando Bande Mataram, prohibiendo productos extranjeros y exacerbando el made in.
El hermano más joven de mi padre (y al decirlo así es como si me hubiera convertido en heredera del lenguaje tagoresence) dejó en herencia al casarse (como si al casarse tuviera que renunciar a la lectura) algunos libros de Kawabata y de Tagore que cayeron como leves plumas sobre mi adolescencia por esa época arrebatada por los lánguidos franceses y los turbios alemanes. De Tagore, de quien me quedó una tendencia al lirismo trasnochado, aún guardo El jardinero, El cartero del rey, Lipika, La casa y el mundo, los poemas traducidos por Zenobia Camprubí, esa señora con nombre y vocación de gato.

Por fuera del libro:
Hay una foto que me gusta mucho de Tagore con Victoria Ocampo (la señora de sociedad que intentó cazar al león de la India, como dijo alguien), sentada a sus pies toda vestida de blanco. Algún día me gustaría ir a Santiniketan y, si me dejan, sentarme en la silla que la Ocampo le regaló al ya venerable poeta los dos meses que anduvo en San Isidro y que luego Victoria, para que él pudiera llevársela hasta Italia, como no cabía por la puerta del camarote del barco, obligó al capitán a buscar a un carpintero que sacara la puerta de sus goznes para hacer entrar la regalada silla, que llegaría luego hasta la India donde aún sigue. Según dijo Tagore, gracias a ella pudo entender al fin L’invitation au voyage, uno de mis poemas de Baudelaire favoritos, poema que a lo mejor llevé demasiado lejos como himno en mi vida, como Tagore la silla de Victoria.

La casa y el mundo en bengalí

La casa y el mundo en español

La casa y el mundo en inglés

Una referencia bonita

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