Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt

Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt Una cita: The trouble with Eichmann was precisely that so many were like him, and that the many were neither perverted nor sadistic, that they were, and still are, terribly and terrifyingly normal.

Serves my father right if my hands freeze, why doesn’t he buy me gloves!

     La verdad no es bonita, no es esa cosa brillante y desatascadora de cañerías en la que alguna vez hemos creído. La verdad es fea y tiene dientes y es enfadadora y el mal no siempre lo fabrican seres aberrantes, monstruos o bestias crecidas al margen de lo humano: el mal somos capaces de crearlo todos. Así que seguramente Hannah Arendt dijo un cierto cachito de la verdad sobre el mal en Eichmann en Jerusalén porque muchos se enfadaron al leerlo.
     Hannah Arendt cita a David Rousset para decir que el sistema que logra destruir a su víctima antes de que suba al patíbulo es el mejor para mantener a un pueblo en la esclavitud, en total sumisión. El triunfo del mal reside en que sus víctimas estén convencidas de que se merecen ese mal y de que nada puede hacerse para combatirlo. No sé nada de pensamiento político; sólo sé que la primera vez que leí este libro me aterrorizó darme cuenta de que el crimen salvaje que nace de la misma naturaleza humana, ése que en cierta manera se justifica por nuestra capacidad de apasionarnos hasta el odio o la rabia o el instinto, el que si bien aunque prohibimos y detestamos podemos comprender porque todos tapamos en lo hondo la inclinación de asesinar, está lejos de lo que pasó en Europa bajo el régimen de Hitler. El horror no viene sólo del crimen o de la falta de humanidad de los que lo cometen, sino de la frialdad, de la eficacia burocrática y del tremendo esfuerzo desplegado para alcanzar un objetivo que no fueron hermosas manufacturas, plusvalía u obras arquitectónicas, sino la completa aniquilación arbitraria de millones de personas.
La colaboración sumisa y sin cuestionamientos e incluso entusiasta a lo largo de toda la cadena destructiva, no sólo de Hitler, Himmler y sus oficiales y funcionarios sino también de los gobiernos colaboradores, de la población civil, de los Consejos judíos, se expone en Eichmann en Jerusalén no como acusación a personas concretas, sino como acusación universal. El señor que estampaba algún sello en algún papel de alguien que sería conducido a la muerte contribuyó con su gesto al asesinato. I said that there was no possibility of resistance, but there existed the possibility of doing nothing, le escribe Arendt a Scholem antes de que dejaran de hablarse.
Una cosa dicha por los jueces que Hannah Arendt recoge me recuerda a La escritura o la vida: que sólo los escritores y los grandes poetas pueden tratar convenientemente esos sufrimientos a escala gigantesca  en sus obras, el horror del mal radical kantiano, aunque la Arendt con su extraña elección lingüística del final del libro, banalidad del mal, trastocara todo un lado del sistema de pensamiento. Mi opinión es de hecho que el mal nunca puede ser «radical», sino únicamente extremo, y que no posee ni profundidad ni ninguna dimensión demoníaca. Puede cubrir y echar a perder el mundo entero precisamente porque se extiende como un hongo por su superficie. «Desafía al pensamiento», como dije, porque el pensamiento intenta alcanzar cierta profundidad, llegar a sus raíces, pero cuando se las ve con la cuestión del mal se frustra, porque no hay nada allí. Ésa sería su «banalidad»: sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical. Hannah Arendt no dijo que el mal fuera banal, sino que no hace falta ser especialmente malvado para cometerlo. Por suerte también muestra cómo es posible, sin ser especialmente bondadoso, no cometerlo: ojalá todos los gobiernos europeos se hubieran comportado como los daneses o los suecos de aquellos tiempos.
Los que no supieron leer se enfadaron con Hannah Arendt por su «falta de amor al pueblo judío», por banalizar ella misma algunos temas. Cuando habla del comportamiento de charanga y pandereta y por suerte anti deportación de los fascistas italianos (el secretario del jefe del movimiento italiano antisemita era judío), o cuando cuenta cómo el abogado defensor, el doctor Servatius, dijo de su cliente que tenía la personalidad de un vulgar cartero, o cuando asegura que Eichmann fue culpable porque no era capaz de pensar o hace burla de su disparatada manera de hablar con frases hechas equivocadas, tenemos que reírnos: la risa es lo único que nos salva del terror.
     Eichmann en Jerusalén es un libro obsceno lleno de desnudos, pero de esos desnudos que a ninguno nos gusta ver, porque son los del por dentro.

Por fuera del libro:
Uno de los amores más extraños del siglo XX fue el de Hanna Arendt con Martin Heidegger. Mientras ella, entonces marxista, después de salir de un campo de prisioneros en Francia se encargaba de mandar clandestinamente niños judíos a Palestina desde París cuando aún no existía Israel, Heidegger en Friburgo no se sabe si canturreaba o no cancioncitas hitlerianas. Sólo Celan lo sabe. Aprovechad el verano para leer el libro de Rüdiger Safranski sobre Heidegger.

Eichmann en Jerusalén en inglés

Eichmann en Jerusalén en español

El testimonio de Grynzpan

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2 respuestas a Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt

  1. Federico dijo:

    Me gusta mucho tu blog, felicidades. Luego te escribo con más calma. Saludos.

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