El miedo del portero al penalty. Peter Handke

El miedo del portero al penalty_Peter HandkeCitas: Le parecía sospechoso que se pudiera empezar a hablar sabiendo ya de antemano cuál iba a ser el final de la frase.

Me senté en una cafetería a leer este libro, mi primer Handke, antes de ayer; ayer leí mi segundo Handke y hoy mi tercero, no creáis que porque me gusta mucho sino porque quiero saber. Peter Handke es uno de esos escritores modernos a los que les gusta hablar de cosas feas y hurgar en la inmundicia, pero como es un obseso del lenguaje y ha hecho cosas tan terribles en el teatro, como romper a insultos la cuarta pared, hay que concederle el beneficio de la duda, al menos por un rato.
Empiezas el El miedo del portero al penalty y enseguida piensas en Kafka, en el sentido: hay algo o hay una realidad que lleva a Broch, el protagonista, agarrado por la nuca a través de una opresión o un camino al que no se puede resistir, un laberinto aburridísimo y tan asquerosamente triste y desolado por el que va empujado y del que no puede escaparse y ni por asomo puede comprender. ¿Era Bloch antes así, antes cuando era portero, antes de llegar a su trabajo y decidir que como el único que levanta la vista cuando él llega es el capataz, está despedido? (Prefiero la versión de la película de Wim Wenders, cuyo guión escribió Handke, en la que Broch es portero de fútbol siempre y no se mete en oficios raros de once varas). Al principio pensé que la feria de sinsentido en la que se embarca Broch era la típica espantada del que se aburre de su vida fracasada y se dedica a hacer explotar la posibilidad provocando lo inesperado, pero no: las elecciones de Broch poco tienen de redención o de caída por el desagüe, sino más de la desazón indiferente de alguien muy muy enfermo, alguien al borde de una locura muy aburrida, muy centroeuropea, sin capacidad para comunicarse por fuera, rabiosa y asesina (nunca mejor dicho) por dentro de todos los muertos en vida que tienen una vida sin tener una persona por dentro que la viva. De todas formas, la huída hacia adelante de un austriaco siempre tendrá poco que ver con lo que sería la manta liada en la cabeza de un meridional. Entre los Thomas Bernhard que ando leyendo y esto, se me han quitado las ganas de andar por Austria (qué tristezas más grandes ciertas vidas que tienen la riqueza emocional de una familia de cucarachas, dicho sea de paso).
El miedo del portero al penalty se basa tanto en la extrañeza que a veces produce el lenguaje en una mente torturada que me da pena no saber alemán, mucho alemán, porque seguro que en la traducción se pierde tanto. Aún así, esas repeticiones referenciales de repente, chiquitas, inadvertidas, de cosas que le sucedieron a Broch en algún capítulo anterior, son lo que me han gustado del libro, que por lo demás me habría dado igual no leer. Pero qué son dos horas de tu vida con un libro que no te gusta si la cafetería es buena.

Por fuera del libro:
Peter Handke, que fuera en su juventud dramaturgo enfant terrible y en su madurez defensor único y polémico de Milošević, escribió El miedo del portero al penalty en 1970, un año antes de que su madre se suicidara y él escribiera Wunschloses Unglück. Los libros de Handke suelen ser largos soliloquios en los que se desgranan angustias y pensamientos al borde de señores cuyas aventuras poco tienen que ver con la caza de la ballena o la búsqueda de tesoros, y mucho con paseos dementes de pies arrastrados por ciudades llenas de mujeres a la que invitar a hacer cochinadas. Pero Peter Handke nos cae bien porque cuando murió su traductor al inglés, el señor Ralph Mainhem, él dijo en su honor unas cosas muy bonitas.

El miedo del portero al penalty en alemán

El miedo del portero al penalty en español

El miedo del portero al penalty, película de Wim Wenders

Peter Handke charloteando con Alain Veinstein

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