1984. George Orwell

George_Orwell_1984

Citas: —¿Cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
—Haciéndole sufrir.

Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas.

Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más posible.

En el fondo de tu corazón prefieres el viejo idioma con toda su vaguedad y sus inútiles matices de significado. No sientes la belleza de la destrucción de las palabras.

El Gran Hermano es un Stalin londinense, hasta tiene su mismo bigote. Su ojo avizor y su vigilancia continua (que al fin son lo que ha trascendido del libro para los que no lo han leído) son casi anecdóticos a pesar de su insidia, como la observación constante bajo la que te tiene la vecina aburrida; el espionaje agobiador es el vehículo de la doctrina pisoteadora, pero hay algo mucho peor que sentirse vigilado: vivir sometido. Lo impactante de 1984 es el terror sumiso en el que vive la mayoría, subyugada por unos pocos miembros del Partido Interior. Durante gran parte del libro da la impresión de que el aparato de vigilancia en Oceanía podría ser un verso, las telepantallas podrían ser falsas y la Policía del Pensamiento ni siquiera existir; en muchos momentos de 1984, antes de que llegue el desenlace, piensas que quizás sean inventadas las torturas y las desapariciones, porque con el miedo tan bien instaurado y la miseria constante e impuesta es suficiente para mantener a raya a la población borreguil o más bien a esos tiritantes bueyes de tiro. Y eso sí que aterra: un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo cada día más despiadado; la masa, entregada con la yugular por delante a su verdugo, sin resistencia y sin pena. Claro que siempre hay excepciones. 1984 es la historia de un intento de excepción, de una esperanza vana, un rato de redención y de respiro, aunque sea sólo una redención de pobre que se siente libre al poder tomar café verdadero con azúcar verdadera y chocolate no sucedáneo mientras le lee un libro a una mujer y no una liberación verdadera. Por eso lo que más me gusta de 1984 es que el sexo sea un acto de resistencia política, porque en el sexo es donde se conservan las emociones dignas y las penas profundas y complejas de lo privado, que al fin y al cabo es la libertad que roba el sistema: la posibilidad de un universo propio e irreconciliable con las formas del mundo, nuestra parcela de verdad. Eso, el lenguaje como marcador de límites del pensamiento y el gusto por las cosas bonitas. Winston Smith, el protagonista, es un esteta a fuerza de privaciones. Julia, la que se desnuda con un magnífico gesto que aniquila toda una civilización, la que no es una rebelde más que de cintura para abajo, la muchacha alegre con la faja roja anudada en la cintura, qué es para Winston sino un objeto hermoso, un vehículo hasta la belleza como el pisapapeles de coral, como el cuaderno de cremoso papel satinado o la plumilla con su mango de madera con la que al escribir empieza a desatarse de su esclavitud. Porque Winston ha conocido tres mujeres en su vida: una madre muerta, una esposa frígida, una prostituta ajada; para él las mujeres no son mujeres, son un domingo en el campo.
1984 establece que lo que nos hace libres es lo que somos capaces de alcanzar con el pensamiento, ergo con las palabras; que la verdad se inventa; que el primer privilegio que te roba el poder es la capacidad de ejercer la inteligencia; que quizá los únicos verdaderamente oprimidos sean los que siendo conscientes de su opresión permanecen sumisos.

Por fuera del libro:
Orwell antes de escribir sus dos famosas novelas fue un conocido periodista y ensayista. Y bastante bueno, por cierto. Para muestra, basta el botón del Dispararle a un elefante. Ya habré dicho alguna vez en esta web que cuando en las portadillas de los libros enumeran las mil y una profesiones que ejerció el escritor antes de ser escritor como la gran cosa, que hay que recordar que los escritores verdaderos suelen pasar hambre y que suelen ser gente sin dios y bastante quilombera y bamboleante. Nunca un escritor es policía y maestro y estibador y camarero por gusto o por búsqueda primordial, sino porque no le queda más remedio. Además, una vez sentados en los sillones de sus royalties, suelen gustar de exagerar un poquito sus aventuras internacionales. No es el caso. Me acabo de pedir por internet Down and Out in Paris and London, así que ya os contaré.
George Orwell estuvo en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española; allí, después de que le tocara vivir en Barcelona la brutalidad y cerrazón de los comunistas estalinistas y pro soviéticos que acusaron y purgaron a los del POUM por trotskistas y, atención, fascistas, le agarró una tirria consistente a la hoz y al martillo. También le tocó ver cómo las mentiras elegidas pasaban a los registros permanentes y se convertirían en la verdad. Orwell se preguntó cómo se contaría la guerra cuando pasaran muchos años, qué quedaría de la verdad una vez desaparecidos sus testigos y arreglados los registros. Creo que mucho de eso está en 1984, más allá del terrible retrato del estado totalitario o simplemente moderno nuestro donde los principios sagrados efectivamente son la neolengua, el doblepensar, la mutabilidad del pasado. Winston Smith intenta desesperadamente encontrar a alguien lo suficientemente viejo para acordarse de la verdad o un cachito de papel que atestigüe sin toqueteos el pasado.

1984 en inglés

1984 en español

Ensayos de George Orwell

Cachitos de 1984:
A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.  Se trataba sólo de pasar el tiempo en inmundas tareas, luchar para poder meterse en el metro, remendarse un calcetín como un colador, disolver con resignación una pastilla de sacarina y emplear toda la habilidad posible para conservar una colilla.

Incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría a veces, era un descontento que no servía para nada porque, por carecer de ideas generales, concentraban su espíritu de rebeldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los grandes males, ni los olían.

El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes.

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