Higiene del asesino. Amélie Nothomb

Higiene del asesino_Amelie Nothomb

Citas: Si un écrivain ne jouit pas, alors il doit s’arrêter à l’instant. Écrire sans jouir, c’est immoral.

Vous avez une qualité rarissime. Vous au moins, vous savez lire.

Les écrivains sont obscènes; s’ils ne l’étainent pas, ils seraient comptables, conducteurs de train, teléphonistes, ils seraient respectables. Si j’avais étais beau, je ne serais jamais devenu écrivain. J’aurais été aventurier, marchand d’esclaves, barman, coreur de dots.

La solitude est un bienfait qui m’éloigne de votre fange.

Un anciano escritor con Nobel, admirador de Céline, tan gordo gordísimo que tiene que ir en silla de ruedas, tan misántropo que vive solo y a oscuras y su secretario que vive en la planta de arriba lo llama por teléfono para ahorrarse tener que verlo, anuncia que se va a morir de un cáncer de cartílagos rarísimo en dos meses. Concede cinco entrevistas: cuatro de ellas más que entrevistas son palizas a los entrevistadores (claro que no es difícil vencer a esos mequetrefes, si Amélie Nothomb quería demostrar que Tach era inteligente y malvado tendría que haberle puesto contrincantes a su altura: los periodistas no suelen haber leído a Cicerón); a la quinta aparece una especie de Nikita dialéctica que le da al señor Nobel lo que hace rato se estaba buscando: un rapapolvo. Prétextat Tach es un trasunto de la Nothomb, y la periodista, Nina, también. Higiene del asesino es como uno de esos deliciosos diálogos interiores en los que te pones trampas a ti misma para ganarte, el juego predilecto de las niñas raras.
Aquí no hacemos crítica literaria (que por otra parte es una cosa que nos parece incomprensible y nos repugna), aquí decimos si nos han gustado o no los libros que leemos y en qué nos han hecho zozobrar, qué nueva piedrita nos han hecho colocar en el estante de los recuerdos. Los libros te atraviesan a la rastra por caminos inesperados ya sea empedrados de gloria o de fango, si los has leído bien. Y de esta Higiene del asesino que no nos ha gustado ni un pelo nos quedamos tres cosas: esa concepción que tiene el insoportable Prétextat Tach sobre los lectores-hombres rana que atraviesan los libros sin mojarse; que los escritores deben ser obscenos, solitarios y abyectos; que hay que leer sin guía, sin vacuna, sin adverbio. También nos ha gustado el barcito donde se reúnen los periodistas a reírse unos de otros.
¿Por qué no nos ha gustado Higiene del asesino? Porque podría ser mejor; porque está cargado de promesas incumplidas; porque nos engaña al principio haciéndonos creer que la Nothomb tiene algo grande para darnos y luego nos deja no sólo sedientos sino con la boca llena de vinagre; por la boutade final; porque esos adolescentes incestuosos y lánguidos que habitan un castillo y que terminan mal nos recuerdan a la parte idéntica y exacta que no nos gusta y nos parece innecesaria de Las Benévolas de Littell. Los mecanismos escritores puede que sean así: cuando da miedo no llegar se tuerce el camino hacia una sofisticación equivocada.
No digo nada de la traducción española porque no la he leído. Disculpadme por ser incapaz de leerme este libro dos veces.

Por fuera del libro:
¿Sospechamos de Amélie Nothomb porque es famosa? ¿Porque sus fanáticos son verdaderos fanáticos? ¿Porque cada año al final del verano cuando las uvas están en sazón publica una novelita en Albin Michel? ¿Porque nos saca de dentro el plural mayestático? En realidad envidiamos a Amélie Nothomb porque es hija de diplomático aristócrata y viajó y viajó sin tener que hacerse sus propias maletas y porque se dedica a reescribir sus ocurrencias de niña rara, quién no quiere esa vida. Su hermana Juliette y ella decidieron dejar de alimentarse en la adolescencia, para no crecer, para ser siempre niñas, igual que Prétextat Tach y Léopoldine. Me imagino que la dieta locura detallada en el libro es la verdadera que siguieron estas dos chicuelas solitarias. Miedo, estupor y temblor, me da.

Higiene del asesino en francés

Higiene del asesino en español

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Los hermanos Tanner. Robert Walser

Los hermanos Tanner. Robert Walser

Citas: Un artista desdichado es como un rey desdichado.

Nosotros sí que vemos cosas bellas; no os afanéis, ojos de los demás humanos, nunca veréis lo que nosotros vemos.

Pronto tu cabeza me parecerá la mía, a tal punto que ya estás dentro de ella; tal vez de aquí a un tiempo, si la cosa sigue así, acabaré cogiendo cosas con tus manos, corriendo con tus piernas y comiendo con tu boca. 

Hay novelas caviar, como Los hermanos Tanner. Al menos yo he sido muy feliz tragándome a cucharadas o bolita por bolita su extraña deliciosidad. Eso sí, están todos como las cabras de Heidi, será por ser suizos y andar por los montes. Si no os gustan las personas que pasan su vida en éxtasis por cómo cae la miel en la tostada o el sol en el horizonte, si os sacan de quicio los inadaptados exaltados capaces de caminar toda una noche por el placer de caminar, si no comprendéis a los que deciden apearse de la vida y soñar por los rincones, ni os molestéis en leerlo; aunque Walser escriba muy bien os vais a enfadar porque a Simon, que tiene la moral social de una chirla, le salgan siempre al paso los deus ex machina que quedan seducidos sin remedio y sucumben porque de él emana un deseo de preguntar y sorprenderse, un deseo intenso de saber algo sobre usted. Ha de haber en usted algo profundo que nadie parece advertir porque usted mismo no hace el menor esfuerzo por ponerlo en evidencia y darle brillo. Tal vez también los que se toman todo muy en serio se enfaden porque Walser escribe y vive sin esfuerzo y como le da la gana sobre lo que le da la gana. Pues que sepáis que Walser piensa que la seriedad excesiva y sagrada con que se aborda una cosa puede y debe dañar forzosamente a la cosa misma.
No os engañéis, Simon y su autor parecen mansitos e inofensivos pero son demoledores: destroza más el que se queda al costado oliendo manzanas, nueces y caminando por la nieve que el que enarbola la bandera de protesta. El desasosiego extremo no tiene otra salida que el abandono del trencito de la normalidad. No haces sino deslizarte por los rincones y hendiduras de la vida, le dice a Simon Karl, el hermano serio y aún así un poco pallá. Simon Tanner,  que tiene menos gorriones que un pajar ardiendo como decía mi abuelo, renuncia a toda posibilidad y a todas sus cualidades, prefiere quedarse extasiado ante un misal agarrado por la mano voluptuosa de su patrona o por esas ensoñaciones que le nacen de observar, andar siempre fuera, en el frío, con los cuellos del abrigo levantados, esperando ante la puerta de un jardín con el corazón palpitante, acudir cuando necesita dinero a ese hallazgo literario que es la copistería para desocupados, donde los desharrapados sociales hacen de amanuenses copistas cuando todavía se escribía todo a mano.
Tal vez lo que conmueve de Robert Walser y de sus personajes sea su manera de quedarse en la superficie a sabiendas, su necesidad de estar cerca del suelo y sentirse oriental (en Suiza a los que eligen vagar al azar y no ser respetables ciudadanos los considerarán poco menos que salvajes o al menos holgazanes). Yo me hago la resabiada, pero encajaría perfectamente en una novela de Walser. Las mujeres de la novela (extraña mezcla de necesidad de ternura y ganas de sentirse constantemente amenazadas por algún peligro grave) no le andan a la zaga a Simon: lloran de sentimiento y se exaltan de felicidad en la longitud de una sola frase, pasean con vestidos rojos y galgos atados de traíllas de cuero, quieren salir corriendo dramáticas a Italia y luego deciden que no, que mejor se quedan siendo maestras en el campo y se ríen, se casan con científicos suizos calvos y luego se dejan seducir por armenios morenos y abandonadores.
Alfaguara editó Los hermanos Tanner en español en el 85 en esa colección morada y gris en la que también andaba Cerca del corazón salvaje. Antes podías comprarlos de segunda mano por nada; ahora como a la Lispector y a Walser los publicó Siruela, es imposible encontrar esos libruchos baratos ni aún con el canto sujeto con cinta adhesiva. Id y sacadlo de la biblioteca del pueblo, que gracias a la tilinguería digital anda desierta.

Por fuera del libro:
Walser decidió morirse igual que el poeta Sebastian se muere en Los hermanos Tanner, paseando por la nieve. Creo que nadie puede tomarse su propia muerte y su propia obra tan a broma. Una cena de Navidad con los hermanos Walser cuando estaban todos sin suicidar te la regalo.
Ya hemos hablado de Jakob von Gunten.

Los hermanos Tanner en alemán

Los hermanos Tanner en español

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Cumbres borrascosas. Emily Brontë

Cumbres borrascosas. Emily Bronte

Una cita: If all else remained, and he were annihilated, the Universe would turn to a mighty stranger. I should not seem part of it.

Heathcliff es oscuro y extranjero, así que reconcentradamente convoca lo desconocido, lo que llega de fuera, lo que da miedo por distinto, el desorden. Earnshaw padre lo trae bajo el gabán como un regalo precioso de Liverpool, ciudad portuaria, lejana y de frontera, a Cumbres borrascosas, ese lugar azotado por el viento y la desconfianza. Por eso lo maltratan y lo patean y así por rencor de manso cordero (porque Heathcliff es un niño bueno) se vuelve malvadísimo y vengativo; a mí siempre me pareció una personificación del instinto, de las ganas de ser lo que se es, de la animalidad que cuesta aceptarse de uno mismo, como el diablo del tarot. Me gusta tanto esa parte de la novela en la que Heathcliff acaba de llegar a la familia y todos lo miran con asco menos Catalina, la niña de los ojos de su padre, la que molesta porque canta y baila y es bonita y de pie ligero y sabe montar todos los caballos de la cuadra, quien atesora al gitanillo, se escapa y se ensucia con él en los páramos y todas esas cosas que se hacen a campo traviesa. Eso, sí, es lo que más me gusta de Cumbres borrascosas: los niños maltratados que se construyen universos de yerbas y bichitos. Eso y la imagen del violín encargado por el primogénito que llega roto a la respetable casa familiar porque el padre prefirió guardarse de recuerdo de la ciudad al diablillo con churretes alias su gozo. Ellen Dean, ese monstruo de soberbia pasmosa que se pasea palmatoria en mano por todo el libro sembrando paciente cizaña y organizando las desgracias y haciendo su sacrosanta voluntad, (¿no os da miedo que le diga a su patrón recién estrenado, ese desvalido de Lockwood, que se cena a la hora a la que ella considera que se debe y no a la que él desea? Pues a mí sí. Una señora Fairfax haría falta en esa casa para sembrar amor) acuesta a Heathcliff recién llegado en el hueco de la escalera como si fuera Harry Potter y se pasa la vida dándole pellizcos y metiéndole ideas malignas en la cabeza.
Chesterton dijo que era tan inhumana Cumbres borrascosas que bien lo podría haber escrito un águila. Ojalá hubiera sido un águila, porque la maldad verdadera existe y anda más que volando por el cielo entre los fogones y se crece en los suelos encerados. No es muy buena idea leer Cumbres borrascosas en verano. Es un libro para el invierno, bajo el calor su depravación se hace insoportable, no tienes manta bajo la que guarecerte del horror. Y esta vez no miento si digo que no, que no es una novela de amor, pese al Yo soy Heathcliff o ese Me amabas, ¿qué derecho tenías entonces de abandonarme? El único que ama en todo caso es Heathcliff, porque para él amar es mejorarse las maneras y progresar, subir de categoría, encontrar un lugar en el mundo, comulgarse el alma con su parte luminosa Catalina. Porque si lo de Heathcliff y Catherine es amor verdadero me pego un tiro en la rodilla buena; si lo de Heathcliff y Catherine no es una metáfora me ahogo en el Paraná la próxima vez que lo visite. Catherine se queda sin vida porque reniega de Heathcliff, que es como decir su ser salvaje y libre, se va pudriendo al autoinmolarse al orden y a lo que debe seguir siendo como debe ser porque es así como debe ser.
Cumbres borrascosas es violencia pura, un tratado sobre la maldad, sobre el exilio, sobre la renuncia, un libro lleno de personajes (arquetipos asalvajados y pisoteados ánimas y ánimus y cuatro cámaras tiene la psique del señor Earnshaw) arrastrados a la amargura y a la autodestrucción por los tejemanejes de un Iago doméstico con cofia y acento de Yorkshire. (Elena Dean, esa arpía, representa para mí las mutilaciones a las que hay que someterse para alcanzar la respetabilidad social.) Emily Brontë es una maestra, eso sí, para conseguir desasosegarnos el espíritu y dejarnos pegoteados al libro para siempre. Los que nos quedamos encandilados con este horror maravilloso de la literatura tenemos una versión de bolsillo manoseada que llevamos de vez en cuando de paseo, me consta. La mía la pinté con témpera azul por fuera de lo feísima que era la portada.

Por fuera del libro:
Las Brontë, ésas de los pulmones consumidos, para mí que veían a los señores en pintura o a través de los visillos de la ventana del saloncito de su casa, montados en sus cabalgaduras, derechitos y pintureros bajo sus sombreros mientras se empachaban de poemas de Lord Byron. Si no no se explica esa concepción mefistofélica que tienen de lo masculino, el señor de la literatura las bendiga y las confunda, porque así nos quedamos las niñas lectoras años esperando el arrebato masculino que raramente llega. Cuando Emily Brontë murió encontraron todas las primeras críticas de Cumbres borrascosas guardaditas, merece la pena leerlas.

Cumbres borrascosas en inglés

Cumbres borrascosas en español

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El viento en los sauces. Kenneth Grahame

El viento en los sauces-Kenneth Grahame

Citas: Nothing seems really to matter, that’s the charm of it.

Y tú también vendrás, hermana, porque los días pasan y ya no vuelven, y el Sur aún te espera. ¡Acepta la Aventura, escucha la llamada, ahora, antes de que pase el momento irrevocable! ¡Sólo es cuestión de cerrar la puerta detrás de ti, dar un alegre paso adelante, y dejar atrás la vieja vida para comenzar una nueva! Luego, algún día, dentro de mucho tiempo, regresa a casa si quieres, cuando hayas bebido la copa y el juego haya acabado, y siéntate al borde de tu río tranquilo, en compañía de todos tus hermosos recuerdos.

Las tostadas con mantequilla, las cocinas cálidas, los desayunos, el fuego acogedor de la chimenea, las zapatillas, las sábanas con olor a lavanda recién tendidas, las mermeladas y confituras, la tranquilidad y las despensas repletas son cosas muy importantes en El viento en los sauces, un canto contra las aventuras que no sean ir de picnic a la campiña, pasear por el río en una barquichuela pintada de azul o perderse en el bosque de al lado de casa. En El viento en los sauces el hogar, el mundo pequeño rodeado de cuatro paredes de la Rata de Agua, del señor Topo y el señor Tejón se protege de la obsesionante voz del mar ancho y desconocido de la Rata de Mar y del Sur de las Golondrinas. Todo lo que vuela y se mueve demasiado rápido es un peligro y una amenaza; todo lo que atenta contra la etiqueta de la sencilla vida campestre se considera dificultoso y salvaje. No en vano, para enseñarnos bien la lección de lo que no debe emprenderse, el personaje odioso e inconsciente del libro, el señor Sapo, es un adicto a los vehículos (primero a los barcos, luego a los carros y por último los a coches), que pierde el juicio cual drogadicto en pos de la satisfacción inmediata de su capricho del momento. Aunque estos animales tan tranquilos, amantes de la vida trazada y de lo agradable que les parece conocer cada uno la debilidad de su vecino, de vez en cuando se dejan trastornar un poco por la sed de aventuras, y ahí les nace el conflicto, en la dulce inquietud que se les despierta por dentro y que deben sacudirse los unos a los otros hasta convencerse de que no, no quieren vivir con un hatillo a la espalda y cambiando de ciudad y de puerto y de cama cada poco tiempo, sino seguir guardando manzanas coloradas y tarros de miel en la despensa, pasear al atardecer por los campos en siega y disfrutar encerrados frente al calor de la chimenea el invierno.
El viento en los sauces fue escrito hace 104 años para que los niños ingleses amasen su vida tranquila a orillas del Támesis y fueran educados y conocieran su lugar en el mundo como el felpudo de la puerta al que jamás se le ocurriría darte su opinión aunque se la preguntaras. Y sin embargo en él late un amor por lo indebido y lo insólito, por marcharse y dejar la comodidad de lo conocido por el miedo de lo inusitado, que lo convierten casi en un libro esquizofrénico.
El amor de la Rata de Agua por su río me recuerda mucho al Sudeste de Conti. El relato de los viajes de la Rata de Mar me recuerda a Maqroll el Gaviero. La casa del Tejón me recuerda a la casa de Bilbo Bolsón. El momento del semidiós con cuernos tocando la flauta en un claro del bosque, ese que regala el olvido para que la vida sea más llevadera y el placer posible, me recuerda al Sueño de una noche de verano. El viento en los sauces es uno de esos libros infantiles ingleses inglesísimos clásicos clasiquísimos que en realidad no son tan infantiles como parecen y que nos alivian un poco el corazón. Y algunas ediciones tienen ilustraciones magníficas. Si estáis tristes deberíais leerlo porque es una reconciliación. Con qué, no sé. No llega a ser una 2ª de Mahler pero habla de las resurrecciones primaverales con el suficiente ardor como para llegar a creer en algo. Si estáis hambrientos de otros horizontes poneros tapones en los oídos cuando habla la Rata de Mar: es capaz de convertir a cualquier labrador en Ismael el de Moby Dick.

Por fuera del libro:
A Kenneth Grahame se le murió la madre cuando tenía 4 años y su padre se dedicó a beber hasta morir, literalmente, en un asilo de Francia. Kenneth y sus hermanos se criaron con su abuela, en una casita a orillas del Támesis, caramba, qué coincidencia. Grahame se casó virgen a los 40 años. Su hijo Alastair nació ciego y no le hacían mucho caso, aunque se convencieron de que era un genio, así como para compensar el abandono y la ceguera. Grahame le escribía cartas contándole las historias del fatuo Sapo cuando Alastair se quejaba de que no iban a visitarlo en sus soledades inglesas y así nació El viento en los sauces. Mientras Alastair se tumbaba en mitad de las carreteras para intentar que lo atropellara un coche, su padre le escribía historietas sobre tejones y ratas. El libro no lo quería publicar nadie hasta que sí y Roosevelt padre el presidente dijo que era espléndido y que todos los niños estadounidenses debían leerlo y así se hizo famoso. Alastair terminó tirándose debajo de un tren.

El viento en los sauces en inglés

El viento en los sauces en español

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El viento en los sauces en película

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Zama. Antonio Di Benedetto

Zama. Antonio di Benedetto

Citas: Ahí estábamos, por irnos y no.

Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.

Yo, en medio de toda la tierra de un Continente, que me resultaba invisible, aunque lo sentía en torno, como un paraíso desolado y excesivamente inmenso para mis piernas. Para nadie existía América, sino para mí; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores.

Zama es otra novela sobre la espera. Digo otra porque de gente que espera y mientras espera no hace otra cosa que criar su propio cadáver está la literatura llena. Diego de Zama se hilvana a su sino absurdo tan inhábilmente como K., el de El castillo de Kafka. Ustedes me disculparán el atrevimiento, pero castillo en checo es Zamak, y yo no creo en las casualidades, menos cuando Zama anda tan enredado y sin poder acceder a los poderes que lo saquen de su estancamiento como el otro. Pero la de K. es otra historia y otro libro y otro personaje enamorado del muro contra el que se da chocazos en vez de darse media vuelta y dedicarse a otra cosa mariposa, y ahora somos Diego de Zama y estamos en el Paraguay, en el siglo XVIII, esperando barcos que no llegan, nombramientos que se retrasan, sueldos que no se pagan, mujeres hermosas que no se dejan amar o mejor dicho toquetear, esperando que nos nazcan unas ganas de vivir o de embarcarnos y cruzar el territorio que nos separa de alguna cosecución.
Zama es la historia de un señor al que le gusta quedarse a la deriva, que espera que lo vengan a sacar de su ensimismamiento y su podredumbre (eso no pasa casi nunca a no ser que uno sea Telémaco) y adopta ese mimetismo que como él dice es la defensa de las bestias. Zama se volvería polvo o nube o cadáver de mono o tardecita en el patio hasta desaparecer mientras se revuelve en el horror del absurdo y de las ganas de no ocuparse de nada y echarse a morir y descansar para siempre el acogedor y dilatado silencio. Pero todo se le queda siempre en lo imaginario o en lo irresoluto o en la ruina. Apuesta a las carreras de caballos y lo pierde todo; para recuperar algo de lo perdido vende su caballo y su caballo gana todas las carreras en las que él no apuesta porque no le tiene confianza, un poco así como el caballito de su alma y de su vida. Zama va de desaparición en desaparición, hasta que ya no le queda nada por desaparecer y entonces. Entonces leeros el libro. Hay una edición baratísima si vivís en Argentina, la de la biblioteca de clásicos elegidos por Piglia (la introducción de Saer os la podéis saltar) y sí vivís en España la de Alfaguara antigua aún rueda por las librerías de viejo. Si no, la tenéis publicada a precios sushi por Adriana Hidalgo y por El Aleph.
Lo que más me gusta del libro: el Paraguay de fondo y la forma de escribir de Di Benedetto que es seca y urgente y precisa y, cuando se deja, luz de vela bailarina tras la ventana.

Por fuera del libro:
Antonio Di Benedetto se encerró durante casi un mes (sus vacaciones del periódico) en una casa vacía para escribir Zama, que se publicó en el 56. Los militares lo encerrarían veinte años más tarde durante un año y medio, y entre tortura y tortura, le escribía a una amiga, en forma de sueños contados por carta, los cuentos de AbsurdosCon el adelanto que le dio su editor cuando salió de la cárcel dejó el periódico y se exilió un rato en España y otros ratos en otros lados. Si podéis, leeros Los suicidas, Caballo en el salitral y en general todos sus cuentos, porque Di Benedetto ocupa junto con Silvina Ocampo y Macedonio Fernández el podio de mis escritores argentinos fuera del tiesto predilectos.

Zama

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Trocitos de libro:

—Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.

Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra. Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas… Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mentar; yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar la cabeza de una muchacha y morderla hasta hacerle sangre.

 

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Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt

Eichmann en Jerusalén. Hannah Arendt Una cita: The trouble with Eichmann was precisely that so many were like him, and that the many were neither perverted nor sadistic, that they were, and still are, terribly and terrifyingly normal.

Serves my father right if my hands freeze, why doesn’t he buy me gloves!

La verdad no es bonita, no es esa cosa brillante y desatascadora de cañerías en la que alguna vez hemos creído. La verdad es fea y tiene dientes y es enfadadora y el mal no siempre lo fabrican seres aberrantes, monstruos o bestias crecidas al margen de lo humano: el mal somos capaces de crearlo todos. Así que seguramente Hannah Arendt dijo un cierto cachito de la verdad sobre el mal en Eichmann en Jerusalén porque muchos se enfadaron al leerlo.
Hannah Arendt cita a David Rousset para decir que el sistema que logra destruir a su víctima antes de que suba al patíbulo es el mejor para mantener a un pueblo en la esclavitud, en total sumisión. El triunfo del mal reside en que sus víctimas estén convencidas de que se merecen ese mal y de que nada puede hacerse para combatirlo. No sé nada de pensamiento político; sólo sé que la primera vez que leí este libro me aterrorizó darme cuenta de que el crimen salvaje que nace de la misma naturaleza humana, ése que en cierta manera se justifica por nuestra capacidad de apasionarnos hasta el odio o la rabia o el instinto, el que si bien aunque prohibimos y detestamos podemos comprender porque todos tapamos en lo hondo la inclinación de asesinar, está lejos de lo que pasó en Europa bajo el régimen de Hitler. El horror no viene sólo del crimen o de la falta de humanidad de los que lo cometen, sino de la frialdad, de la eficacia burocrática y del tremendo esfuerzo desplegado para alcanzar un objetivo que no fueron hermosas manufacturas, plusvalía u obras arquitectónicas, sino la completa aniquilación arbitraria de millones de personas.
La colaboración sumisa y sin cuestionamientos e incluso entusiasta a lo largo de toda la cadena destructiva, no sólo de Hitler, Himmler y sus oficiales y funcionarios sino también de los gobiernos colaboradores, de la población civil, de los Consejos judíos, se expone en Eichmann en Jerusalén no como acusación a personas concretas, sino como acusación universal. El señor que estampaba algún sello en algún papel de alguien que sería conducido a la muerte contribuyó con su gesto al asesinato. I said that there was no possibility of resistance, but there existed the possibility of doing nothing, le escribe Arendt a Scholem antes de que dejaran de hablarse.
Una cosa dicha por los jueces que Hannah Arendt recoge me recuerda a La escritura o la vida: que sólo los escritores y los grandes poetas pueden tratar convenientemente esos sufrimientos a escala gigantesca  en sus obras, el horror del mal radical kantiano, aunque la Arendt con su extraña elección lingüística del final del libro, banalidad del mal, trastocara todo un lado del sistema de pensamiento. Mi opinión es de hecho que el mal nunca puede ser «radical», sino únicamente extremo, y que no posee ni profundidad ni ninguna dimensión demoníaca. Puede cubrir y echar a perder el mundo entero precisamente porque se extiende como un hongo por su superficie. «Desafía al pensamiento», como dije, porque el pensamiento intenta alcanzar cierta profundidad, llegar a sus raíces, pero cuando se las ve con la cuestión del mal se frustra, porque no hay nada allí. Ésa sería su «banalidad»: sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical. Hannah Arendt no dijo que el mal fuera banal, sino que no hace falta ser especialmente malvado para cometerlo. Por suerte también muestra cómo es posible, sin ser especialmente bondadoso, no cometerlo: ojalá todos los gobiernos europeos se hubieran comportado como los daneses o los suecos de aquellos tiempos.
Los que no supieron leer se enfadaron con Hannah Arendt por su «falta de amor al pueblo judío», por banalizar ella misma algunos temas. Cuando habla del comportamiento de charanga y pandereta y por suerte anti deportación de los fascistas italianos (el secretario del jefe del movimiento italiano antisemita era judío), o cuando cuenta cómo el abogado defensor, el doctor Servatius, dijo de su cliente que tenía la personalidad de un vulgar cartero, o cuando asegura que Eichmann fue culpable porque no era capaz de pensar o hace burla de su disparatada manera de hablar con frases hechas equivocadas, tenemos que reírnos: la risa es lo único que nos salva del terror.
Eichmann en Jerusalén es un libro obsceno lleno de desnudos, pero de esos desnudos que a ninguno nos gusta ver, porque son los del por dentro.

Por fuera del libro:
Uno de los amores más extraños del siglo XX fue el de Hanna Arendt con Martin Heidegger. Mientras ella, entonces marxista, después de salir de un campo de prisioneros en Francia se encargaba de mandar clandestinamente niños judíos a Palestina desde París cuando aún no existía Israel, Heidegger en Friburgo no se sabe si canturreaba o no cancioncitas hitlerianas. Sólo Celan lo sabe. Aprovechad el verano para leer el libro de Rüdiger Safranski sobre Heidegger.

Eichmann en Jerusalén en inglés

Eichmann en Jerusalén en español

El testimonio de Grynzpan

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Cosecha roja. Dashiell Hammett

Cosecha roja-Dashiell HammettCitas:  There’s no sense in a man picking out the worst name he can find for everything.

She looked as if she were telling the truth, though with women, especially blue-eyed women, that doesn’t always mean anything.

I’ve got hard skin all over what’s left of my soul.

Mientras la gente llamémosla normal hace sus cosas de gente normal y tiene sus horarios y cuelga sus cortinas, hay otros mundos de gente que pasa el día haciendo cosas más inesperadas como, mientras toma ginebra con hielo, zumo de limón y agua de Seltz al mediodía o con vermouth y amargo de naranjas por la noche, asesinar a sus semejantes y amañar combates de boxeo. De gente que sustituye con bourbon las comidas y las siestas y sabe de qué calibre es la pistola del vecino está lleno Cosecha roja, un libro de ésos de leer la primera frase y darte cuenta tres horas más tarde de que llegó la madrugada y tienes los dedos de los pies encogidos de la tensión. En Cosecha roja todo el mundo es malvado y perverso y las muertes y los disparos pasan muy deprisa. Hasta el que decide limpiar la ciudad de hampones (el agente de la Continental de nombre cambiante que para mí siempre tiene el aspecto de Orson Welles en Sed de mal), lo hace porque le tocaron las narices y porque le agarra el gusto al crimen y no por moralidad. Su método de trabajo de participar en la criminalidad hasta hacerla estallar por los aires desde el por dentro y aún así sostener un férreo sistema moral es lo que hace grande al personaje y a Cosecha roja, que fue el primer libro que publicó Hammett allá por el 29. No somos nadie, ya dentro de nada hace un siglo.
De Dashiell Hammett, además de todo y de sus diálogos gloriosos (ese encanto del ingenio gansgteril démodé sobre todo porque nadie dialoga o dialogó jamás así), me gusta su manera de describir a la gente con ojo clínico de detective (las orejas se le despegaban como alitas rojas), generalmente con tres frases, la primera sobre cosas peculiares que tenga el interfecto en la cara, la segunda sobre su manera de llevar la ropa y la tercera cualquier cosa que funcione como un mascazo inesperado, alguna característica que no te sirve para nada saber y sin embargo es como conocer el color y el diseño de la corbata del príncipe de Gales: superfluo pero certero para crearte ambientes imaginarios.

Por fuera del libro:
Si de relaciones turbulentas está la literatura llena, la de Dashiell Hammett y Lilian Hellman se lleva medalla y diploma. Ruidosos, creadores de escándalos, desfasados y atormentados, se hicieron sufrir y se quisieron y crearon cada uno su obra por separado durante treinta años. La de Hellman, obras de teatro y libros de memorias cambiadas tomo tras tomo (de ella dijeron que todo lo que escribía era mentira, hasta las y y los artículos). La de Hammett, novela negra tomada en serio por los escritores serios.
Otra novela de Hammett pasada por las manos de otra pareja literaria diametralmente opuesta a Hammett/Hellman por lo chispeante, discreto, amable y bien allegado, Albert Hackett y Frances Goodrich, salió The thin man, una de mis películas predilectas. Es curioso cómo el amor según se lo maneje etcétera. Pero otro día hablamos de Nick y Nora Charles.

Cosecha roja en inglés

Cosecha roja en español

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Infancia en Berlín hacia 1900. Walter Benjamin

Infancia en Berlin hacia 1900_Walter BenjaminCitas: Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.

La tumba vacía y el corazón dispuesto.

Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante dejaríamos de comprender nuestra nostalgia.

Cuanto más avanzada la noche, más brillantes los invitados.

Se pueden hacer dos cosas con Infancia en Berlín hacia 1900. Una, tener una cita con Walter Benjamin e irse con él por ahí (un par de horas bastan) y dedicarse exclusiva y embelesadamente a escucharlo hablar sobre sus recuerdos de infancia. Este sistema de embiombarse del mundo circundante es recomendable para cualquier libro (aunque con algunos libros más que una cita necesitas tener un noviazgo muy serio), pero con Infancia en Berlín más, porque es de esos libros chiquitos de los que te acordarás siempre dónde y cuándo lo leíste. En él dice Benjamin que para leer escogía las horas más tranquilas y el lugar más recóndito de todos, luego abría la primera página sintiendo la misma sensación festiva, como quien pisa un nuevo continente. Yo me he ido con su infancia a la playa otoñal, y aunque el romper de las olas no es el mejor fondo para el Berlín ya no decimonónico, el aire del mar le habrá sentado bien a Benjamin, que tenía problemas coronarios.
Los textos son preciosisisísimos; los recuerdos del niño rico coleccionista de mariposas y sellos y postales, visitador de abuelas y tías viejísimas, espía de los que viven en el piso de abajo y se pasan la vida a lo que parece sacudiendo alfombras, el niño admirador de la nutria del zoológico y de su madre vestida para salir a cenar, el niño con fiebre, el niño que pasea por el mercado o va al colegio, el niño afincado en los cuentos de los hermanos Grimm, tienen esa rareza de los mundos lejanos que desconocemos y llevan mucho tiempo desaparecidos, que cuando nos los cuentan se nos presentan vivos y terminan convirtiéndose en recuerdos nuestros, como cuando dice Benjamin de los daguerrotipos de lugares lejanos que va a visitar en la galería imperial: «Esto era lo que hacía extraño aquellos «viajes»: el que las añoranzas que despertaban en mí no fueran siempre de las que hacen tentador lo desconocido, sino de las otras, más dulces, por regresar al hogar.»
Walter Benjamin tradujo al alemán tres de los libros de En busca del tiempo perdido, y estas largas expediciones a lo profundo de la memoria para las que Proust necesitó siete tomos, las hizo él en 38 estampitas o cromos portátiles. Porque Infancia en Berlín más que un libro de recuerdos en un libro sobre la manera de recordar los recuerdos. En El señor Knoche habla Benjamin de una canción de la que nadie en su escuela entiende lo que significa el último verso. Luego, una vez alcanzada la orilla del adulto, al fin se comprende el verso y entonces la canción pierde el brillo del misterio que tenía.
La otra cosa que se puede hacer y que os prohibo hacer con Infancia en Berlín hacia 1900 es leerlo a través de ese plástico anecdótico de los intelectuales wanabee, hacerle una doble llave de judo a la belleza del libro, tumbarla en la lona y sacar a colación a la luz de su infancia acomodada, el marxismo de broma de Benjamin (el marxismo tiene caspa, por otro lado, sacúdanselo), a la secretaria estalinista de Bertold Brecht posteriormente deportada estaliniana que condujo a Benjamin a Moscú, a Adorno diciéndole que qué porquería el libro de los pasajes de París, a Hannah Arendt buscando infructuosamente su tumba y sus manuscritos en Port Bou.
Hay muchos Walter Benjamin sueltos: el traductor, el filósofo del lenguaje (el primer Benjamin que yo conocí, para algo me sirvió la facultad), el de la escuela de Frankfurt y el materialismo histórico (que es el Benjamin al que yo no le hago ni caso), el teólogo que hablaba de Dios y del aura (que es el Benjamin al que no me tomo en serio), el hijo pródigo de la burguesía acomodada, el escritor ignorado en su tiempo y descubierto después de muerto, el judío marxista perseguido por la Gestapo, el crítico literario (Hannah Arendt editó una antología de sus ensayos literarios en 1968 y otra en 1978), pero creo que el primer Benjamin de todo el mundo debería ser Infancia en Berlín hacia 1900. Mis estampas favoritas: Panorama imperial, Teléfono, Partida y regreso, Mañana de invierno, La nutria, El mercado de la Plaza de Magdeburgo,  Calle de Steglitz, Escondrijos, El costurero, Blumeshof 12, Juego de letras.

Por fuera del libro:
Benjamin empezó a escribir Infancia en Berlín en 1932, en Italia, y terminó de revisarlo en 1938. Algunos capítulos los publicó de manera separada en periódicos y revistas, en sus épocas de escasez de escritor pobre. El libro no se publicó hasta 1950, cuando Benjamin ya llevada muerto y enterrado sabe dios dónde diez años. Cada cual posee un hada que le tiene reservado un deseo por cumplir. Sin embargo, son pocos los que recuerdan el deseo que expresarán algún día, y sólo pocos reconocen más tarde en la vida el cumplimiento del mismo. Me pregunto cuál habría sido el deseo de Walter Benjamin, el niño que lo tenía todo, y si se acordaría de él, ya desesperado apátrida errante, antes de atiborrarse de morfina en el Pirineo.

Infancia en Berlín hacia 1900 en español

La tarea del traductor, por Walter Benjamin

Walter Benjamin por Coetzee

En las vivencias de los niños de aquella época imperaban todavía las tías que no salían ya de sus casas y que siempre que aparecíamos con nuestra madre a hacerles una visita nos habían estado esperando y, desde la ventana del mirador de siempre, nos daban la bienvenida, vestidas siempre con la misma cofia negra y con el vestido de seda de siempre.

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Cerca del corazón salvaje. Clarice Lispector

Cerca del corazon salvaje_Clarice Lispector

Citas: Nunca hay que adelantarse, nunca hay que robar antes de saber si lo que quieres robar existe en alguna parte honestamente reservado para ti.

¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?

¿Por qué hablas de cosas difíciles, por qué empujas cosas enormes en un momento simple?

En el momento en el que intento hablar, no sólo no expreso lo que siento, sino que lo que siento se transforma lentamente en lo que digo.

Hay escritores que usan la palabra como una mampara para separar al que lee de lo que lee, como si el libro fuera un taxi de Londres o Montevideo. El conductor y el pasajero indudablemente se dirigen al mismo sitio, pero el conductor, mientras te muestra la nuca y te concede a veces escueta la voz (que te llega reverberada y submarina a través de la mampara), te lleva por una ciudad que entrevista a ráfagas desde las ventanillas de atrás te parece secreta y sólo suya. Clarice Lispector, además de conducirte en silencio y mirándote de vez en cuando por el retrovisor con ojos de esfinge desde dentro de su esfera solitaria por una ciudad tumultuosa de su propiedad exclusiva (gran temporal atravesado a rachas por soles cegadores, como la juventud de Beaudelaire) por la que ella conduce dolida pero fiera como un animalito herido, luego, cuando menos te lo esperas, se esconde en el maletero y tienes que seguir conduciendo tú a ciegas por la ciudad de ella.
Cerca del corazón salvaje es una gestación larga pero feliz con su dolor que parece a punto de acabar reventando al ser que lleva dentro en estallido en cualquier momento pero no. Un ser que siempre fue peligroso y libre y contra el mundo: Juana, la extraña para todos, incluso para el padre (lo que más me gusta del libro, la vida de Juana niña con su padre, y lo único que recordaba de la otra vez que leí Cerca del corazón salvaje, hace unos trece años). Juana es una víbora solitaria. Las relaciones que mantiene consigo misma nada tienen que ver las relaciones que mantiene con los otros. Juana lo vive todo por dentro y a solas, cada contacto con los demás es siempre un conflicto, sobre todo con las otras mujeres, a las que teme y reverencia a partes iguales porque son fuertes y ciertas y divinas materias-primas. Para Juana las otras mujeres siempre son la otra. Ah, Electra. La piedad es mi forma de amor. De odio y de comunicación, dice. Juana, que ni siquiera sabe qué hacer consigo misma, cree que prefiere estar sola. Los demás le roban toda su capacidad de sentir, dice. La presencia de los demás la priva de libertad, dice. Y Juana quiere su libertad, esa extraña libertad que había sido su maldición, sabía que de ahí venía su vida y sus momentos de gloria y que de ahí venía la creación de cada instante futuro, pero en el fondo, lo único que quiere Juana es una madre, y lo único que tiene es miedo.
El argumento de Cerca del corazón salvaje, desprovisto del verbo de Clarice Lispector, la mujer de la voz, es vulgar: mujer rara se casa con hombre que queda rendido por lo que él cree misterio hasta que se cansa del hermetismo de su rara esposa y se vuelve con su novia de antes, una amante dócil y aburrida a la que deja embarazada. Clarice Lispector va hablando, la respuesta, no le importa demasiado. Lo que vale es que la pregunta sea aceptada, que pueda existir, como si se buceara a sí misma por dentro. No hay aventuras piratas ni islas con tesoros exteriores en Cerca del corazón salvaje, todo se pasa por dentro de la búsqueda, por dentro de la inteligencia de las cosas ciegas, del poder de la piedra que al caer empuja a otra que va a caer en el mar y mata un pez. En este libro hay que zambullirse como en un mar lleno de algas, a veces agota tanto pensamiento sutil y tanta telaraña mística, tanto verde pegajoso, tanta pesadumbre. Cuando sales te llevas la impresión de haberle estado hurgando a alguien las tripas, tarea insana, aunque a quién no le gusta husmear en lo privado. Como dice Basilio Losada en la excelente introducción a su excelente traducción de Cerca del corazón salvaje: «Clarice es la procura acuciante de una identidad, la lengua como medio para penetrar en una realidad que, en el fondo, apenas siente como suya, pero que ama y sabe, oscuramente, que es la única que le es dada.»

Por fuera del libro:
Clarice Lispector, la mujer que dijo «Cuando no escribo estoy muerta», publicó Cerca del corazón salvaje con 24 años, en 1944, a la misma edad que Carmen Laforet escribió Nada y Carson McCullers El corazón es un cazador solitario. Sus padres fueron judíos ucranianos emigrados a Recife, el nordeste brasileño, donde ella se crió. Su madre murió de sífilis cuando ella tenía sólo nueve años, y su padre, su hermana y ella se fueron a vivir a Río. Se casó muy pronto, con un diplomático compañero suyo de la carrera de Derecho, con el que vivió en Inglaterra, Estados Unidos y Suiza hasta su separación, cuando Clarice volvió a Brasil con sus dos hijos, y abandonó los exilios extranjeros por su exilio interior.

Cerca del corazón salvaje en portugués

Cerca del corazón salvaje en español

Entrevista a Clarice Lispector de María Esther Gilio

Sé lo que quiero: una mujer fea y limpia, con senos grandes, que me diga: ¿qué es eso de andar inventando cosas?, nada de dramas, ¡venga aquí inmediatamente! –y me dé un baño tibio, me ponga un camisón blanco de lino, trence mi cabello y me meta en la cama, muy enfadada, diciendo: ¿qué es eso?, andar por ahí sola, comiendo fuera de horas, que hasta va a coger una enfermedad, déjese de inventar tragedias, piense que es grande y buena la vida, tómese esa taza de caldo caliente. Me alza la cabeza con la mano, me cubre con una sábana grande, aparta algunos mechones de mi frente ya blanca y fresca, y me dice, antes de que yo me duerma mansamente: va a ver qué pronto engorda esa carita, olvide tonterías y quédese ahí, como una niña buena. Alguien que me recoja como un perro humilde, que me abra la puerta, me regañe, me alimente, me quiera severamente como a un perro, eso es lo que quiero, como a un perro, como a un hijo.

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El malogrado. Thomas Bernhard

El malogrado_Thomas BernhardCitas: No hay nada más espantoso que ver a una persona tan grandiosa que su grandeza te aniquila.

Cómo podrían salvar al extravagante de su extravagancia.

Durante toda la vida huimos del diletantismo y siempre nos atrapa, y nada deseamos con mayor intensidad que escapar al diletantismo durante toda la vida.

No podemos elegir el lugar de nuestro nacimiento. Sin embargo, podemos marcharnos de ese lugar de nacimiento si amenaza aplastarnos, marcharnos e irnos de lo que nos matará si dejamos pasar el momento de marcharnos e irnos.

El malogrado o vivir es un fracaso insoportable. Hay libros que te llegan en el momento preciso en el que tienes que leerlos. Quizá luego, cuando pasado el tiempo vuelvas a ellos, te tengas que preguntar qué demonios fue lo que te conmovió tanto. Pero como es imposible revivir el estado en el que leíste algo por primera vez y ahora he leído El malogrado, justo cuando tenía que leerlo, hablo de él ahora. Si bien el soliloquio de Bernhard a ratos parece el de un abuelo solitario y despeinado que huele raro y murmura y se repite constantemente casi sin importarle si lo escuchan o no, otros ratos da estocadas bien acertadas, como un desconocido borracho sentado en un banco puede llegar a sonarnos a oráculo. Me desvío. O no, porque así escribe siempre Thomas Bernhard. No os precipitéis de cabeza sobre El malogrado porque. Bueno, haced lo que queráis. Lo cierto es que los escritores así tremendos cuando los lees con atención dan la impresión de vivir en una soledad buscada y absoluta, y ésa es una de las cuestiones sincrónicas con las que me he topado con horror leyendo el libro. Es imposible crear nada andando en el mundo, la gente es un estorbo, etc. Tener el mismo tipo de pensamientos que Bernhard, famoso por su misantropía, me inquieta gravemente. Me desvío.
El malogrado: la carrera de pianista vienés y la vida entera de Wertheimer se malogran y se aniquilan, para usar el mismo vistoso verbo del traductor de Bernhard, en los tres minutos durante los que, desde la puerta de una sala de estudio del Mozarteum de Salzburgo, escucha a Glenn Gould tocar el aria de las Variaciones Goldberg. Wertheimer, que ya venía con la etiqueta de malogrado de fábrica (cuando me levanto, pienso en mí con horror y me aterra todo lo que me espera. Cuando me acuesto no tengo otro deseo que morir, no despertarme más, pero entonces me despierto otra vez y ese espantoso proceso se repite), que se abraza a su tristeza como a una mantita de bebé, al que le aterra perder su infelicidad, el encuentro con Glenn Gould lo asesina y le otorga una razón suprema de ser al mismo tiempo. Porque Wertheimer es un buen pianista, pero claro, no es Glenn Gould. Wertheimer no es el único que se topa con Gould, también el narrador del libro. Los tres, durante el año hipotético e imposible que dura un seminario impartido por Vladimir Horowitz, conforman un trío poco mosquetero en la parte más con brillo del libro: tres jovenzuelos millonarios compartiendo la ex casa de un escultor nazi y escuchando a uno de ellos, al mago, tocar a Bach hasta el desfallecimiento, o viéndolo cortar un fresno que le molesta la vista por la ventana. Treinta años después, Gould se desploma sobre su Steinway en un estudio cerrado a cal y a canto, a salvo del mundo, su cerebro víctima de su obsesión artística; Wertheimer se cuelga de un árbol después de treinta años de vida asocial y demente; el narrador sale de su encierro privado madrileño de diez años (nada más y nada menos que en la calle de El Prado) para ir al entierro de W. y acordarse de toda la historia y contárnosla.
El malogrado habla sobre el talento extremo y sobre la infelicidad que es no tenerlo y sobre la infelicidad que es tenerlo; sobre personas a las que les resulta insoportable e imposible andar con otras personas (los tres éramos fanáticos natos del parapeto. El deseo de parapetarnos lo habíamos tenido siempre); sobre la amistad a lo largo; sobre cachorros aristocráticos hastiados de sus vidas regaladas; sobre cuánto odia Thomas Bernhard Austria, su país, y cuánto odia otras muchas cosas; sobre dónde reside la grandeza, que seguramente sea en empeñarse en alcanzarla (no fuimos nadie, porque no habíamos pensado en absoluto en querer ser alguien, a diferencia de Glenn Gould); sobre las ganas perennes de matarse; sobre el asco de vivir; sobre las máquinas de fabricar arte que son los verdaderos artistas, ésos a los que les gustaría ser instrumento y no intérprete.
El malogrado cumple este año treinta años, se publicó en el 83. Alfaguara volvió a editarlo hace un par de años, a precio sushi; ya antes había salido en su fabulosa colección de tapa morada y gris. Miguel Sáenz, el traductor al español de Bernhard casi en exclusiva, no sé si traduce bien o no porque no sé alemán, pero escribe medianamente bien, que en los tiempos que corren parece ser ya es bastante.

Por fuera del libro:
Lamentablemente, el Glenn Gould de El malogrado no existió jamás, ni nunca fue compañero de estudios de piano en 1953 en el Mozarteum de Salzburgo de Bernhard (y menos con Horowitz, a quien Gould despreciaba como pianista y quien, en 1953, estaba ya retiradito en su casa de Nueva York). Hay una leyenda por supuesto falsa pero preciosísima alimentadora de fanáticos sobre Gould y Horowitz: se dice que una noche Gould apareció por un estudio de grabación para andar con los ingenieros de sonido (fue un adelantado a su tiempo en grabaciones digitales, y eso sí es cierto), que estaban teniendo problemitas con un pasaje de Horowitz mal grabado. Se supone que Gould tocó el trocito en el piano a la manera de Horowitz y ellos lo pegaron a la grabación original.

El malogrado en pdf en alemán

El malogrado en pdf en español

Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg en 1981

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