Ébano. Ryszard Kapuściński

Ébano. Ryszard Kapuściński

Citas: ¿Mi patria? Mi patria está allí donde llueve.

Al principio nada hace prever lo que sucederá más adelante.

La primera vez que leí Ébano, hace chipilentos años, me deslumbró. Quién sabe si fue el libro en sí o Kapuściński con sus artes de prestidigitador de suplemento dominical. Claro que yo era joven y nunca había dormido en el suelo de la cocina de ningún desconocido en medio de las montañas nevadas ni me había subido en vagones de mercancías ni me habían torturado los insectos en países tórridos ni había conocido a corresponsales borrachos en el extranjero. Quizá no haya sido buena idea volver a leer Ébano ahora que ya no soy tan joven y llega septiembre y el agua del océano se pone verde y eso qué tiene que ver; pues un montón, porque septiembre es siempre el mes de ver cómo se van yendo las cosas, y volver a leer Ébano es como apoyar la frente en la ventanilla de un tren que nos alejara lejanamente de nuestra casa. Ryszard Kapuściński tuvo la habilidad y las agallas suficientes para vivir como le dio la gana y, sobre todo, una capacidad para mirar y extrapolar universos enteros de verdades que seguramente no sean tan extrapolables verdades desde las cosas chiquitas y grandes que él miró, así que no le vamos a echar en cara que se vanaglorie tanto de sus atrevimientos y de sus miserias porque es mayor que un periodista aunque sea menor que un escritor. Ébano es la crónica que nos escribe alguien lleno de voluntad para trasladarse y de entusiasmo por ver y ejercitar sus ojos y, sobre todo, por transmitir lo que ve. A pesar de sus defectos de factura, Ébano es un gran libro y la vida de Kapuściński es una gran vida, la vida de quien quiso ser aventurero en el sentido clásico en una época en la que la única manera de poder serlo era convertirse en un corresponsal de guerra, si bien uno un poco torpe que se aventura en el desierto sin brújula o en barquichuelas para cruzar de Zanzíbar a Der Salam sin, aparentemente, saber un cazzo de astronomía (perdóname, Ryszard, tú sabes que te quiero). Ébano no es literatura, si acaso, a ratos, fábula, un libro bonito y triste que te ensancha el mundo y se ensaña con lo absurdo de nuestros empeños, un libro que habla de estados de cosas que ya han desaparecido y de lo malvado y apestoso que es el ser humano con sus semejantes pero también de lo hermoso que es encontrar la mano de un desconocido cuando andas muriéndote al costado del camino. Ébano es ya un trozo de la historia de África de los últimos cincuenta años.
Mis trocitos favoritos de Ébano: las historias de los somalíes y sus camellos, el disco de Leshina con la voz de Churchill, la viejita polaca que recita a Leopold Staff en un bar de Zanzíbar, el papelito en el que Kofi Baako, el ministro de educación de Ghana, le escribe a Kapuściński una invitación para una fiesta, el agujero en la carretera de Onitsha, el puñado de plumas de gallo blanco que salvan la casa en Lagos de los ladrones, las iglesias de Lalibela, el poco sutil desprecio por los europeos que viven tras sus muros de piedra.

Por fuera del libro:
Cuando Kapuściński se murió, le empezaron a crecer amigos que a lo mejor no habían sido tan amigos contando que si patatín Ryszard se inventaba las cosas que si patatán Ryszard no era para tanto, que si patatín Ryszard había dejado que todo el mundo creyera que más o menos le iba sujetando el machete al Che cuando ni siquiera lo había conocido, que si patatán Ryszard escribía historias de oído pretendiendo que realmente había estado allí, que si patatín Ryszard quería pasar por filósofo cuando sólo era corresponsal. Y qué. A ver si conseguís ponerme en fila a tres que hayan estado en Liberia y en Ruanda y en Angola y y en etcétera y durmiendo en Bolivia encima de una manta. Al hombre justo todo le está permitido. Vamos, me parece a mí.

Ébano en polaco

Ébano en español

Una referencia bonita

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