El rey de las Dos Sicilias. Andrzej Kuśniewicz

El rey de las Dos Sicilias. Andrzej Kusniewicz

Cita: Estoy condenado de una manera inapelable, y esto me hace feliz.

Creo que un día Andrzej Kuśniewicz antes de dormir estuvo hojeando un cuaderno de estampas de los regimientos austrohúngaros y unas revistas de moda de aquel fin de siècle vienés que tanto nos gusta a todos y luego, preso de la fiebre y la vigilia y con un pañuelo empapado en Atkinsons Gold Medal sobre la frente, se puso a sobrevolar a la velocidad del pulso de sus sienes el mes de julio del año 14. El rey de las Dos Sicilias es un banquete interminable de lenguas de ruiseñor bañadas en garum, un himno a la decadencia, una declaración de amor exacerbado por las cosas muertas, por un esplendor que ya había dejado de existir en 1970, no hablemos de ahora que las personas no saben ni lo que es el damasco, el ópalo o los pañuelos de batista. Andrzej Kuśniewicz, con la delicadeza de un desollador de tigres extinguidos, levanta de su olvido las realidades plateadas por el polvo. Y se toma el polvo muy en serio: desde polvareda gris y amarilla, de color de camello, o quizás de león, casi color de desierto; fino polvo amarillentopolvo grispequeña nubecita de polvo amarillo; polvo color gris de arena; gris-amarillo, polvo de verano a polvareda rosa y rojiza, no hay dos cosas polvorientas iguales en el libro.
El rey de las Dos Sicilias es un gran empacho de cadáveres exquisitos. No os dejéis engañar por esas cosas del regimiento de ulanos y la Gran Guerra y los servios sublevados contra el emperador y el asesinato en Sarajevo de un archiduque y de una adolescente zíngara con un collar de cuentas, éste no es un libro de guerra, a pesar de la grandiosa y retorcidamente poética descripción de la batalla de Solferino que no es sino una excusa para hablar del color del vestido de una dama. Tampoco os dejéis engañar por ese pesado de Emil adolescente que lee a Rilke y a Nietzsche a escondidas y suspira de pecado y de Beethoven y de incesto y de sofoco por el perfume de violetas imperiales que parece impregnar toda la Viena de principios del siglo XX: El rey de las Dos Sicilias es el salón de un anticuario muy sofisticado y muy muerto y muy denso.
Lo que más me gusta de los libros además de que sean mi patria favorita es toparme con otra manera de contar, otra manera de ver, o mejor: que alguien que elige mirar distinto consiga que mires distinto, que alguien que ve distinto porque nació así, con ojos crecidos distintos a los ojos tuyos, te sepa hacer ver lo mismo que ven sus ojos suyos estropeados. El vértigo con el que es capaz de entresacar Kuśniewicz los acontecimientos simultáneos, la atroz delicadísima manera en la que es capaz de diseccionar las escenas, desde los tejidos, las intenciones a los bigotes (no sé cuántas clases de guantes distintas salen en el libro, pero algún día no los contaré) te deja maltrecho y con los ojos abiertos a lo que te rodea, como Kim después de pasar por las manos de Lurgan. Lástima que en nuestro mundo todo sea de plástico y poco evocador de nostalgias. Eso sí, El rey de las Dos Sicilias no es una novela ni trepidante ni para volver a leérsela.
Si alguien conoce al Barón Willy Kotfuss por favor que me lo presente.

Por fuera del libro:
Andrezej Kúsniewicz para mí entra en el mismo saco que Saint-John Perse o Somerset Maugham: señores a los que invitaría a tomar el té en cuanto tuviera un Limoges, un piano cubierto por un mantón bordado por esclavas filipinas ciegas en el siglo XVII y triple apellido. Quiero saber pronto si era un espía bueno o un espía malo y si es verdad que maniobró orquestalmente en la oscuridad en contra de ese jugador de ajedrez atolondrado de Gombrowicz.

El rey de las Dos Sicilias en polaco

El rey de las Dos Sicilias en español

Una referencia bonita

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