El mar de las Sirtes. Julien Gracq

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Citas: Al placer de la expectativa pura. 

Il y a dans notre vie des matins privilégiés où l’avertissement nous parvient, où dès l’éveil résonne pour nous, à travers une flânerie désœuvrée qui se prolonge, une note plus grave, comme on s’attarde, le cœur brouillé, à manier un à un les objets familiers de sa chambre à l’instant d’un grand départ.

O puissions-nous ne pas refuser nos yeux à l’étoile qui brille dans la nuit profonde et comprendre que du fond même de l’angoisse, plus forte que l’angoisse s’élève dans le ténébreux passage la voix inextinguible du désir.

Librosísimo. No se puede decir otra cosa. Leedlo ipso facto, aunque el final sea un poco fatigoso. El mar de las Sirtes es la historia del comienzo de una resurrección o de una guerra, siendo lo mismo la revolución que la guerra,  según Julien Gracq. Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, le ordena a Aldo sin atreverse a ordenarle el Consejo de Orsenna, la ciudad refugiada en sus madres profundas, en su molicie lánguida, en su sueño profundo, en las dimensiones del sueño, en su sopor ancestral. O más bien Aldo obliga a Orsenna a que abandone su sueño y su salud somnolienta y vuelva a vivir en la fascinación de la extrañeza. ¿Será El mar de las Sirtes un símil gigantesco? Para mí sí, y con eso basta. Después de un largo retiro, después de estar muerta durante mucho tiempo, un alma se despereza lentamente y se ausculta las ganas de volver al campo de batalla; eEl mar de las Sirtes leemos cómo el alma se espera a sí misma.
Julien Gracq, con los colores y los modos de Mantegna y de Bellini, crea dos tierras imaginarias enfrentadas, Orsenna y Farghestán, separadas a distancia de barquito por el mar de las Sirtes. Y con qué amor habla Aldo de los espacios ignotos del Farghestán, de sus puertos Rhages y Trangés y sus ciudades Gherra, Myrphea, Thargala, Urgasonte, Amicto y Dyrecta. Tanta fascinación como para abandonar en pos de la catástrofe su vida de cachorro aristocrático que pasa sus días languideciendo mientras lee poesía, cabalga campo traviesa o pasea por los bosques los días de tormenta.
Aldo debe enfrentarse a la inercia de la inacción, representada por Marino, el capitán del Almirantazgo al que le parece que en realidad nunca suceden cosas singulares y que lo mejor es que no pase nada de nada. Virgencita, que me quede como estoy. Pero algo empuja desde lo profundo, el hastío de que nada se levante por el horizonte, la sed de aventura, la misma que empuja a Ismael a embarcarse cada vez. Llega un momento en que uno salta; y no es miedo, ni cálculo, ni siquiera el deseo de sobrevivir; es que nos habla una voz más íntima que cualquier otra voz en el mundo; todo es mejor que atarse vivo a un cadáver; súbitamente, todo es preferible a estar pegado a esa cosa condenada que huele a muerte.
Hay autores que nos dejan derrengados, lánguidos pero extasiados con su estilo; el estilo es eso que hace que aunque lleves la camisa arrugada parezca poesía, o lo que convierte la historia de la piedrita que precipita y hace que un reino se desperece sea El señor de los anillos o El mar de las Sirtes. La aparición del emisario del Farghestán crea mi momento favorito del libro, cuando ese señor moreno e inquietante entrega a Aldo sellada con lacre la promesa de que una historia de final incierto está a puntito a comenzarle. Ah, la traducción es bastante buena pero tiene sus momentos arrabaleros.

Por fuera del libro:
Hay escritores de vidas de lago: tranquilas por arriba, inquietantes por abajo. Julien Gracq se llamaba de verdad Louis Poirier. Fue profesor de historia y geografía en un instituto de enseñanza secundaria (sus alumnos hablan de su seriedad y de su puntillosa puntualidad) y prisionero de los alemanes en Silesia. Escribió una obra de teatro titulada El rey pescador con la que se comió los mocos. Un día de 1943 compró en la estación de Angers Sobre los acantilados de mármol de Ernest Jünger y se lo leyó de un tirón sentado en un banco (¿perdería su tren?). De su primer libro se vendieron 120 cochinos ejemplares en un año. Rechazó el Goncourt y la sillita en la Académie Française. Abandonó el partido comunista cuando Stalin en 1939 firmó el pacto de no agresión con Hitler (pacto que Hitler se pasó tan ricamente por el arco del triunfo dos años después). Fue amigo de André Breton y nunca nunca se peleó con él, seguramente porque no perteneció al movimiento surrealista y el pater familias no se sintió tosido. Durante ocho años, y hasta que ella murió, amó a Nora Mitrani, la poetisa búlgara sí surrealista que antes fuera la amante y modelo de Hans Bellmer, el de las muñecas rotas. Ya jubilado, se retiró a vivir con su hermana a la casa familiar de Saint Florent le Vieil. Los últimos diez años de su vida los pasó solo en aquella casa demasiado grande como para calefaccionarle todas las alcobas.

El mar de las Sirtes en francés

El mar de las Sirtes en español

Una referencia bonita

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