El malogrado. Thomas Bernhard

El malogrado_Thomas BernhardCitas: No hay nada más espantoso que ver a una persona tan grandiosa que su grandeza te aniquila.

Cómo podrían salvar al extravagante de su extravagancia.

Durante toda la vida huimos del diletantismo y siempre nos atrapa, y nada deseamos con mayor intensidad que escapar al diletantismo durante toda la vida.

No podemos elegir el lugar de nuestro nacimiento. Sin embargo, podemos marcharnos de ese lugar de nacimiento si amenaza aplastarnos, marcharnos e irnos de lo que nos matará si dejamos pasar el momento de marcharnos e irnos.

El malogrado o vivir es un fracaso insoportable. Hay libros que te llegan en el momento preciso en el que tienes que leerlos. Quizá luego, cuando pasado el tiempo vuelvas a ellos, te tengas que preguntar qué demonios fue lo que te conmovió tanto. Pero como es imposible revivir el estado en el que leíste algo por primera vez y ahora he leído El malogrado, justo cuando tenía que leerlo, hablo de él ahora. Si bien el soliloquio de Bernhard a ratos parece el de un abuelo solitario y despeinado que huele raro y murmura y se repite constantemente casi sin importarle si lo escuchan o no, otros ratos da estocadas bien acertadas, como un desconocido borracho sentado en un banco puede llegar a sonarnos a oráculo. Me desvío. O no, porque así escribe siempre Thomas Bernhard. No os precipitéis de cabeza sobre El malogrado porque. Bueno, haced lo que queráis. Lo cierto es que los escritores así tremendos cuando los lees con atención dan la impresión de vivir en una soledad buscada y absoluta, y ésa es una de las cuestiones sincrónicas con las que me he topado con horror leyendo el libro. Es imposible crear nada andando en el mundo, la gente es un estorbo, etc. Tener el mismo tipo de pensamientos que Bernhard, famoso por su misantropía, me inquieta gravemente. Me desvío.
El malogrado: la carrera de pianista vienés y la vida entera de Wertheimer se malogran y se aniquilan, para usar el mismo vistoso verbo del traductor de Bernhard, en los tres minutos durante los que, desde la puerta de una sala de estudio del Mozarteum de Salzburgo, escucha a Glenn Gould tocar el aria de las Variaciones Goldberg. Wertheimer, que ya venía con la etiqueta de malogrado de fábrica (cuando me levanto, pienso en mí con horror y me aterra todo lo que me espera. Cuando me acuesto no tengo otro deseo que morir, no despertarme más, pero entonces me despierto otra vez y ese espantoso proceso se repite), que se abraza a su tristeza como a una mantita de bebé, al que le aterra perder su infelicidad, el encuentro con Glenn Gould lo asesina y le otorga una razón suprema de ser al mismo tiempo. Porque Wertheimer es un buen pianista, pero claro, no es Glenn Gould. Wertheimer no es el único que se topa con Gould, también el narrador del libro. Los tres, durante el año hipotético e imposible que dura un seminario impartido por Vladimir Horowitz, conforman un trío poco mosquetero en la parte más con brillo del libro: tres jovenzuelos millonarios compartiendo la ex casa de un escultor nazi y escuchando a uno de ellos, al mago, tocar a Bach hasta el desfallecimiento, o viéndolo cortar un fresno que le molesta la vista por la ventana. Treinta años después, Gould se desploma sobre su Steinway en un estudio cerrado a cal y a canto, a salvo del mundo, su cerebro víctima de su obsesión artística; Wertheimer se cuelga de un árbol después de treinta años de vida asocial y demente; el narrador sale de su encierro privado madrileño de diez años (nada más y nada menos que en la calle de El Prado) para ir al entierro de W. y acordarse de toda la historia y contárnosla.
El malogrado habla sobre el talento extremo y sobre la infelicidad que es no tenerlo y sobre la infelicidad que es tenerlo; sobre personas a las que les resulta insoportable e imposible andar con otras personas (los tres éramos fanáticos natos del parapeto. El deseo de parapetarnos lo habíamos tenido siempre); sobre la amistad a lo largo; sobre cachorros aristocráticos hastiados de sus vidas regaladas; sobre cuánto odia Thomas Bernhard Austria, su país, y cuánto odia otras muchas cosas; sobre dónde reside la grandeza, que seguramente sea en empeñarse en alcanzarla (no fuimos nadie, porque no habíamos pensado en absoluto en querer ser alguien, a diferencia de Glenn Gould); sobre las ganas perennes de matarse; sobre el asco de vivir; sobre las máquinas de fabricar arte que son los verdaderos artistas, ésos a los que les gustaría ser instrumento y no intérprete.
El malogrado cumple este año treinta años, se publicó en el 83. Alfaguara volvió a editarlo hace un par de años, a precio sushi; ya antes había salido en su fabulosa colección de tapa morada y gris. Miguel Sáenz, el traductor al español de Bernhard casi en exclusiva, no sé si traduce bien o no porque no sé alemán, pero escribe medianamente bien, que en los tiempos que corren parece ser ya es bastante.

Por fuera del libro:
Lamentablemente, el Glenn Gould de El malogrado no existió jamás, ni nunca fue compañero de estudios de piano en 1953 en el Mozarteum de Salzburgo de Bernhard (y menos con Horowitz, a quien Gould despreciaba como pianista y quien, en 1953, estaba ya retiradito en su casa de Nueva York). Hay una leyenda por supuesto falsa pero preciosísima alimentadora de fanáticos sobre Gould y Horowitz: se dice que una noche Gould apareció por un estudio de grabación para andar con los ingenieros de sonido (fue un adelantado a su tiempo en grabaciones digitales, y eso sí es cierto), que estaban teniendo problemitas con un pasaje de Horowitz mal grabado. Se supone que Gould tocó el trocito en el piano a la manera de Horowitz y ellos lo pegaron a la grabación original.

El malogrado en alemán

El malogrado en español

Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg en 1981

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2 respuestas a El malogrado. Thomas Bernhard

  1. Pingback: Y ellos, ¿qué opinan? (XXV): Miguel Ángel Hernández | El blog de Lahierbaroja

  2. Loto dijo:

    Graciosa anécdota falsa y linda reseña. Saludos.

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