Dejemos hablar al viento. Juan Carlos Onetti

Dejemos hablar al viento_Juan Carlos OnettiCitas: Me rechazaban como una silla de acero rechaza al pobre que busca descansar en ella para conmover y explicar su necesidad de consuelo.

No sé, exactamente, cuándo decidí aceptar irremediable la necedad humana. Abstenerme de contradecir. No sé cuándo aprendí a saborear silencioso mi total desavenencia con varones y hembras.

Dejemos hablar al viento. Los cansados de vivir que siguen viviendo torcidamente. Los ‘entregados a la furia del fracaso y la desolación’ como tan vistosamente dice en la solapa de la edición de Bruguera que tengo destrozada entre las manos. Los estafados que dejaron ir y retienen sus olvidos y los retuercen hasta hacerlos concordar con recuerdos falsos de un pasado que nunca sucedió, o mejor: de un presente que no está sucediendo. Los moribundos en pie. Los asombrosos abyectos. Los personajes de Onetti. Todos esos derrotados que mienten siempre y se molestan tan poco por aparentar realidad como su autor. Todos los que se construyen la vida a párrafos donde la historia va creándose a varias voces delante de los ojos en puñaditos de adjetivos extraño milagro al juntarse, como en esa conversación donde Medina le dice a Quinteros y a Wright me ayudan o prueban suerte con cualquier disparate, como cuando un Larsen muerto hace tiempo en otro libro resucita para invitar a Quinteros a que invente la historia que más le guste; la arquitectura de lo irreal es tan caprichosa como es en realidad la arquitectura de lo real, dicen. La vida es amarga, hemos caído donde no nos corresponde, dicen. Inventemos, ya que estamos enfermos de asco, dicen. Lo incomprensible es que los mundos inventados sean tan desolados y tristes como los reales (lo real como la ficción primera creada por Onetti o como la ficción segunda creada por Brausen). Dejemos hablar al viento, dicen. Las evocaciones y recuerdos de Medina de Santa María son, a todas luces, invenciones, y su búsqueda de la chicuela de la nariz respingona y el labio hinchado, la prostituta de los pantalones azules, es la búsqueda de a quién llevar disfrazada literariamente de Juanina hasta Santa María, la ciudad que no existe. Medina, el pintor mantenido por esa Frieda transformado en comisario en el mundo paralelo. No es sólo Medina el que inventa, de lejos llegan las invenciones reverberadas de Brausen o Díaz Grey o de Quinteros de la escrita Santa María a Lavanda-Montevideo y vuelta. Para leer hay que aceptar el juego de que lo que se está leyendo es completamente falso, siempre, y sobre todo, siempre en los libros de Onetti. Me siento derrotado por mi propia obra, dice él mismo. En Dejemos hablar al viento Onetti muestra abiertamente todos sus artificios, además de copiar fragmentos de El pozo, de La vida breve, de Juntacadáveres, de Para una tumba sin nombre (que me haya dado cuenta no deja de ser preocupante), intenta convocar a todos los habitantes con los que pobló Santa María, a todos esos fantasmas que esperaran contra la esperanza, que arrastran sus penas secretas novela a novela, cuento a cuento. En este libro deja que venza la derrota y destruye a fuego inventado el mundo inventado, para que ya no tengan sitio por el que moverse todos esos seres que hablan entre ellos sin la más mínima intención de comunicarse, sólo para seguir construyendo sus vidas y sus mundos de mentira.
Creo que seguramente en el exilio a Juan Carlos Onetti le dejó de divertir escribir y decidió ahogar todo en una palangana de literatura. Llevo dos días yo misma ahogada en ese libro palangana, llevándolo conmigo a la rambla, a Playa Ramírez, al Parque Rodó, le he dejado un cerco al apoyar mi mate de Itatí sobre la cara de Onetti de la contraportada. Estoy escuchando a Gardel para escribir esto, a la luz de una lámpara infame y sufriendo el calor que todo el día se acumuló en mi cuartito montevideano, bien metida en el tipo que dirían en mi tierra. Aunque no es la primera vez que leo Dejemos hablar al viento es la primera vez que lo leo en Montevideo y me sobresalto al reconocer los sitios y eso que llaman atmósfera que yo creía que era un invento triste onettiano y no, existe verdaderamente esa bruma de melancolía y de lo lento que es la dueña verdadera de la desembocadura del Plata. Qué es Juan Carlos Onetti sin eso o sin tango. Nada. ¿Alguien lo había dicho? Seguramente, ahora lo digo yo mientras espero que a algún día alguien recite esto en su cabeza cuando yo me vaya: La dejé ir y estuve esperando mientras me sentía estafado y moribundo de amor.

Por fuera del libro:
Esta vez no tengo versión on line que dejaros, no he podido encontrar por ningún sitio. Tendréis que comprarlo. No es difícil de encontrar de segunda mano porque parece que todos sus dueños quieren deshacerse de él: en la Cuesta de Moyano o en la calle Corrientes lo he visto muchas veces. A decir verdad habría que leer antes otros libros de Onetti para poder leer éste.

Una referencia bonita

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4 respuestas a Dejemos hablar al viento. Juan Carlos Onetti

  1. Visitante Casual dijo:

    Alguna vez supuse que podría, durante un tiempo relativo y sólo por verlo y escuchar armar frases, acompañar a Onetti borracho y desvariando sin red ni trama que lo sostuviera; sin contacto con alguno de los mitos que nos ayudan a mantenernos sobre la aparente superficie racional de los hechos. Sin embargo, ahora, en estos días, que estoy por la mitad de este relato que voy consumiendo según mi actual modo que es el de a pequeños sorbos, únicamente de noche y solo en la cama con ambas lámparas encendidas que presumo sirios sobre sus mesas laderas; me anima a seguir, aunque por primera vez dejaría de lado uno de sus libros, la pista lógica que el incendio anunciado va a ocurrir porque el pobre viejo y por mí tan querido, no logra ingresar a su Santa María; que quienes conocemos sabemos la felicidad creativa que representa. Algo sospecha usted, y lo expresa: “a Onetti le dejó de divertir escribir y decidió ahogar todo en una palangana de literatura”
    Tal vez mi hipótesis esté equivocada, importa poco, faltan además algunas noches para que llegue el incendio. Igualmente, a ocurrido luego el conmovedor Cuando ya no importe.

  2. Visitante Casual dijo:

    cirios – ha ocurrido

  3. Visitante Casual dijo:

    Desde diciembre a la fecha, con alguna interrupción breve por lecturas aleatorias, he alcanzado anoche por segunda vez la segunda parte de esta novela. Comienza el relato en Santa María, en tercera persona y con potestad omnisciente. Induce a pensar que sigue siendo Medina el narrador pero ahora en ficción, en otra vuelta de la infinita ficción Onettiana, sobre un posible, imaginario final para la acción que ha culminado en la primera parte; en el amueblado de Carreño donde Medina quedará durante un tiempo, “hasta el aburrimiento” con Olga, su Gurisa, invitado por el fantasmal Larsen, quien como una degradada musa agusanada y valiéndose del poder simbólico de un trozo de papel que representa las “sagradas escrituras” lo invita a hacer un viaje e imaginar un final para la historia que acaba de terminar.
    Lo que viene, la segunda arte es la ficción de Medina. La relación con el hijo, la muerte violenta de Frieda.
    No es un mero detalle en la lógica de Onetti, que a su enorme arte de narrador ha sumado además una complejísima trama de estructuras y niveles de realidades variando los relatos según los narradores.
    No da lo mismo; que Medina mate a Frieda, el principal hecho a mi juicio de la novela (no el incendio que son unas líneas intrascendentes al fina); que mate a Frieda, la mujer varón con quien mantiene una extraña relación de poderes, de lealtades y traiciones; la relación psicológicamente más rica de toda la novela, no da lo mismo digo, que tal muerte ocurra en la ficción de Medina y no en el relato de la primera parte, que por efecto de la segunda pasa a tener un status de realidad diferente.
    En grandes rasgos esta inflexión en los narradores es lo que ordena en mí la lectura. También tiene sentido en que se confirma para mí la primera hipótesis, aunque en otro plano de interpretación, respecto de la imposibilidad de ingresar a Santa María. Hay muchas pistas al respecto; Larsen también se lo dice: ”Usted puede ir a Santa María cuando quiera”. Y ya que menciono pistas, aprovecho para anotar que Medina encuentra en la habitación un papel membretado donde ensaya una carta a Gurisa.
    Enorme esta novela, riquísima.
    De ninguna manera acompaño su adjetivación señora, si es que Usted existe, de “palangana de literatura”.
    Todas las noches me emociona y sorprende la inteligencia de este hombre, de quien admiro antes que nada su ética, para entrelazar sus originalísimas observaciones.
    Dejaré nada más como una muestra la que entre otras, ocurrió anoche al leer el encuentro ficticio de Medina con su dudoso hijo Seoane en la piesucha al fondo de lo de Barrientos.
    …-Bueno – dijo Seoane desde la cama, con una voz aguda y lisa, como si acabara de serle concedida o devuelta y la ensayara para aprender a expresar algo-Bueno…
    A quien más que al grandioso Onetti se le puede ocurrir una descripción como esta. Y son cientos y cientos de páginas cargadas de originalidades semejantes!
    Mis respetos.

  4. Ana Rosa González Juárez dijo:

    Pues yo fue el primero que leí de Onetti, y supe que había encontrado a mi maestro.

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