Desayuno en Tiffany’s. Truman Capote

Desayuno en Tiffany_Truman CapoteCitas: I’m in New York cause I’ve never been to New York.

I have a memory of spending many hither and yonning days with Holly; and it’s true, we did at odd moments see a great deal of each other; but on the whole, the memory is false.

 I felt infuriatingly left out — a tugboat in drydock while she, glittery voyager of secure destination, steamed down the harbor with whistles whistling and confetti in the air.

Creo que Desayuno en Tiffany’s es una glosa del amor de un amigo delicado por una amiga locuela, una de ésas muchachas de personalidad arrebatadora (algunos dirían arrebatada) que pretenden que les gusta estar al margen y que incluso se construyen una filosofía o pose acerca de sus maneras libres contra la convención, pero que mueren porque alguien las rescate de su calle y les ponga nombre como al Gato. Desayuno en Tiffany’s es el tributo de Capote a Marilyn al tiempo pasado juntos. Esto, por supuesto, es una absurda teoría mía, pero para mí Holly Golightly, esa muchacha escandalosa de frases lapidarias (I let him play kneesie under the table, because frankly I didn’t find him at all banal), se entiende perfectamente si te imaginas a la Monroe haciendo sus mohínes y persiguiendo maduros millonarios en Some like it hot. Aunque Desayuno en Tiffany’s se publicó en el 58 y Marilyn murió en el 62, para mí es como una novella-elegía. Y aunque la madre de Capote, señora de cascos ligeros, se llamara Lillie Mae y Holly Golightly se llamara en realidad Lulamae, no me fastidiéis mi cosmogonía inventada.
Mis trozos predilectos: Holly entrevista por Capote antes de conocerse, en brazos de oficiales australianos o cenando en el 21; todos los trocitos en los que sale Joe Bell;  O.J. contando la vida de aspirante a estrella de Hollywood de Holly; Holly, postrada en la cama de hospital pintándose antes de leer la carta de José Ybarra-Jaegar, a lo Shirley MacLaine en Postales desde el filo; la historia del cuervo que cuando Holly deja Tulip, Texas, la llama por su nombre desde los campos todo el verano.
Cierta literatura norteamericana se parece mucho a este librito y a las Nine Stories de Salinger. El trocito primero que os dejo abajo del todo, cuando Holly cuenta sus visitas a Sing Sing, es de un Faulkner con tacones (creo que es mi trocito favorito de Desayuno en Tiffany’s); el segundo es de una Dorothy Parker sin tacones. Capote tiene esos giros extraños de diversión, como de niño que monta en patineta y ha descubierto una manera esencial y única que pasa desapercibida a los no iniciados de remontar un bachecito en el empedrado con elegancia melancólica de pájaro sutil y ese humor difuso y difícil de aprehender, como de quien estuvo triste y ahora sólo está cansado. Pero Capote no es un literato, es un entrevistador. Exquisito y lírico pero entrevistador. Sabe observar y sabe contar, así como si mientras se arreglara el flequillo con negligencia. Qué maravillosas e inesperadas comparaciones a veces, las de Capote, quien recaba las informaciones pertinentes de sus informadores al mismo tiempo que les recaba los detalles de su personalidad. Por eso A sangre fría es su logro mayor o mejor dicho su único logro, el encargo se plegaba exactamente a sus modos de caballero-niño de la prensa.
Tengo que decir que la traducción publicada por Anagrama de Desayuno en Tiffany’s es un despropósito, la acabo de leer para escribir esto. No entiendo cómo se pueden transformar en español basura las frases livianas, doradas y aparentemente simples de Capote.

Por fuera del libro:
Capote tuvo una infancia desdichada y feliz, así todo junto, en el sur profundo de Estados Unidos, hasta que su madre se casó con un cubano cuyo apellido se quedó el niño Truman y se fueron a vivir a la costa este. La parafernalia de la personalidad capotiana impide ver el bosque de su relativa insignificancia literaria. Todas las amigas millonarias que lo rodearon en su juventud, sus noches en el Morocco, su posterior y terrible decadencia, tapan la verdad de que Capote escribió mucho menos y mucho menos bien de lo que debiera haber escrito. Quizá tendría que haberse quedado en el New Yorker contando esas non-fiction que insistía pataleante en haber inventado. No me gustan sus cuentos. Me hipnotiza A sangre fría. Me gusta Desayuno en Tiffany’s. Seguramente con eso baste.

Desayuno en Tiffany’s en inglés

Desayuno en Tiffany’s en español

Daniel Mendelsohn sobre Truman Capote

Cachitos de Desayuno en Tiffany’s:

All the visitors do make an effort to look their best, and it’s very tender, it’s sweet as hell, the way the women wear their prettiest everything, I mean the old ones and the really poor ones too, they make the dearest effort to look nice and smell nice too, and I love them for it. I love the kids too, especially the colored ones. I mean the kids the wives bring. It should be sad, seeing the kids there, but it isn’t, they have ribbons in their hair and lots of shine on their shoes, you’d think there was going to be ice cream; and sometimes that’s what it’s like in the visitors’ room, a party. Anyway it’s not like the movies: you know, grim whisperings through a grille. There isn’t any grille, just a counter between you and them, and the kids can stand on it to be hugged; all you have to do to kiss somebody is lean across. What I like most, they’re so happy to see each other, they’ve saved up so much to talk about, it isn’t possible to be dull, they keep laughing and holding hands. It’s different afterwards, she said. I see them on the train. They sit so quiet watching the river go by.

I can’t get excited by a man until he’s forty-two. I know this idiot girl who keeps telling me I ought to go to a head-shrinker; she says I have a father complex. Which is so much merde. I simply trained myself to like older men, and it was the smartest thing I ever did. How old is W. Somerset Maugham?

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