Atajo. Esteban Cabañas

Atajo_Esteban_CabañasCitas: Implicarse es la forma de manipular el destino.

—¿Qué es lo mío?
—Esconderte en el paraíso de la ignorancia.

Abandonan su hogar. No saben adónde se dirigen. Es decir, adónde son salvajemente llevados.

Ir a un lugar donde no se conoce a nadie. Encontrarme, de pronto, sin mis paredes, sin mis puertas, sin mis calles, sin mis compañeros de colegio, sin mis hermanos. Poner entre dos partes un espacio inmenso. Tener la prueba impalpable de que importaba.

Ya lo dice el mismo Carlos Colombino alias Esteban Cabañas en la novela: Este relato es muy desparejo, muy confuso. No concuerdan fechas ni anécdotas, no hay un hilo que seguir,  así que no ahondaremos en su herida. Atajo está escrito casi todo en aforismos poéticos, pesados y muy como de escribano, en un español tan poco aparaguayado que me entristece un poco. La inverosimilitud de que una niña francesa que con catorce años decide quedarse en el Chaco paraguayo seducida por un macho de 24 (y digo macho porque la cualidad del hombre que arrastra a Margot es ésa, como queda demostrado en su otro arrebato de amor por Pilar el mestizo, el de las carnes moradas) sea cuatro hijos y muchos nietos más tarde una anciana que sabe tocar el piano y lee a Voltaire también la vamos a pasar por alto y hablaremos sólo de las cosas buenas de Atajo. No hay muchos autores paraguayos, así que a los que hay, hay que tratarlos con cariño, más a uno que lleva sólo cinco días muerto, así que voy a cuidar mucho al señor Colombino que creo que será mejor poeta que novelista.
Lo que me ha gustado de Atajo para mí no es Margot, la gringa alucinada y rechazada (es curioso cómo se rechaza en las tierras hostiles al extranjero que decide quedarse, como sospechando de sus motivos, en vez de recibirlo con la calidez y la curiosidad debidas) que se ata a un hombre bruto y a una tierra extraña y desolada por una mezcla de lujuria y necesidad de huida; no es el relato tenebroso de cómo para licenciarse del servicio militar los soldados entregan la cabeza de un indígena (aún hoy, según parece, grupos paramilitares y marines estadounidenses usan a los indígenas como cebos vivos para sus entrenamientos); no son el machismo y el racismo atávicos e intrínsecos que de tan incrustados como los llevan ni los notan (el marido que va al prostíbulo todas las semanas cuando descubre que la mujer un día yace junto al río con un mestizo lo desolla y tortura y abandona a la agonía en el monte); no es la relación hermosa con el nieto Rolando (tan diferente de la relación de la abuela francesa de Andreï Makine con Andreï Makine, otro nieto de francesa en tierra extraña: no podría haber dos productos de la emigración más diferentes); no es la caja de madera con los tarjetas con consejos, sino los mates que cada día a las cinco de la mañana Margot le ceba al marido en la veranda, mirando al río, antes de que él se vaya al trabajo. En este sitio tan seco, tan plano, tan sin nada, al que la selva vuelve extraño y profundo; al que el río de cauce poderoso, enervado de yacarés, peces plateados, camalotes infestados de víboras, impone su presencia fantástica, la francesa que ha llegado a ese momento desde el cual no se regresa, la extranjera que había huido de su familia y buscado asilo en este sitio al borde de la desaparición comparte con su marido (que le resulta indiferente en cualquier lugar menos en la cama), en esa hora de conyugalidad la costumbre del país. Me conmueve, qué le vamos a hacer.
Atajo salió de Asunción en un paquete con yuyos cuando Esteban Cabañas estaba vivo y llegó a mi casa cuando estaba muerto, enviado por mi querida Alicia Balmaceda. Espero que el hecho de haber caminado todas esas aguas hasta mis manos no haya sido factor determinante de su fallecimiento. Hoy he leído Atajo tomándome unos mates con yerba Campesino y los yuyitos correspondientes, acordándome de esa tierra extraña y hambrienta a pesar de su escandalosa fertilidad, de ese país al que me gustó tanto volver.

Por fuera del libro:
Carlos Colombino, nacido en 1937, vivió parte de su infancia en Puerto Pinasco, donde transcurren partes del libro precisamente después de la Segunda Guerra. Su abuela paterna era francesa, así que es fácil suponer que en el libro él es Rolando, el nieto dilecto al que (inquietantemente) su abuela inyecta letalmente para ahorrarle los horrores de la vida y luego sumerge en el río. Colombino es uno de esos artistas inquietos que pintan, hacen grabados, publican su primer libro de poemas a los 27 años (Los monstruos vanos), recorren el mundo, son críticos con los regímenes totalitarios y por tanto perseguidos, escriben obras de teatro, llevan siempre sombrero y eligen permanecer en su país ignoto (y digo ignoto porque el Paraguay es un desconocido hasta para sus vecinos más próximos) montando centros culturales y ocupándose por el patrimonio artístico nacional. El también desconocido Museo de Bellas Artes de Corrientes expuso sus obras en el 2009. Aquí os dejo algunas de sus magníficas xilopinturas.

Poema de Esteban Cabañas

Un cachito de Atajos:
Mental e imperceptiblemente se fue divorciando de lo real. Nadie se daba cuenta de esa distancia que iba ella tomando, salvo, quizá, Rolando. Y por supuesto, el abuelo, para quien la mujer alucinada era ya una forma constante que, de alguna manera, se verificaba sólo cuando tomaban el mate a las cinco de la mañana. En esas horas, sentados en el umbral de la casa, volvían a ser esos dos seres casi perdidos en el espacio. El abuelo, que había nacido debajo de un carromato en Tobatí, durante la guerra devastadora, apenas había recibido los rudimentos escolares. No estaba a la altura de esa francesa.

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