Bajo el volcán. Malcom Lowry

Una cita:  What beauty can compare to that of a cantina in the early morning?  Your volcanoes outside?  Your stars – Ras Algeti? Antares raging south south-east? Forgive me, no.

And he’d grown into a man who could shave and put on his socks by himself.
Como el amor y la sabiduría, el ave no tenía sede fija
. 

Dicen que Bajo el volcán es el relato de un descenso a los infiernos; en todo caso sería el relato de un ascenso a los infiernos: quien haya hecho ese paseo sabe que no hay un tobogán divertido hacia lo bajo sino que para llegar al abismo hay que embarrarse en una escalada agotadora y cochina. La aflicción sin origen de Geoffrey Firmin, su frenesí insensato, aunque contenido, no del todo desbocado, casi admirable, su sufrimiento sin base firme, su búsqueda de la oscuridad, su negativa a salir del fango son, y él lo sabe, su manera de agarrarse de manos, pies y boca de la pared vertical por la que sube despacito hacia el infierno. Facilis est descensus Averno, dice Laruelle, que piensa como el populacho que para llegar sólo hay que dejarse caer. Me encanta el infierno. Se me hace tarde para regresar a él. De hecho, voy corriendo, ya casi estoy de vuelta en él, dice Firmin en el capítulo XII, cuando todo está consumado, como conocedor de las sutiles dificultades de llegar a la podredumbre espiritual perfecta. Podría seguir con las metáforas baratuchas pero no lo haré porque para mí Bajo el volcán no es ni un viaje a ninguna parte ni una crónica de alcoholes ni un libro político, sino una historia de desamor que termina como todas las historias de desamor, tirada en un barranco como un perro muerto.
Lo que sí es Bajo el volcán es una sinfonía, o más bien una sonata, con sus doce movimientos bien separaditos y diferentes, cada uno con su espíritu y su letra, sus leitmotiv, sus temas que van y vienen y aparecen de repente enganchados en el transcurso musical con imperdibles (el cartel de la película de Peter Lorre, la vieja que juega al domino, la Virgen de los Desamparados, el caballo con el número 7 grabado en el lomo, el quetzal, los anuncios del doctor Vigil, los versos No se puede vivir sin amar, Might a soul bathe there and be clean or slake its drought?, etc.) Su musiquita va pasando por delante de los oídos del capítulo 1 al 12, aunque el primero es el flashback peliculero que os aconsejo que leáis después de los demás la segunda vez que leáis el libro (sí, la segunda). Y no es que sobre, es que es mejor leerlo después, cuando se sabe todo (los flashbacks deberían estar prohibidos por ley, en la literatura y en el cine, menos en Cumbres borrascosas).
Bajo el volcán se publicó el año que nació mi padre y transcurre el día en que mi abuelo luchaba y perdía en la Batalla del Ebro. Doce capítulos cuyo centro es el 6 (y qué capítulo es el 6, debería obligar a todo cachorro aristocrático veinteañero con ínfulas y guitarra a leerlo), y esos son todos los números a los que haré referencia. Quien quiera conocer las interpretaciones secretas y alquimistas y las simbologías de Lowry que se lea El volcán, el mezcal, los comisarios.
Con qué impiedad se descarna Lowry, con que falta de afecto se desnuda y se mirotea en el espejo para suerte nuestra. Qué lucidez inútil para hablar de su propia destrucción y de su terrible soledad. Como Hugh Firmin, el rescatador de gaviotas, cazador de estrellas comestibles, ese Firmin joven, ese Lowry joven, ese domador de toros y guerras perdidas, o como Hugh Firmin, los dos son Lowry. Qué momentos esos en los que Hugh afeita a Geoffrey y le pone los calcetines o le compra una botellita de habanero para llevársela a los toros.
Si en Las tiendas de color canela me gusta buscar familias cromáticas, en Bajo el volcán me gusta hacer listas de animales (pollo amarrado, perro que los sigue, dos cervatillos sacrificados, dos gatos muertos llamados Edipo y Pathos, un quetzal de cola color cobre, zopilotes, guajolote, cabra, perro llamado Harpo, caballos, perro de lanas blancas, perros callejeros que siguen al cónsul horribles criaturas su misma sombra, armadillo de la niña, gato, alacrán, gallinas, gallos y guajolotes, terrier escocés, más zopilotes, foca, garza, martín pescador, golondrinas, gaviotas, estrellas marinas, cangrejillos, toro domado por Hugh, un gallo de pelea, remolinos de aves verdes y anaranjadas, dos cerditos, aguilucho enjaulado que libera Yvonne, oso hormiguero, dos cacatúas), lista de los alcoholes que se toma Firmin en esas 24 horas, o mi lista favorita: las referencias a los barcos (vapor volandero vagabundo, nave fustigada por la cola del Cabo de Hornos y condenada a no llegar nunca a su Valparaíso). Lowry ama tanto hacer símiles y metáforas con barcos y odas a lo marino como Céline, y pese a la diferencia de estilo en la búsqueda de ahogo (Céline se ancla al salvavidas del asco y Lowry se amarra la pierna a la cadena del ancla antes de que la arrojen al mar para fondear), el respiro del mar, el barco como oasis, el traslado y el océano como posibilidad de cambio o como canción de cuna, ahí anda, en los dos.

Por fuera del libro:
Bajo el volcán no es un paseíto dominical. Malcom Lowry tardó diez años en escribirlo y Raúl Ortiz y Ortiz dos años y medio en traducirlo. Les quedó (a los dos, porque la versión española de Ortiz es una novela que vale lo que vale la original), nada más y nada menos que uno de los libros más arrebatados, musicales y terribles de no sé, si queréis digo el siglo XX. Hay que acudir a él con reverencia y dispuesto al sufrimiento pero con gozo, como a un concierto de Shostakóvich o de Prokofiev cuando todavía Prokofiev no era pop. A Jorge Semprún le gustaba mucho este libro, y esperaba de Lowry que su vida y su obra nos ayuden a destruir la funesta concepción de la literatura como vocación de servicio: que nos ayuden a comprender que un escritor no debe tomarse en serio, que lo único que hay que tomarse en serio es la literatura misma. Y que lo diga él vale más que lo diga yo.
Si vais a Cuernavaca, almorzad en Los Colorines y saludad a la estatua de Humboldt de mi parte.

Bajo el volcán en inglés

Bajo el volcán en español

Una referencia bonita

 

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Una respuesta a Bajo el volcán. Malcom Lowry

  1. Lo he intentado varias veces con este libro. Me encantan las novelas que giran alrededor de conductas compulsivas autodestructivas y este es un clásico. Pero en la página 200 lo dejé hace años y ahi se ha quedado y tengo la edición que tu mencionas. Siendo como soy algún día lo retomaré…O quizás no.

    Me ha encantado tu comparación con Celine. Me encanta “Viaje al fin de la noche”

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