Bariloche. Andrés Neuman

Bariloche_Andres_Neuman

Citas: Dios santo, cómo podía haber tanta, tanta mierda.

El sexo se hace solo, sin nosotros, el sexo se ejecuta a sí mismo.

Desde esa vez mi vida va así medio lismoneando cachitos de ese sentimiento.

Qué gran librito triste, Bariloche. Qué manera de decir la de Neuman a sus 22 años de entonces (no he querido leer nunca ninguno de sus otros libros, me da miedo que no me azoren lo mismo que éste, o peor, que me parezcan horribles, que yo soy muy dada). Bariloche es como una trituradora gigante en la que hubiesen metido muchas referencias desordenadas y muchas habilidades literarias ajenas que luego salieran devueltas por otro caño como una materia compacta y limpia. Qué maestría de pescado vivo que nadando en una pecera chiquita vislumbra el océano, qué monstruo penal Demetrio Rota, el basurero rionegrino ex-relojero que hace puzzles. Cuánto tango, pero tango uruguayo y no porteño, de ése que sí se rechifla en su tristeza sin que lo miren los turistas, de ése que dice las verdades más baratuchas y te conmueve a tu pesar. Cuántas cosas inmensas caben en un librito tan chico: la rosa disecada sobre la mesa del Petiso, el camarero que por respeto se cambia la pajarita del trabajo por la corbata de duelo, el olor a soga del linyera, la insoportable y hermosa simplicidad del Negro, la carta arrabalera que Verónica echa por debajo de la puerta, una muchacha pelirroja en camisón sentada sobre un tronco esperando, el hijo que queda huérfano en el momento en el que tiene que empezar a ser padre de sus padres y queda por siempre desvalido.
A veces basta un libro, qué sé yo. Yo desde luego no quiero leer más nada de Andrés Neuman.

Por fuera del libro:
En la primera página de todos mis libros pongo la ciudad en que los compré o me los regalaron y la fecha. Así sé que tengo Bariloche desde Granada, enero del 2000. En esa época vivía cerca de Puerta Real, donde me gustaba (y me gusta todavía cuando voy) sentarme en los bancos alrededor de la fuente de las Batallas. A veces, allí sentada, veía pasar a Neuman con su pinta desvalida de entonces, que seguramente ya no tenga; me daban ganas de ir a decirle cuánto me había gustado su libro, pero nunca lo hice. Pasaron los años y viví en Bariloche, viví en Buenos Aires, conocí todos esos sitios de los que habla Neuman en su libro, y la prueba de que me sedujo es que a veces recordé fugazmente a sus basureros mientras andaba por Independencia (que obviamente hace mucho que dejó de ser la Independencia de Bariloche), que a veces frente al lago Gutiérrez intenté medir mis recuerdos mientras se construían con lo que recordaba de los recuerdos de Demetrio Rota. Nunca había vuelto a leer Bariloche, ha estado metido en una caja años. Hoy lo recordé y lo busqué y lo leí para esperar que me bajara la fiebre, gran mérito del libro ahora que ando enemistada con mi argentinidad adquirida. No he dejado de preguntarme cómo fue posible que sin que yo conociera ni Chacarita no los amancays ni la estación Lacroze ni el Nahuel Huapí pudiera Neuman transmitirme tan exactamente eso que luego yo misma vi con el mismo desvalimiento desvalido pero bien plantado de Demetrio, el exiliado.

Bariloche en Scribd

Sur de Homero Manzi y Aníbal Troilo

Una fotito de Bariloche

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El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald

Citas: He invented just the sort of Jay Gatsby that a seventeen year old boy would be likely to invent, and to this conception he was faithful to the end.

He looked at Daisy while she was speaking, in a way that every young girl wants to be looked at sometime.

A James Gatz no le gusta la vida que le tocó en suerte. No le gustan sus padres, no le gusta el destino de granjero que le espera ni el lugar donde nació (Dakota del Norte, que viene a ser como nacer en una comarca cabrera para alguien que tiene ambición de Champs Élysées), así que se corta y se cose encima y a su medida la vida que le gustaría tener, empezando por su propio nombre. Gatsby se fabrica una existencia falsa a partir de varios retacitos minúsculos verdaderos; primero por esa tristeza pataleadora del chicuelo pobre pero brillante que desespera por tener lo que no nació para tener y luego para impresionar a una muchacha, pero no a cualquier muchacha, sino a Daisy Buchanan, la más guapa de la alta sociedad de Louisville. Porque lo que tiene Gatsby es un mal de altura: su hambre es pertenecer al arriba, al círculo más alejado del suyo. Para Daisy Buchanan, la de la voz que suena a dinero, esa Zelda Fitzgerald de papel, Gatsby es un Mr. Darcy, ese señor que casi todas las mujeres queremos que nos elija y despliegue todo su talento y sus alfombras para recibirnos, aunque Gatsby sea un Mr. Darcy de temporada porque su encanto es adquirido, trabajado en el gimnasio de las intenciones, como su acento de Oxford y su riqueza amasada así a lo bruto. Quién no querría conocer a El gran Gatsby, no sólo por sus fiestas espléndidas, sino sobre todo después de saber la verdad verdadera y su manera aparatosa e ingenua de esconderla, su manera norteamericana de subirse a los hombros de los gigantes para hacerse la ilusión de ser un gigante pero en vez de como hombre hecho a sí mismo como hombre inventor de sí mismo. Quién no le devolvería a su prometido las perlas el día de su boda si llegara carta de Gatsby diciendo que nos quiere (una de mis dos escenas predilectas del libro, la otra es cuando Gatsby manda a su jardinero a cortar el césped de Nick Carraway). Gatsby monta su vida como un espectáculo de fuegos artificiales, como una constante fiesta portátil. Gatsby sueña y acomete y termina ahogado en su propia piscina de ilusiones porque el mundo nunca es generoso con los vibrantes. Los personajes de Philip Roth, de Norman Mailer rezuman ese mismo dolor de no poder alcanzar el sueño americano, aunque yo creo que El gran Gatsby no es una metáfora, es la vida verdadera de un señor verdadero que quiso ser otra cosa distinta de lo que era y eso no se le perdona a casi nadie.
Scott Fitzgerald lanza naranjas lingüísticas recogidas de su propio esplendoroso naranjo, potentes y con efecto, lo suficientemente contundentes como para hacernos comprender con su lenguaje peculiar que James Gatz nació con la estrella que le falta, pese a su pedigrí y a sus caballos de polo, a Tom Buchanan. Esa estrella Gatsby es la que hay que admirar leyendo el libro, aunque el mismo Fitzgerald dice, cuando habla del primer beso sureño de Daisy y Gatsby, que por un momento se acuerda y luego se olvida de qué era ese brillo.
Scott Fitzgerald escribió dos novelas estupendísimas, El gran Gatsby y El último magnate, que ni terminó. Todos sus otros libros son un arrastrar de pies por los para él lujosos salones del alcoholismo. Ahora que se está poniendo de moda de nuevo por culpa de tanta peliculita es una buena ocasión para intentar entender por qué alguien que podía escribir así de bien decidió escribir así de baratuchamente y para implorar por favor por favor hagan otra traducción al español porque la que hay es horrorosa.

Por fuera del libro:
El Gran Gatsby le gustaba mucho a Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, casi tanto como Fuera de África. A Hemingway El Gran Gatsby le parecía el único libro honesto de Fitzgerald, y se desesperaba porque F.S. desperdiciara su talento. Parece que Scott Fitzgerald estaba de acuerdo con él, si no no se habría vapuleado tanto a sí mismo en Suave es la noche, que es una novela medio insoportable pero de la que salió sin embargo una película que nos gusta mucho en esta casa aunque nos haga mordernos los nudillos de desesperación.

El gran Gatsby en inglés

El gran Gatsby en español

El gran Gatsby en película

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Desayuno en Tiffany’s. Truman Capote

Desayuno en Tiffany_Truman CapoteCitas: I’m in New York cause I’ve never been to New York.

I have a memory of spending many hither and yonning days with Holly; and it’s true, we did at odd moments see a great deal of each other; but on the whole, the memory is false.

 I felt infuriatingly left out — a tugboat in drydock while she, glittery voyager of secure destination, steamed down the harbor with whistles whistling and confetti in the air.

Creo que Desayuno en Tiffany’s es una glosa del amor de un amigo delicado por una amiga locuela, una de ésas muchachas de personalidad arrebatadora (algunos dirían arrebatada) que pretenden que les gusta estar al margen y que incluso se construyen una filosofía o pose acerca de sus maneras libres contra la convención, pero que mueren porque alguien las rescate de su calle y les ponga nombre como al Gato. Desayuno en Tiffany’s es el tributo de Capote a Marilyn al tiempo pasado juntos. Esto, por supuesto, es una absurda teoría mía, pero para mí Holly Golightly, esa muchacha escandalosa de frases lapidarias (I let him play kneesie under the table, because frankly I didn’t find him at all banal), se entiende perfectamente si te imaginas a la Monroe haciendo sus mohínes y persiguiendo maduros millonarios en Some like it hot. Aunque Desayuno en Tiffany’s se publicó en el 58 y Marilyn murió en el 62, para mí es como una novella-elegía. Y aunque la madre de Capote, señora de cascos ligeros, se llamara Lillie Mae y Holly Golightly se llamara en realidad Lulamae, no me fastidiéis mi cosmogonía inventada.
Mis trozos predilectos: Holly entrevista por Capote antes de conocerse, en brazos de oficiales australianos o cenando en el 21; todos los trocitos en los que sale Joe Bell;  O.J. contando la vida de aspirante a estrella de Hollywood de Holly; Holly, postrada en la cama de hospital pintándose antes de leer la carta de José Ybarra-Jaegar, a lo Shirley MacLaine en Postales desde el filo; la historia del cuervo que cuando Holly deja Tulip, Texas, la llama por su nombre desde los campos todo el verano.
Cierta literatura norteamericana se parece mucho a este librito y a las Nine Stories de Salinger. El trocito primero que os dejo abajo del todo, cuando Holly cuenta sus visitas a Sing Sing, es de un Faulkner con tacones (creo que es mi trocito favorito de Desayuno en Tiffany’s); el segundo es de una Dorothy Parker sin tacones. Capote tiene esos giros extraños de diversión, como de niño que monta en patineta y ha descubierto una manera esencial y única que pasa desapercibida a los no iniciados de remontar un bachecito en el empedrado con elegancia melancólica de pájaro sutil y ese humor difuso y difícil de aprehender, como de quien estuvo triste y ahora sólo está cansado. Pero Capote no es un literato, es un entrevistador. Exquisito y lírico pero entrevistador. Sabe observar y sabe contar, así como si mientras se arreglara el flequillo con negligencia. Qué maravillosas e inesperadas comparaciones a veces, las de Capote, quien recaba las informaciones pertinentes de sus informadores al mismo tiempo que les recaba los detalles de su personalidad. Por eso A sangre fría es su logro mayor o mejor dicho su único logro, el encargo se plegaba exactamente a sus modos de caballero-niño de la prensa.
Tengo que decir que la traducción publicada por Anagrama de Desayuno en Tiffany’s es un despropósito, la acabo de leer para escribir esto. No entiendo cómo se pueden transformar en español basura las frases livianas, doradas y aparentemente simples de Capote.

Por fuera del libro:
Capote tuvo una infancia desdichada y feliz, así todo junto, en el sur profundo de Estados Unidos, hasta que su madre se casó con un cubano cuyo apellido se quedó el niño Truman y se fueron a vivir a la costa este. La parafernalia de la personalidad capotiana impide ver el bosque de su relativa insignificancia literaria. Todas las amigas millonarias que lo rodearon en su juventud, sus noches en el Morocco, su posterior y terrible decadencia, tapan la verdad de que Capote escribió mucho menos y mucho menos bien de lo que debiera haber escrito. Quizá tendría que haberse quedado en el New Yorker contando esas non-fiction que insistía pataleante en haber inventado. No me gustan sus cuentos. Me hipnotiza A sangre fría. Me gusta Desayuno en Tiffany’s. Seguramente con eso baste.

Desayuno en Tiffany’s en inglés

Desayuno en Tiffany’s en español

Daniel Mendelsohn sobre Truman Capote

Cachitos de Desayuno en Tiffany’s:

All the visitors do make an effort to look their best, and it’s very tender, it’s sweet as hell, the way the women wear their prettiest everything, I mean the old ones and the really poor ones too, they make the dearest effort to look nice and smell nice too, and I love them for it. I love the kids too, especially the colored ones. I mean the kids the wives bring. It should be sad, seeing the kids there, but it isn’t, they have ribbons in their hair and lots of shine on their shoes, you’d think there was going to be ice cream; and sometimes that’s what it’s like in the visitors’ room, a party. Anyway it’s not like the movies: you know, grim whisperings through a grille. There isn’t any grille, just a counter between you and them, and the kids can stand on it to be hugged; all you have to do to kiss somebody is lean across. What I like most, they’re so happy to see each other, they’ve saved up so much to talk about, it isn’t possible to be dull, they keep laughing and holding hands. It’s different afterwards, she said. I see them on the train. They sit so quiet watching the river go by.

I can’t get excited by a man until he’s forty-two. I know this idiot girl who keeps telling me I ought to go to a head-shrinker; she says I have a father complex. Which is so much merde. I simply trained myself to like older men, and it was the smartest thing I ever did. How old is W. Somerset Maugham?

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El miedo del portero al penalty. Peter Handke

El miedo del portero al penalty_Peter HandkeCitas: Le parecía sospechoso que se pudiera empezar a hablar sabiendo ya de antemano cuál iba a ser el final de la frase.

Me senté en una cafetería a leer este libro, mi primer Handke, antes de ayer; ayer leí mi segundo Handke y hoy mi tercero, no creáis que porque me gusta mucho sino porque quiero saber. Peter Handke es uno de esos escritores modernos a los que les gusta hablar de cosas feas y hurgar en la inmundicia, pero como es un obseso del lenguaje y ha hecho cosas tan terribles en el teatro, como romper a insultos la cuarta pared, hay que concederle el beneficio de la duda, al menos por un rato.
Empiezas el El miedo del portero al penalty y enseguida piensas en Kafka, en el sentido: hay algo o hay una realidad que lleva a Broch, el protagonista, agarrado por la nuca a través de una opresión o un camino al que no se puede resistir, un laberinto aburridísimo y tan asquerosamente triste y desolado por el que va empujado y del que no puede escaparse y ni por asomo puede comprender. ¿Era Bloch antes así, antes cuando era portero, antes de llegar a su trabajo y decidir que como el único que levanta la vista cuando él llega es el capataz, está despedido? (Prefiero la versión de la película de Wim Wenders, cuyo guión escribió Handke, en la que Broch es portero de fútbol siempre y no se mete en oficios raros de once varas). Al principio pensé que la feria de sinsentido en la que se embarca Broch era la típica espantada del que se aburre de su vida fracasada y se dedica a hacer explotar la posibilidad provocando lo inesperado, pero no: las elecciones de Broch poco tienen de redención o de caída por el desagüe, sino más de la desazón indiferente de alguien muy muy enfermo, alguien al borde de una locura muy aburrida, muy centroeuropea, sin capacidad para comunicarse por fuera, rabiosa y asesina (nunca mejor dicho) por dentro de todos los muertos en vida que tienen una vida sin tener una persona por dentro que la viva. De todas formas, la huída hacia adelante de un austriaco siempre tendrá poco que ver con lo que sería la manta liada en la cabeza de un meridional. Entre los Thomas Bernhard que ando leyendo y esto, se me han quitado las ganas de andar por Austria (qué tristezas más grandes ciertas vidas que tienen la riqueza emocional de una familia de cucarachas, dicho sea de paso).
El miedo del portero al penalty se basa tanto en la extrañeza que a veces produce el lenguaje en una mente torturada que me da pena no saber alemán, mucho alemán, porque seguro que en la traducción se pierde tanto. Aún así, esas repeticiones referenciales de repente, chiquitas, inadvertidas, de cosas que le sucedieron a Broch en algún capítulo anterior, son lo que me han gustado del libro, que por lo demás me habría dado igual no leer. Pero qué son dos horas de tu vida con un libro que no te gusta si la cafetería es buena.

Por fuera del libro:
Peter Handke, que fuera en su juventud dramaturgo enfant terrible y en su madurez defensor único y polémico de Milošević, escribió El miedo del portero al penalty en 1970, un año antes de que su madre se suicidara y él escribiera Wunschloses Unglück. Los libros de Handke suelen ser largos soliloquios en los que se desgranan angustias y pensamientos al borde de señores cuyas aventuras poco tienen que ver con la caza de la ballena o la búsqueda de tesoros, y mucho con paseos dementes de pies arrastrados por ciudades llenas de mujeres a la que invitar a hacer cochinadas. Pero Peter Handke nos cae bien porque cuando murió su traductor al inglés, el señor Ralph Mainhem, él dijo en su honor unas cosas muy bonitas.

El miedo del portero al penalty en alemán

El miedo del portero al penalty en pdf

El miedo del portero al penalty, película de Wim Wenders

Peter Handke charloteando con Alain Veinstein

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Miguelín. João Guimarães Rosa

manolon y miguelin_joao guimaraes rosaCitas: Los pajaritos son así, a propósito, bonitos no siendo de uno. 

Siempre estoy pensando que detrás del cerro pasan otras cosas que él me está tapando y que nunca voy a poder ver.

A veces yo querría ver el mar, sólo para no tener una tristeza.

Sólo podía apreciar a los otros, a los extraños; de los parientes, necesitaba tener asco de todos.

A lo mejor, a lo mejor, es preferible quedarse solo: solo lejos de ellos parecía estar más cerca de todos de una vez, pensando en ellos, recordando todo.

Una medicina es lo que necesita, los mimos no curan a nadie.

Leer a Guimarães Rosa es como entrar en el entorno del sueño o de la fábula ensoñecida (y ya estoy hablando como él) o escuchar durante horas hablar a un oráculo embriagado. A veces no se entiende mucho y hay que aceptarlo así y dejarse llevar por la corriente de las pasantes-cosas. La primera vez que leí un Guimarães Rosa sin enterarme de casi nada pensé que era por mi amplia ignorancia de los brasileños dialectales que manejaba el señor escribidor. Pero luego el señor Monquelat, dueño de la librería de segunda mano del mismo nombre, tuvo a bien decirme que él tampoco entendía a Guimarães Rosa, siendo él mismo perfectamente brasileño, así que seguí leyendo feliz de hundirme en su masa poética misteriosa, pero ésa es otra historia. Esta vez he leído Manuelzão e Miguilim en una traducción de 1981 de Pilar Gómez Bedate, quien hizo de google translator (en el sentido de traducir sinsentido) en tiempos en los que aún no existía el google translator, añadiéndole más irrealidad al ya de por sí brumoso Guimarães Rosa, lo que convierte la lectura de Miguelín y Manolón en una locura ‘por demás’ deliciosamente perturbadora (‘por demás’ como dice la señora Gómez Debate con tanta generosidad tantas veces, ignorando que por demás significa en vano en español y de sobra en portugués).
Dijo Hemingway que para ser escritor basta con una infancia desdichada. Guimarães Rosa justifica en este librito el derecho de Miguelín a ser un buen escritor. En Campo General, que es el título verdadero de Miguelín, un niño que inventa cuentos para su hermano predilecto, Dito, se cría en el campo con sus tristezas y felicidades animales, sus numerosos hermanos, un padre violento (padre es un yagunzo de mala raza), una madre hermosa y desdichada enamorada de su cuñado, el tío Terêz (amigo de todo guerrear y de no subyugar las armas del niño), hermano Abel del padre Caín y enamorado de la madre, una tía abuela maledicente y rezadora vestida de negro, pájaros salvajes de nombres preciosos que parecen inventados, una cocinera negra y hechicera, toros y vacas, rezos, tormentas terribles que anuncian acontecimientos, nostalgias de no se sabe qué ni dónde. El final tan simbólico del extranjero que le regala unas gafas para que así Miguelín, terrible miope ignorado, pueda ver bien su entorno antes de abandonarlo, es de mucho lloro. No sean insensibles, lean el libro y lloren al final y también en el enmedio. Son 150 páginas de nada. Prometo escanear esa traducción horrible por si alguien la quiere.

Por fuera del libro:
João Guimarães Rosa es uno de los mejores autores brasileños, a mi entender, porque es creador de todo un lenguaje espectacular por su belleza, misterioso por su complejidad, conjurador por todo lo que es capaz de hacerte bailotear en la mente, sólo como un juego pero no como un juego. Erudito y acaparador del habla popular a partes iguales, Guimarães Rosa consigue con su sintaxis-porque-me-da-la-gana, sus neologismos preciosura, su dolor, articular un universo precioso del que quieres intentar adueñarte al menos de algún cachito, con pena de perderte muchas cosas.
Guimarães Rosa, que primero fue médico en el sertón de Minas Gerais, fue luego vicecónsul en Hamburgo en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial, donde firmó más visados de los que tenía permitidos para que muchos judíos pudieran huir a Brasil. Su segunda esposa, Arecy de Carvalho, es la única mujer que ha recibido la Medalla de los Justos de Israel.

Miguelín en portugués

Miguelín en español

Cachito del libro: Un gato no tenía nombre, un gato era lo que casi nadie apreciaba. Pero él mismo se hacía valer, con los ojos encima del duro bigote, dueño-señor de sí. Dormía lo hueco del tiempo. Le parecía que como vale la vida es durmiendo.

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Viviré con su nombre, morirá con el mío. Jorge Semprún

Viviré con su nombre, morirá con el mío. Jorge SemprúnCitas: Gesto inaudito, completamente gratuito. No me conocía, no volvería a verme, no podía esperar nada de mí. Gesto de pura bondad, es decir, casi sobrenatural. O lo que es lo mismo, un ejemplo de la radical libertad de hacer el bien, inherente a la naturaleza humana.

Volveré a este recuerdo como se vuelve a la vida, de un modo deliberado en los momentos en que tenga que afirmarme, replantearme el mundo, volver a empezar, renovar las ganas de vivir agotadas por la opaca insignificancia de la vida. Volveré a este recuerdo de la casa de los muertos, de la sala de espera de la muerte en Buchenwald, para volver a encontrarle gusto a la vida.

Como dice Olivier Barriot, que no esperen que sea objetiva a propósito de Jorge Semprún. Porque aunque su escritura sea como una loma, abrupta y reseca y sin gracia, aunque su literatura sea poco literaria y huela mucho a testimonio, desde lo alto se divisa un grandioso panorama, el de la forma esperanzada y de corazón generoso de ver la vida de Semprún (quien dice en otro de sus libros sobre Bruchenwald, “la vie en soi, pour elle-même, n’est pas sacrée” (la vida, en sí misma, no es sagrada), pero que el hombre si quiere sí puede ser bueno). Pocos autores, sin dejar de ser tan severos con la maldad que han visto, ven la vida limpia desde esa altura y le otorgan ese poder de redención a la cultura. En un libro que trata sobre un campo de concentración se pueden encontrar muchas marranadas indignantes de ésas que un ser humano es capaz de hacerle a otro, pero también cachitos de esa bondad gratuita que un ser humano puede hacerle a otro en la que a veces me parece que sólo siendo Semprún se puede seguir creyendo (eso que yo cuando estoy de mal humor llamo la ceguera de los privilegiados y cuando estoy de buen humor llamo la ingenuidad del millonario).
En Viviré con su nombre, morirá con el mío (que en francés original se titula El muerto que hace falta) Semprún cuenta cosas muy parecidas a las que cuenta en La escritura o la vida, si bien en ambos casos Semprún inventa cosas y dramatiza, aunque Viviré con su nombre, morirá con el mío a mí me parece injustificadamente menos infernal, más como una confesión tierna.
Semprún, como él mismo se encarga de no esconder aunque refiriéndose a otro tipo de cosa, nació con una cuchara de plata en la boca, con una flor en el culo, y la trama del libro nace de ahí, de su aristocrática procedencia. Su padre, yerno de Maura, embajador de la República, movió hilos en las alturas para que dieran con su hijo, apresado por los nazis por pertenecer a la resistencia francesa y encerrado en el campo de concentración de Buchenwald. Sus superiores del Partido Comunista, a pesar de sospechar de él porque el requerimiento sobre su estado viene del gobierno franquista, deciden hacerlo pasar por muerto. Sólo tienen que buscar un cadáver nuevito de alguien que coincida con él en edad y fecha de entrada al campo. Viviré con su nombre, morirá con el mío es la búsqueda del muerto necesario, de la identidad necesaria, del doble, del otro que nos salve, todo regado con el entusiasmo intelectual, el amor por la lengua francesa y el idealismo trasnochado y conmovedor marca de la casa.

Por fuera del libro:
Hay muchos escritores extranjeros que habiendo sucumbido de amor por el francés no sólo han optado por él como idioma de creación y por Francia como país para vivir, sino que forman parte de la literatura francesa tan entreveradamente como el tocino en un jamón bueno. A veces a la fuerza, como Andrei Makine, Cioran, Samuel Beckett, Kundera, a veces por un encabezonamiento feroz, como Semprún o Jonathan Littell. Es notable cómo es mucho más fácil apasionarse por la tierra que se elige cuando no te corresponde por origen. Dice Semprún: “A veces decía que para mí la lengua francesa era lo único que se parecía a una patria. No era, pues, la ley de la tierra ni la ley de la sangre, sino la ley del deseo la que en mi caso resultaba decisiva. Yo deseaba verdaderamente poseer aquella lengua, sucumbir a sus encantos, pero también violentarla.”

Le mort qu’il faut

Viviré con su nombre, morirá con el mío en pdf

Jorge Semprún hablando de Buchenwald

Fotos de la liberación de Buchenwald de Lee Miller

Un cachito del libro:
No sé cómo hacer comprender a un joven de hoy, a un joven de diecisiete años —ni siquiera si es posible, y aún menos si es útil— que esté en el último curso de filosofía, ahora que el comunismo no es más que un mal recuerdo, como máximo un objeto de investigación arqueológica; cómo hacerle sentir con toda su alma, con todo su cuerpo, lo que llegó a ser para una generación que cumplió los veinte años en la época de la batalla de Estalingrado, el descubrimiento de Marx.
Qué tornado, qué horizonte ofrecido al espíritu de invención y de responsabilidad, qué vuelco de todos los valores —cuando se tropezaba con Marx, después de haber leído (un poco) a Nietszche… ¡Mierda, qué antiguallas!— qué alegría de vivir, de arriesgarse, de quemar las naves, de cantar en mitad de la noche frases del Manifiesto.
¡No, sin duda es imposible! Olvidemos, basta de exequias fúnebres, alejémonos de Marx sepultado por los marxistas con una mortaja ensangrentada o una traición permanente. Imposible comunicar el significado y el saber, el sobor y el fuego de ese descubrimiento de Marx, a los diecisiete años, en el París de la Ocupación, época insensata en la que se iba en pandilla a ver Las moscas, de Sartre, a escuchar esa llamada a la libertad del héroe trágico, en la que, después de haber leído todos los libros, florecía súbitamente en nuestras almas la necesidad de tomar las armas.

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Ultramarina. Malcolm Lowry

Ultramarina_Malcolm LowryCitas: No existe peor tristeza que la que pasa definitivamente.

El deseo de escribir es una enfermedad como otra cualquiera.

Todas las verdades aguardan en todas las cosas.

Mi peregrinaje en viajes interminables por todo el mundo sin apenas verlo; cada país del que me he visto obligado a emigrar me ha abierto una herida en el corazón. ¿Es  de extrañar que me sienta humillado, tan vagabundo y exiliado como el barco?

Ultramarina cuenta la historia de niño bonito que se embarca en un buque de carga por capricho y quiere ganarse el respeto de los marineros curtidos mediante el extraño método de hacerlo todo mal. Ultramarina es el imprescindible en la vida capítulo 6 de Bajo el volcán, expandido pero en peor. Malcolm Lowry deja claro que antes de evolucionar o más bien antes de terminar de autodestruirse hasta ser el Malcolm Lowry que escribió su único libro verdadero, siempre fue Malcolm Lowry: helo aquí en su crisálida-verborrea interna de borracho confuso y perdido en la inmensidad del mundo, en este caso, en la inmensidad del océano y de sus puertos sucesivos. Ultramarina cuenta 48 horas de la vida marinera de Dana Hilliot, trasunto del mismo Lowry, aunque en vez del ukelele Hilliot toque la guitarra; dos días de escuchar la cháchara interior de Hilliot, sus borracheras, de verlo sacar brillo al barco, de asistir a los diálogos marineros de sus compañeros.
El mundo aparte del mundo que es un barco en el vapor Oedipus Tyrannus tiene como siempre en todos los barcos sus marineros que han estado en todos los puertos, todos los puertos que son iguales, todas las ciudades que son iguales, menos el Congo Belga que al parecer sí que era el verdadero infierno (Todas las ciudades portuarias se parecen un poco a Hamburgo, o a Londres, o a Liverpool. Todos los sitios son iguales. Se parecen. A Saigón. A Trebizond. A Samarkanda. Santos y Paraguay, San Francisco, Florianápolis, Porto Alegre). Aunque hay que visitar todos los sitios para poder saber que, efectivamente, son todos lo mismo. A Hilliot se le esfuma el ansia de descubrir a las seis semanas de embarcado, le parecen iguales ya todos los puertos, puertos en los que ni siquiera pone un pie, porque se queda en el barco: le ha prometido a su novia que permanecerá casto (parece que en las ciudades lo único que pueden hacer los marineros es andar por las tabernas y los prostíbulos). O sea, que Hilliot pierde el entusiasmo casi antes de haberlo estrenado. Ni Lowry ni Hilliot tendrá ocasión de saber lo que es andar por los mares porque ninguno tiene vocación verdadera de marino, sólo de infierno (Un tipo que embarca para divertirse iría al infierno para pasar el rato). Lowry quiere hacernos pensar que la travesía en el Oedipus Tyrannus es otro de sus viajes al infierno, aunque ya se sabe que el infierno lo llevaba él por dentro, ya sea que se embarcara en un buque de vapor, se fuera estudiar a Cambridge o a pasear por la Alhambra y en ella conocer a su futura esposa.
Si de algo da ganas Ultramarina es de leer de nuevo Moby Dick, porque Hilliot se enfrenta a sus faenas con una fatiga y un desgano inversamente proporcionales a la alegría de no estar en tierra con la que aborda Ishmael las suyas. Melville, héroe de Lowry y marinero de pega como él, se enfrentó sin embargo al mar de esa extraña manera que consigue convencerte de que te gustaría embarcarte, fregar la cubierta del barco y untarla con pez. En cambio, después de leer Ultramarina, antes te haces carnicero. Porque así es la vida en el mar. ¡Es como ser sirviente de un molino infernal!
El libro está en una edición viejita de Bruguera, que es la que tengo yo, de segunda mano. Traducción regulera. También lo ha editado Alfaguara. Para los que leen en inglés, en Penguin lo tenéis baratísimo, y es siempre escuchar la voz verdadera del autor que la voz de un intérprete mediocre. El mejor personaje del libro es Andy, el cocinero noruego de a bordo con el que anda Hilliot siempre de trifulca. No os olvidéis de que cuando trabajes en un barco, procura estar siempre a buenas con el cocinero.

Por fuera del libro:
En 1933 publicó Malcolm Lowry Ultramarina, su primera novela. Tenía 24 años, que parece ser la edad que eligen los escritores todos para estrenarse. No publicó nada más en su vida, salvo Bajo el volcán, catorce años después. Lowry, que había sido campeón de golf a los 15 años, se embarcó en un carguero a los 19, aunque sólo durante cinco meses. Llegó al puerto de Liverpool en un coche con chófer y con cobertura periodística y una guitarra. El choteo de los marinos durante la travesía es fácilmente imaginable. De ahí saldría Ultramarina, con grandes fatigas: el editor perdió el libro y Lowry tuvo que reescribirlo entre borrachera y borrachera a partir de un borrador previo que le había guardado un amigo.

Ultramarina en inglés

Ultramarina en español

Malcolm Lowry por Juan Villoro

Un cachito de Ultramarina:
Estaba en un barco; era sólo un sucio marinero que observaba el mar; nada más. Un sucio marinero que no oía el susurro del agua corriendo por un jardín, sino la putrefacta agua de sentina que caía por el flanco del barco. 

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Infancia en Berlín hacia 1900. Walter Benjamin

Infancia en Berlin hacia 1900_Walter BenjaminCitas: Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.

La tumba vacía y el corazón dispuesto.

Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante dejaríamos de comprender nuestra nostalgia.

Cuanto más avanzada la noche, más brillantes los invitados.

Se pueden hacer dos cosas con Infancia en Berlín hacia 1900. Una, tener una cita con Walter Benjamin e irse con él por ahí (un par de horas bastan) y dedicarse exclusiva y embelesadamente a escucharlo hablar sobre sus recuerdos de infancia. Este sistema de embiombarse del mundo circundante es recomendable para cualquier libro (aunque con algunos libros más que una cita necesitas tener un noviazgo muy serio), pero con Infancia en Berlín más, porque es de esos libros chiquitos de los que te acordarás siempre dónde y cuándo lo leíste. En él mismo dice Benjamin que para leer escogía las horas más tranquilas y el lugar más recóndito de todos, luego abría la primera página sintiendo la misma sensación festiva, como quien pisa un nuevo continente. Yo me he ido con su infancia a la playa invernal, y aunque el romper de las olas no es el mejor fondo para el Berlín ya no decimonónico, el aire del mar le habrá sentado bien a Benjamin, que tenía problemas coronarios.
Los textos son preciosisisísimos; los recuerdos del niño rico coleccionista de mariposas y sellos y postales, visitador de abuelas y tías viejísimas, espía de los que viven en el piso de abajo y se pasan la vida a lo que parece sacudiendo alfombras, el niño admirador de la nutria del zoológico y de su madre vestida para salir a cenar, el niño con fiebre, el niño que pasea por el mercado o va al colegio, el niño afincado en los cuentos de los hermanos Grimm, tienen esa rareza de los mundos lejanos que desconocemos y llevan mucho tiempo desaparecidos, que cuando nos los cuentan se nos presentan vivos y terminan convirtiéndose en recuerdos nuestros, como cuando dice Benjamin de los daguerrotipos de lugares lejanos que va a visitar en la galería imperial: «Esto era lo que hacía extraño aquellos «viajes»: el que las añoranzas que despertaban en mí no fueran siempre de las que hacen tentador lo desconocido, sino de las otras, más dulces, por regresar al hogar.»
Walter Benjamin tradujo al alemán tres de los libros de En busca del tiempo perdido, y estas largas expediciones a lo profundo de la memoria para las que Proust necesitó siete tomos, las hizo él en 38 estampitas o cromos portátiles. Porque Infancia en Berlín más que un libro de recuerdos en un libro sobre la manera de recordar los recuerdos. En El señor Knoche habla Benjamin de una canción de la que en la escuela nadie entiende lo que significaba el último verso. Luego, una vez alcanza la orilla del adulto, al fin comprende el verso, y entonces la canción pierde el brillo del misterio que tenía.
La otra cosa que se puede hacer y que os prohibo hacer con Infancia en Berlín hacia 1900 es leerlo a través de ese plástico anecdótico de los intelectuales wanabee, hacerle una doble llave de judo a la belleza del libro, tumbarla en la lona y sacar a colación a la luz de su infancia acomodada, el marxismo de broma de Benjamin (el marxismo tiene caspa, por otro lado, sacúdanselo), a la secretaria estalinista de Bertold Brecht posteriormente deportada estaliniana que condujo a Benjamin a Moscú, a Adorno diciéndole que qué porquería el libro de los pasajes de París, a Hannah Arendt buscando infructuosamente su tumba y sus manuscritos en Port Bou.
Hay muchos Walter Benjamin sueltos: el traductor, el filósofo del lenguaje (el primer Benjamin que yo conocí, para algo me sirvió la facultad), el de la escuela de Frankfurt y el materialismo histórico (que es el Benjamin al que yo no le hago ni caso), el teólogo que hablaba de Dios y del aura (que es el Benjamin al que no me tomo en serio), el hijo pródigo de la burguesía acomodada, el escritor ignorado en su tiempo y descubierto después de muerto, el judío marxista perseguido por la Gestapo, el crítico literario (Hannah Arendt editó una antología de sus ensayos literarios en 1968 y otra en 1978), pero creo que el primer Benjamin de todo el mundo debería ser Infancia en Berlín hacia 1900. Mis estampas favoritas: Panorama imperial, Teléfono, Partida y regreso, Mañana de invierno, La nutria, El mercado de la Plaza de Magdeburgo,  Calle de Steglitz, Escondrijos, El costurero, Blumeshof 12, Juego de letras.

Por fuera del libro:
Benjamin empezó a escribir Infancia en Berlín en 1932, en Italia, y terminó de revisarlo en 1938. Algunos capítulos los publicó de manera separada en periódicos y revistas, en sus épocas de escasez de escritor pobre. El libro no se publicó hasta 1950, cuando Benjamin ya llevada muerto y enterrado sabe dios dónde diez años. Cada cual posee un hada que le tiene reservado un deseo por cumplir. Sin embargo, son pocos los que recuerdan el deseo que expresarán algún día, y sólo pocos reconocen más tarde en la vida el cumplimiento del mismo. Me pregunto cuál habría sido el deseo de Walter Benjamin, el niño que lo tenía todo, y si se acordaría de él, ya desesperado apátrida errante, antes de atiborrarse de morfina en el Pirineo.

Infancia en Berlín hacia 1900 “digitalizado”

La tarea del traductor, por Walter Benjamin

Walter Benjamin por Coetzee

En las vivencias de los niños de aquella época imperaban todavía las tías que no salían ya de sus casas y que siempre que aparecíamos con nuestra madre a hacerles una visita nos habían estado esperando y, desde la ventana del mirador de siempre, nos daban la bienvenida, vestidas siempre con la misma cofia negra y con el vestido de seda de siempre.

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Cerca del corazón salvaje. Clarice Lispector

Cerca del corazon salvaje_Clarice Lispector

Citas: Nunca hay que adelantarse, nunca hay que robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte honestamente reservado para ti.

¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?

¿Por qué hablas de cosas difíciles, por qué empujas cosas enormes en un momento simple?

En el momento en el que intento hablar, no sólo no expreso lo que siento, sino que lo que siento se transforma lentamente en lo que digo.

Hay escritores que usan la palabra como una mampara para separar al que lo lee de lo que cuenta, como si el libro fuera un taxi de Londres o Montevideo. El conductor y el pasajero indudablemente se dirigen al mismo sitio, pero el conductor, mientras te muestra la nuca y te concede a veces escueta la voz (que te llega reverberada y submarina a través de la mampara), te lleva por una ciudad que entrevista a ráfagas desde las ventanillas de atrás te parece secreta y sólo suya. Clarice Lispector, además de conducirte en silencio y mirándote de vez en cuando por el retrovisor con ojos de esfinge desde dentro de su esfera solitaria por una ciudad tumultuosa de su propiedad exclusiva, gran temporal atravesado a rachas por soles cegadores, como la juventud de Beaudelaire, por la que ella conduce dolida pero fiera como un animalito herido,  luego, cuando menos te lo esperas se esconde en el maletero y tienes que seguir conduciendo tú a ciegas por la ciudad de ella.
Cerca del corazón salvaje es una gestación larga pero feliz con su dolor que parece a punto de acabar reventando al ser que lleva dentro en estallido en cualquier momento pero no. Un ser que siempre fue peligroso y libre y contra el mundo: Juana, la extraña para todos, incluso para el padre (lo que más me gusta del libro, la vida de Juana niña con su padre, y lo único que recordaba de la otra vez que leí Cerca del corazón salvaje, hace unos trece años). Juana es una víbora solitaria. Las relaciones que mantiene consigo misma nada tienen que ver las relaciones que mantiene con los otros. Juana lo vive todo por dentro y a solas, cada contacto con los demás es siempre un conflicto, sobre todo con las otras mujeres, a las que teme y reverencia a partes iguales porque son fuertes y ciertas y divinas materias-primas. Para Juana las otras mujeres siempre son la otra. Ah, Electra. La piedad es mi forma de amor. De odio y de comunicación, dice. Juana, que ni siquiera sabe qué hacer consigo misma, cree que prefiere estar sola. Los demás le roban toda su capacidad de sentir, dice. La presencia de los demás la priva de libertad, dice. Y Juana quiere su libertad, esa extraña libertad que había sido su maldición, sabía que de ahí venía su vida y sus momentos de gloria y que de ahí venía la creación de cada instante futuro, pero en el fondo, Juana, lo único que quiere, es una madre, y lo único que tiene es miedo.
El argumento de Cerca del corazón salvaje, desprovisto del verbo de Clarice Lispector, la mujer de la voz, es vulgar: mujer rara se casa con hombre que queda rendido por lo que él cree misterio hasta que se cansa del hermetismo de su rara esposa y se vuelve con su novia de antes, una amante dócil y aburrida a la que deja embarazada. Clarice Lispector va hablando, la respuesta, no le importa demasiado. Lo que vale es que la pregunta sea aceptada, que pueda existir, hablando como si se buceara a sí misma por dentro. No hay aventuras piratas ni islas con tesoros exteriores en Cerca del corazón salvaje, todo se pasa por dentro de la búsqueda, por dentro de la inteligencia de las cosas ciegas, del poder de la piedra que al caer empuja a otra que va a caer en el mar y mata un pez. En este libro hay que zambullirse como en un mar lleno de algas, a veces agota tanto pensamiento sutil y tanta telaraña mística, tanto verde pegajoso, pero luego cuando se sale te llevas la impresión de haberle estado hurgando a alguien el por dentro. Y a quién no le gusta husmear en lo privado. Como dice Basilio Losada en la excelente introducción a su excelente traducción de Cerca del corazón salvaje: «Clarice es la procura acuciante de una identidad, la lengua como medio para penetrar en una realidad que, en el fondo, apenas siente como suya, pero que ama y sabe, oscuramente, que es la única que le es dada.»

Por fuera del libro:
Clarice Lispector, la mujer que dijo «Cuando no escribo estoy muerta», publicó Cerca del corazón salvaje con 24 años, en 1944, a la misma edad que Carmen Laforet escribió Nada y Carson McCullers El corazón es un cazador solitario. Sus padres fueron judíos ucranianos emigrados a Recife, el nordeste brasileño, donde ella se crió. Su madre murió de sífilis cuando ella tenía sólo nueve años, y su padre, su hermana y ella se fueron a vivir a Río. Se casó muy pronto, con un diplomático compañero suyo de la carrera de Derecho, con el que vivió en Inglaterra, Estados Unidos y Suiza hasta su separación, cuando Clarice volvió a Brasil con sus dos hijos, y abandonó los exilios extranjeros por su exilio interior.

Cerca del corazón salvaje en portugués

Cerca del corazón salvaje en español

Entrevista a Clarice Lispector de María Esther Gilio

Sé lo que quiero: una mujer fea y limpia, con senos grandes, que me diga: ¿qué es eso de andar inventando cosas?, nada de dramas, ¡venga aquí inmediatamente! –y me dé un baño tibio, me ponga un camisón blanco de lino, trence mi cabello y me meta en la cama, muy enfadada, diciendo: ¿qué es eso?, andar por ahí sola, comiendo fuera de horas, que hasta va a coger una enfermedad, déjese de inventar tragedias, piense que es grande y buena la vida, tómese esa taza de caldo caliente. Me alza la cabeza con la mano, me cubre con una sábana grande, aparta algunos mechones de mi frente ya blanca y fresca, y me dice, antes de que yo me duerma mansamente: va a ver qué pronto engorda esa carita, olvide tonterías y quédese ahí, como una niña buena. Alguien que me recoja como un perro humilde, que me abra la puerta, me regañe, me alimente, me quiera severamente como a un perro, eso es lo que quiero, como a un perro, como a un hijo.

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La insolación. Carmen Laforet

La insolacion_Carmen LaforetCitas: Bien, Frufrú, bien. Debí recordar que los chóferes han sido la clase de hombres que más has admirado en tu vida.

Por eso me quedo, porque puedo irme…

No nos gusta la guerra y al que le guste la guerra lo matamos.

Te he enseñado a bailar. Te he enseñado todo lo que vale la pena de saber en este mundo.

El deseo radical de otra vida, decía la chaquetilla de una versión francesa de Nada, primera novela de Carmen Laforet. Y La insolación es lo mismo: un adolescente incrustado en la mediocridad y las restricciones de una familia nefasta, se queda deslumbrado por el sol de los Corsi, dos hermanos insólitos en la España de 1940, 1941 y 1942 en la que transcurre el libro. La insolación que supone en la vida de Martín la aparición de esos dos chiquillos libres que no se parecen a nadie, ese arrebato fuera del mundo conocido y cercano que había notado por primera vez cuando aparecieron los dos Corsi sobre el muro del jardín, aquel esplendor interno en el que Martín no pensaba, sino que llamaba simplemente “el verano”, tarda tres años en diluirse. Martín, que se ha criado con sus exquisitos abuelos paternos y que quiere ser pintor, tiene que empezar a pasar los veranos con su padre, teniente del ejército franquista, macho al uso español de la época, que al principio deslumbra al Martín adolescente con sus ideas acerca de lo que debe ser un hombre (Martín es un hombre, no es como si fuera una chica que, entonces, pobre de él si saliera a la puerta de la calle. Los hombres son libres. Si la chica se deja manosear, mejor para él, coño) y su madrastra, una mujer vulgar, supersticiosa y retorcida que lo odia. Anita Corsi, con su luz inconsciente y su fuerza, su personalidad atrevida y fulgurante, Carlos Corsi, con su belleza de efebo que resulta sospechosa en el pueblo porque es demasiado guapo, tiene en él algo que a un hombre verdadero le repugna un poco, el señor Corsi al que creen diplomático y había sido mago de circo y Frufrú, la vieja estrambótica que cuida de los Corsi y que no puede bajar al pueblo con sus atuendos extravagantes porque los niños la apedrean y el cura no la deja entrar en la iglesia, en una España en la que las ratas se comían las orejas de los niños y los niños comían boniatos asados (Laforet dixit), los Corsi, que hablan en francés e italiano y han vivido en Tierra del Fuego, Nueva York, Tánger y Venezuela, parecen estrellas de cine. Nada más contraste que los almuerzos en casa del padre y las meriendas con té en casa de los Corsi. A Martín, que pasa hambre, que tiene prohibido besar al padre porque no es de hombres o dibujar porque es de maricones, aterrizar con los Corsi, que comen ensalada de pollo y por las tardes dramatizan a Racine y cuentan historias de domadores de leones y trapecistas y reciben dinero de una Peggy estadounidense que conduce coches por estancias sudamericanas, es como aterrizar desde la Cuenca de la Edad Media en el Manhattan de 2027, lo que no quita para que a Martín muchas veces le escandalice el comportamiento de los Corsi, pobre santo. Le parece que no saben vivir entre la gente porque siguen sus propias normas y no llevan el corsé asfixiante que llevan los que viven en su propio mundo.
Detrás de las cosas a las que aspiramos, tiene que haber alguien con prestigio que las disfrute como suyas. Y el esplendor del prestigio es muy difícil de sostener en el tiempo. La intensidad esplendorosa del verano se le confunde a Martín con la intensidad de su vida diferente con los Corsi. A los baños de mar, la moto, el té, el gramófono, los cigarrillos, el secreto de la torre, la actitud descarada de Anita frente a la vida, la feliz inconsciencia de los hermanos, se les acaba el fuelle al terminar el tercer verano, cuando Martín tiene que hacer frente a la realidad cruda del crudo padre real y elige volver a su verdadero lugar de origen, la casa de sus abuelos, con una personalidad propia que se ha ido creciendo a la sombra mientras él se calcinaba bajo el sol Corsi. ¡Mira que si Martín no nos hubiese encontrado! Pobre Martín… No sabrías luchar, Martín, ni sabrías bailar, dice Anita. Y es cierto.
Carmen Laforet nos gusta porque se le nota que perdió algo muy preciado a edad temprana y fue una adolescente triste que sin embargo se salvó gracias a que ese algo que perdió la dejó santificada para siempre. Su escritura es cero experimental y cero sofisticada, pero es sólo suya y remite de inmediato a esa educación nacional y oscura, el mismo lugar de donde provengo. La estrechez de miras que caracterizaba al país en 1940 seguía casi intacta cincuenta años después, cuando yo empecé a ser adolescente y empecé a buscar familias Corsis que me alumbraran. Es casi imposible construir una frase afirmativa que contenga las palabras España y sofisticación, aún hoy; en España, cosmopolita bien podría ser el nombre de un pastelito hecho por las monjas clarisas (puedo decir estas cosas porque el país es mío y le escupo cuando quiero).
Creo que la escena que prefiero del libro es cuando van a enterrar a Lobo, el perro de Martín al que alguien ha envenenado, y Anita aparece llorosa y con velo negro, lo que escandaliza al brigada que cava la zanja, quien para meter al perro en su tumba lo tira del saco de arpillera en el que lo ha transportado.—Por qué no le deja usted el saco, dice Anita. —Mire, señorita, el saco sirve para otras cosas. No lo vamos a desperdiciar enterrándolo. La respuesta de Anita (Es terrible esta miseria), retrata a mi país.

Por fuera del libro:
En 1963, veinte años después de Nada, publica Carmen Laforet La insolación, su cuarta y última novela. Murió cuarenta años después, unos meses antes de que se publicara otra novela suya cuyo protagonista también es Martín Soto y que no hemos leído pero leeremos, más que nada por saber en qué acaba el hijo pródigo.
El silencio de Carmen Laforet ha sido interpretado de muchos modos, aunque yo creo que después de escribir Nada tiene que ser muy difícil escribir cualquier otra cosa. Yo me quedaría callada para el resto de mi vida.

La insolación en pdf

Biografía de Carmen Laforet

Un mono, un ser elemental, vivo en la noche, feliz y a un tiempo torpe e inocente. No había complicaciones en el mundo. La Tierra, ese planeta, giraba lentamente bañando de sol y de luna y de negrura, alternativamente, las distintas partes de su vientre. La sencilla felicidad de sentirse vivos que tenían aquellos tres muchachos. Martín y sus amigos fueron sólo unas risas, un chapoteo en el agua templada. Tres sensaciones de vida, con el círculo brillante del verano envolviéndoles.

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