Diario. Murasaki Shikibu

Diario. Murasaki Shikibu

Citas: Ninguno de los que pasan
me ha probado aún.
¿Cómo saber
si soy ávida o no?

¿Qué clase de mujer lee libros chinos? ¡Ahí está la causa de sus desgracias!

Qué librito dolido y encantador. ¿Quién no quiere ir a bañar a un recién nacido ataviada con una faja con hojas y hierbas otoñales, mariposas y aves de plata, portando la espada del Emperador y una cabeza de tigre para ahuyentar a los malos espíritus? Murasaki Shikibu, una Yentl japonesa que vivió a final del siglo X y principios del XI, cuenta en este diario su vida en la corte de la emperatriz Akiko en el tiempo en el que nació el heredero. Murasaki estaba allí para escribir versos a la orden ar, como un vaso está para servirse agua y a un pajarito se lo encierra en su jaula para escucharle cruelmente en vivo y sin peligro de huida el piar, aunque ella tan contenta o casi, porque de vez en cuando en el diario le dan desazones de poeta y de persona que envejece.
Leer este diario es como espiar por una cortina un mundo inventado secreto, un mundo de códigos que nos parecen estrambóticos, de colores y tejidos que determinan tu elegancia y por tanto tu pudor y por tanto tu pertenencia (mirando tras las persianas pude ver aquellas damas que no tienen colores prohibidos vistiendo las consabidas chaquetas chinas verdes y rojas con sus colas de seda estampada); de miradas tras los biombos y de abanicos que según si son así o asá pueden resultar inapropiados, de cortinas que se cambian según la estación. Ah, esos mundos de recato y sumisión y de mujeres como flores o libélulas mucho más honestos que los mundos de ahora en los que nos dicen que no somos ni flores ni libélulas pero sí nos exigen pose y delicadeza como a tales. Es habitual que las mujeres se sujeten la melena para servir la mesa, pero, tratándose de una ocasión tan especial, su excelencia había elegido aquellas damas a quienes mejor sentaba aquel peinado, y las que habían sido eliminadas lloraban amargamente en un rincón, aunque sólo consiguieron hacer el ridículo. Me ahoga un poco ese mundo tan reglado al tiempo que me hipnotiza su arbitrariedad fundada en el capricho por la belleza; me ahoga un poco ese mundo en el que se considera descocado aceptar una invitación para pasear en barquito en un anochecer de verano (Propusieron un paseo en bote. Sin embargo, la mitad de las muchachas no hicieron caso de la invitación y se metieron en palacio, aunque no perdieron de vista a las más atrevidas con no poca envidia en los ojos.)
Lo que más me gusta es cómo habla Murasaki de la belleza de los enseres, vajillas y cubiertos, con lo que a mí me gusta el elogio del ajuar. También me gusta cómo desde la visión de unos crisantemos a través de la bruma de la mañana puede pasar Murasaki de un gozo que ella llama frívolo a que le pese lo mundano al punto de anhelar una vida de recogimiento. Y que las amigas se intercambien versos como quien se presta unos zarcillos.

Por fuera del libro:
Murasaki Shikibu, que al parecer ni siquiera es un nombre, escribió, o no, la Novela de Genji, que no he leído y que viene de serie con peso literario y recomendaciones borgianas y yourcenarianas. La dejo para cuando sea una anciana gotosa con chimenea y sillón orejero. Su padre, contra las costumbres de su época, le dio la cultura de un muchacho, para escándalo de la sociedad circundante, y la dejó leer lo que quiso, incluso literatura china, qué atrevido. En el Diario Murasaki Shikibu cuenta cómo ella aprendía los kanjis prohibidos a las mujeres antes que su hermano y su padre se lamentaba de que el varón no fuera ella.

Diario de Murasaki Shikibu en inglés

Algunos poemas del Diario de Murasaki Shikibu en español

Murasaki Shikibu

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