El testamento francés. Andrei Makine

El testamento frances-Andrei MakineCitas:  La France se confondait pour nous avec sa littérature. Et la vraie littérature était cette magie dont un mot, une strophe, un verset nous transportaient dans un éternel instant de beauté.

Un pays livresque par essence, un pays composé de mots, dont les fleuves ruisselaient comme des strophes, dont les femmes pleuraient en alexandrins et les hommes s’affrontaient en sirventès.

Recuperar la identidad, que es lo mismo que recuperar una noción de la felicidad, se parece mucho a acurrucarse en un día de lluvia en un sofá viejo con un viejo gato y un libro en el que el amor por el lenguaje se desparrama como el viento entre los trigales de la estepa y los bosques de la taiga. Sí, desparrama. El testamento francés es la preciosa carga que recibe Aliosha el siberiano de su abuela francesa: la divina llamarada del idioma extranjero (el idioma del asombro, lo llama Makine) y de su literatura. Y es que la lengua es una patria a la que van a parar muchos desterrados. Dividido entre su rusidad y su francofilia, que para él es lo mismo que decir entre su rudeza y su ternura, el Aliosha adolescente se busca en las palabras y fluctúa entre una y otra orilla igual que fluctúa entre el enamoramiento literario y la brutal indiferencia (¿acaso no es lo mismo?) después de su primera y desastrosa experiencia amatoria en una barcaza a orillas del Volga. Pachka, el paria de la escuela, el mujik extraño cazador y vagabundo con el que hace migas y va a pescar al río helado, es la personificación de una de las cámaras de su alma rusa, ese alma que se ovilla al calor de los recuerdos franceses como se acercaban a la estufa de la isba su abuela francesa Charlotte y su bisabuela Albertine (procedente de Neuilly-sur-Seine y ex vecina de Proust: el nombre Albertine es pelín inquietante) vivieron siendo más rusas que las rusas pero con libros franceses por dentro. La vida de Charlotte en la Rusia de la revolución y de la Primera Guerra es de coco y huevo, ataros los machos para afrontar las truculencias.
Aliosha y Charlotte comparten el francés como refugio. Para ella es la lengua de su infancia y juventud, para él la lengua de su diferencia y por eso de su identidad. El lenguaje es el único medio porque es el único vehículo y a él van aparejadas siempre todas las demás maneras: la manera de ver, la manera de amar, la manera de disfrutar del alimento, la manera de enfrentar el hambre, la manera de encajar en un país extranjero, la sutilidad y la brutalidad. La lengua modela a los hombres, esculpe los objetos, rutila en los versos, ruge en las calles, dice Makine. Aliosha se vuelve escritor aún sin escribir cuando descubre la capacidad evocadora del instante que tiene el idioma, como el antiguo vecino de su bisabuela, el señor Proust.
Qué curioso que los exiliados se abracen a la nueva tierra y en cambio sus nietos hereden la nostalgia por lo abandonado al punto de crecerse injertos del país primero por dentro. Y qué exuberantemente entusiastas con el país habitado nos volvemos los extranjeros que llegamos para quedarnos y besar su suelo y qué insólito y sospechoso resulta para el nacional esa actitud. Aunque los franceses están siempre encantados de adoptar extranjeros en su suelo siempre que sean reverentes y estén empachados de cultura francesa. Yo, que también me crecí una adolescencia francófila con emigración incluida (lo que Nerval y Hugo fueron para Makine fueron Baudelaire y Rimbaud para mí), entiendo perfectamente ese mundo lingüístico adoptivo más vibrante y hermoso que el nuestro al que es tan tentador amarrarse. A Andrei Makine, para quien Rusia es una amante antigua, con todo lo que eso conlleva, lo arrastra un poco una sentimentalidad lírica decimonónica, a juego con su manera de esgrimir ese francés sin tacha y cargado de perfume que se gasta. Hay que ser muy pedrusco para que no te guste pasar cuatro horas de tu vida con esta novela sencilla, dolorosa y alegre como la vida de Charlotte.

Por fuera del libro:
Andrei Makine, huérfano y francófilo. En esta casa nos gustaba más con barba a lo mujik desvalido que ahora tan parisino y afeitado. Según parece El testamento francés es una novela bastante autobiográfica. La abuela francesa parece que existió, el exilio francés de Makine es cierto y verdadero, igual que su escora por lo francés. En el 87 se escapó del comunismo y se quedó en París. Vivió precariamente, incluso durmió en la calle. Y miradlo ahora, tan limpito. Sus primeras novelas no se las quisieron publicar porque no se fiaban del francés de un ruso, así que Makine se inventó un traductor francés imaginario, incluso llegó a reescribir sus obras en ruso para que los editores se creyeran el cuento del traductor fantasma. Mercure de France (que necesita desde hace años un nuevo diseñador de portadas) publicó su cuarta novela, El testamento francés, en 1995; el único libro si no me equivoco que ha ganado el Goncourt y el Médicis, los súper premios de la literatura francesa.

El testamento francés en francés

El testamento francés en español

Una referencia bonita

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